6 diciembre 2020

El último viaje

Manuel y Rosa
trasladaron los escasos bultos con ropa y objetos personales al viejo coche de
Fabián, el viento del antiguo Polígono de Jinámar hacía todavía más desolada
aquella calle repleta de piedras y baches, una especie de paisaje después de la
batalla en medio de los enormes edificios.

Al otro lado
de la calle un grupo de hombres repletos de tatuajes esperaban clientes en el
cotidiano mercado de la droga, de lejos un vehículo policial observaba, las
miradas se cruzaban en una especie de consentida
  y premeditada complicidad, no pasaba nada.

La pareja de
ancianos llevaba siete años en la vieja casa ocupada, alquilada a bajo coste
por un conocido usurero y narcotraficante de la zona, que controlaba un número
considerable de viviendas en aquel valle olvidado por la caterva política, que
solo visitaba a los vecinos meses antes de las elecciones.

El coche
avanzaba hacia la capital, los dos detrás, Manuel tomó la mano de Rosa, la
mujer lloraba, delante Fabián y su hijo Doramas no decían nada, el silencio
marcaba el recorrido hacia el centro de personas sin hogar que le habían
gestionado en los servicios sociales, horas antes la furgoneta municipal de
recogida de animales se había llevado a sus dos gatas, las dos amigas que
tenían desde hacía casi diez años, cuando los dos trabajaban en el sur de la
isla, él de vigilante de obra y ella de limpiadora en varios hoteles.

Con más de
setenta y cinco años se hacía difícil buscar alternativas laborales, la exigua
pensión del hombre casi no les daba para comer, aún menos para cubrir los
gastos de alquiler de una vivienda en condiciones, por la ventanilla se veían
las calles repletas de propaganda electoral, rostros sonrientes, todo tipo de
promesas que los dos ancianos miraban con desgana.

El tráfico
inundó de repente cada espacio urbano, el humo, el ruido, miles de personas en
las calles caminando sin rumbo, la mañana se hizo eterna, las manos unidas de
la pareja, el olor a salitre mientras el tiempo parecía no avanzar, como un
agujero de tristeza, un laberinto sin salida que interrumpía el latir de dos
corazones arrasados, dos almas atadas, abrazadas en la ternura de un sueño
inacabado.

http://viajandoentrelatormenta.blogspot.com.es/


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