25 septiembre 2020

El «santísimo» robo de bebés y la muerte de Rosa

El
viejo torno de madera para dejar bebés del hospital San Martín,
consistía en una especie de rueda donde cualquier persona podía
dejar a su criatura sin que los de dentro vieran su identidad, luego
se iniciaba el protocolo, avisaban al ginecólogo y falangista de
apellido Alonso que lo revisaba, dando instrucciones a las monjas que
iban anotando en una libreta el peso, color del pelo o de los ojos,
que si eran claros tenían muchas posibilidades de ser vendidos a
clientes de Alemania, el resto serían comprados por familias
pudientes de Gran Canaria, Tenerife o de cualquier otro punto de las
islas o la península ibérica.

La
mayoría de los bebés eran robados a las madres de extracción
obrera que daban a luz, quitándoles el niño en el momento de nacer,
alegando que tenía cualquier dificultad o deficiencia, para más
tarde comunicarle a los padres que había muerto y que se lo habían
llevado en una cajita para enterrarlo en suelo sagrado, que era mejor
que no lo vieran por sus deformidades horribles.

La
trama comenzó a partir del golpe de estado del 36, durante el brutal
genocidio de los miles de canarios asesinados por el fascismo, donde
Eufemiano Fuentes, Jefe Provincial de Falange organizó toda la trama
para quitarle los hijos a los rojos asesinados, que eran ingresados
en las Casas del Niño o Casas Cuna para adoctrinarlos en la
ideología nacional-católica, mientras iban vendiendo a los que
consideraban más agraciados o tenían el pelo rubio.

Familias
de la oligarquía isleña como, entre otras, Los Ríos y un tal
Rubio, jefe de Acción Social de Falange, se sumaron
enseguida
a la iniciativa del empresario tabaquero, criminal y
violador en serie de Santa Brigida, junto a los Rosales y un
jefe falangista apellidado Quevedo, que fueron construyendo un
emporio que derivó en un negocio muy lucrativo con más de 30.000
niñas y niños vendidos a precios millonarios entre los años 40-50.

El
chalé de Casablanca era uno de los centros de operaciones por donde
pasaban cada día cientos de bebés que eran clasificados y vendidos,
aquel siniestro lugar muy cerca de Firgas, donde se acercaban las
familias compradoras dinero en mano, flejes de billetes en efectivo
que les permitían salir con los bebés en brazo directos hacia sus
hogares.

Rosa
Martel llegó de Telde con graves problemas en el parto, enseguida las monjas la llevaron al
paritorio, a su madre Teresa Rodríguez la dejaron fuera y entró el doctor Alonso para
observarla, “ya está rompiendo aguas” dijo y salió con una
mirada de odio que dejó helada a la humilde mujer.

En
unas horas se oyeron llantos dentro de la lúgubre habitación entre
los gritos de Rosa, al momento se abrió la puerta y salieron dos
monjas con una personita envuelta en una manta que daba alaridos, la
madre se levantó, “¿Todo bien, todo bien?” y una de las monjas
gritó, “tiene problemas, siéntese y cállese señora”.

Dentro
se escuchaban los llantos de Rosita, implorando que le devolvieran a
su niña, que por favor no se la robaran, en menos de una hora
regresaron las monjas y le comentaron a su madre “que había nacido
casi muerta”, “que tenía dos bocas y cuatro piernas”, “que
era mejor que no la viera”, “que ya la madre superiora había encargado que la llevarán al cementerio de Vegueta por obra y gracia del
Espíritu Santo y la santísima Virgen del Pino”.

Teresa
entró en la habitación y su hija estaba desvanecida, parecía no
respirar, le habían pinchado con una jeringuilla muy grande que estaba rota en el suelo, “¿Qué
te han hecho mi niña”, qué te han hecho estas salvajes?” dijo
mientras se arrodillaba junto a la cama llena de sangre y vómitos.

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Grupo de hijos de presas en 1955 en la cárcel de Ventas de Madrid. Foto Santos Yubero. Fuente: «La Memoria Viva»
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