25 septiembre 2020

El sagrado ritual

Don
Juan, el cura, con sotana y pistola al cinto, puso como condición al grupo de
siete hombres, que para poder escribir una carta a sus familias antes de ser
fusilados tendrían que confesarse. Los condenados miraban indignados el papel
en blanco, el viejo lapicero de la destartalada mesa, desesperados por la
muerte inminente. Solo faltaba media hora para la ejecución en el campo de tiro
de La Isleta. Algunos decidieron humillarse aunque no creyeran en aquella
sanguinaria religión que apoyaba el golpe fascista, mientras el sacerdote
mostraba su satisfacción con media sonrisa, gesto marcial, sentado al fondo del
viejo habitáculo utilizado como prisión provisional para los reos antes de
masacrarlos.

–Ave
María Purísima, sin pecado concebido, decía entre burlas, -se preguntaba y se
contestaba con tono autosuficiente antes de comenzar el perverso ritual, la
perorata medieval solo pretendía humillar hasta el momento al grupo de hombres
condenados a muerte-

Un
paripé siniestro programado para seguir generando dolor sobre aquellos militantes
revolucionarios, que solo esperaban que la muerte fuera una liberación al maltrato,
a las torturas continúas de la mañana a la noche, a la molestia constante de
unos cuerpos destrozados, con fracturas, heridas abiertas y la piel marcada por
los latigazos con la pinga de buey y la vara de acebuche.

Los
que se negaron fueron puestos aparte, el de la sotana los miraba con desprecio.
–Irán de cabeza al infierno malditos rojos de mierda, -decía con los ojos
enrojecidos de odio aquel cura formado desde casi un niño entre Falange y el seminario,
el que participó en la casa de los Benítez de Lugo en la elaboración de las
listas negras meses antes del golpe de estado del 36, el mismo que daba la
extrema unción a los fusilados y luego el tiro de gracia en la sien o en la
nuca. –La paz eterna por la infinita misericordia de nuestro señor Jesucristo y
el fuego que ayuda a dejar este mundo de sufrimiento, -decía en el bar de oficiales
del Regimiento de Infantería de La Isleta tomando ron de caña con el capitán
Soria y el resto de fascistas criminales de lesa humanidad-

Al
rato los sacaron a todos, confesados y no confesados, los que pudieron escribir
las letras para sus seres queridos encabezaban el desfile de la muerte,
directos al campo de tiro donde serían ejecutados por el batallón.

Don
Juan se entretenía rezando el rosario, lanzaba sus predicas a un grupo de
hombres sin destino, predestinados a un final terrible, brutal, simplemente por
pensar diferentes a los sediciosos, los que en pocos años asesinaron
impunemente a miles de personas en todo el territorio insular.

–Ego
te absolvo a peccatis tui in nomine Patris et Filii et Spiritus Sancti, -decía
el sanguinario cura con los ojos cerrados y la sotana manchada del liquido rojo
que brotaba a borbotones de los hombres asesinados-

Luego
se juntaron los oficiales y el sacerdote y se fueron a un bar de La Isleta
donde les esperaba un sancocho
(1)
regado con vino y ron de La Aldea, tenían mucho que celebrar ese día, su Santa
Cruzada había comenzado, El clérigo bendijo la comida antes de comenzar el festín,
el “Camión de la carne” partió repleto de muertos hacia la fosa común del
cementerio de Las Palmas, mientras las primeras botellas se descorchaban y un
olor a sangre inundaba el aire terroso de aquella triste ciudad.



(1) Plato típico de distintas partes del mundo, que en Canarias está compuesto de papas, pescado salado, mojo y gofio.

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