25 octubre 2020

El sabor a vino y besos

El
jefe provincial de Falange, Juan Vicente Massieu y Tarancón, ordenó que arrodillaran a los
siete hombres junto a los acantilados de Los Giles, el cacique tomatero,
Ezequiel Betancor, hizo un gesto con la cabeza para que el “Verdugo de Tenoya”
azotara violentamente a los reos con la pinga de buey, ya eran dos noches
seguidas de torturas brutales, los muchachos temblorosos quedaron en fila ante
el rojo cielo del amanecer, Pedro Jorge Martel, el dirigente obrero del norte
de Gran Canaria comenzó a escuchar las detonaciones, de reojo vio como Massieu
comenzaba a pegar los tiros en la nuca a sus compañeros.

En
la semioscuridad sonaban los disparos como truenos que anunciaban el comienzo de
una tormenta terrible, veía caer al resto de condenados uno a uno lentamente,
parecía como si el tiempo se hubiera detenido entre cada detonación, la sangre se
mezclaba con la brisa fresca de aquel verano del 36, en segundos pasó por su
mente la vida entera, desde los momentos de la infancia en Juncalillo a los
años de estudios en la Universidad de La Laguna, los amoríos con sabor a
lluvia, las tardes de vinos en Las Mercedes. El indescifrable fragor de los
años y de nuevo la cara maligna del Jefe Massieu asesinando a sus amigos del
alma.

Las
risas de la “Brigada del amanecer” sonaban en la soledad del inmenso
descampado, seguía la juerga, ya iban por cuarta botella, tomaban como posesos ron
de caña entre golpes, patadas y bromas pesadas, un ensañamiento antinatural que
aquel estudiante del preparatorio de medicina miraba con asombro, comprobaba
como muchos de los golpes eran medidos para destruir zonas vitales, para hacer
sufrir de forma ilimitada, por eso sabía que los tiros en la nuca causaban una
muerte inmediata, menos el disparo a Raúl Tejera, el chico anarquista de quince
años, al que le entró por la orbita del ojo izquierdo al girar la cabeza en el
último instante, quedando en el suelo entre contracciones y alaridos hasta ser
rematado entre burlas y exabruptos por los esbirros de azul.

Pedro
tuvo tiempo de mirar el pico Teide envuelto entre nubes de colores, solo fue un
instante antes del disparo, prefirió quedarse quieto, sabía que sería mejor,
que evitaría sufrimiento, lo inundó la oscuridad de repente, una especie de
chasquido y un sonido desconocido, el ruido del silencio universal.

http://viajandoentrelatormenta.blogspot.com.es

Cráneo exhumado en Velilla de Jiloca, Zaragoza (Fuente: Crónicas a pie de fosa)
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