2 diciembre 2020

El viaje de Geno

De Galicia era la mujer de Antonio Martel, Genoveva
Nogueira, costurera de profesión, su adorado marido, jornalero en las fincas de
tomateros de Los Giles. Los dos sabían que aquella noche era la última que se
verían cuando lo visitó en el Castillo de San Francisco, en la montaña desde
donde se divisaba toda la capital de Las Palmas de Gran Canaria. El Consejo de
Guerra que duró dos días, había decretado la pena de muerte por fusilamiento,
su condena no tenía sentido, no entraba en la cabeza de Geno, solo por
pertenecer a la Federación Obrera, por participar en las dos huelgas del
tomate, por organizar a quienes sufrían una explotación que rozaba el
esclavismo, pero los Betancores jamás lo perdonaron, los señores feudales
arrimados al fascismo tenían su nombre escrito con sangre en la puerta de sus
oficinas, rechazaron cualquier otra condena, incluso la cadena perpetua que
pidió el Capitán Togado Medina Cabrales, no era suficiente para los caciques,
tenía que morir como fuera, su delito, defender los derechos de la clase
trabajadora.

Genoveva salió triste del Castillo recibiendo
piropos groseros de los guardias que la custodiaban hasta la puerta, un teniente
apellidado Montoya se dirigió a ella pegando su boca al oído –Vente esta noche
cuando salga de la guardia y hablamos de tu marido, nos tomamos unas cervecitas
y si aceptas lo que te pido igual se podría hacer algo, Geno aceleró el paso, –Puta
rubia asquerosa, gritó el esbirro fascista. La mujer asediada por aquellas
fieras sin escrúpulos corrió hacia la salida, ya era de noche, fuera la
esperaba su joven hermano Juan Carlos, se abrazó a él llorando –Todo está
perdido, dijo, el muchacho la tomó en sus brazos, la besó en la mejilla y
caminaron hacia el barrio de San Juan callados, no dijeron palabra, solo un
silencio que se amoldaba a las vacías calles coloniales de Vegueta, las
baldosas mojadas de la Plaza de Santa Ana.

En su mente pura de gallega de cuna, habitaban los
recuerdos de cuando se conocieron en Vigo, la mirada de Antonio cuando se bajó
del tren, el camino hacia la “Brigada pedagógica”, a los pueblos del interior,
acompañando al grupo de maestros y maestras del Frente Popular, con la
educación para todos/as como insignia de conciencia, el acento del joven
canario, desconocido para ella, un deje dulce, como una especie de canto
mientras hablaba, cuando le contaba las luchas en las islas, el avance de las
fuerzas revolucionarias, la depredación de los caciques, de una oligarquía
criminal de condes, marquesas, empresarios tabaqueros, tomateros, compinchados
siempre con las fuerzas sediciosas, las que no querían la República y apostaban
por la corrupta monarquía, por que los militares salieran a las calles y
dispararan contra el pueblo.

La joven gallega de no más de 24 años estaba
embarazada de cinco meses, en su vientre un ser pequeñito se movía, lo notaba
cada día, sabía, presentía que era un niño, tenaz como Antonio, rebelde,
peleándose con el cálido líquido amniótico, nadando entre ese mar de ternura.
La sangre de dos pueblos luchadores, celta y guanche, corría por sus venas, era
lo único que la hacía aferrarse a la vida, sabía que al día siguiente
acribillarían a balazos lo que más quería en el mundo, no había remedio, solo
la muerte impuesta por una banda de criminales de estado, capaces de cortar
todas las flores de la felicidad de sus humildes vidas trabajadoras.

Esa noche la cama era imposible para dormir, se fue
a la azotea, se tumbó boca arriba sobre una vieja manta, el silencio inundaba
el viejo barrio, solo ladridos lejanos de algún perro cautivo, las estrellas
arremolinadas en aquel cielo gigante, las nebulosas lejanas, las nubes del
infinito que la acompañaron toda la noche, descalza, sola, llorosa, deseando
que el tiempo se detuviera, que al abrir los ojos todo fuera una pesadilla, que
vería al pobre Antonio preparando la bolsa para irse a trabajar, que la
abrazaba como siempre y besaba sus labios antes de partir, presuroso, con la
frente ancha hacia la dura jornada.

Pero todo era una ilusión, abrió los ojos del todo,
se incorporó y contempló un amanecer rojo como la sangre en el horizonte, se
veía Fuerteventura presagiando lluvias tormentosas en pleno verano, una brisa
suave la condujo hasta la hora no deseada de los disparos, de los truenos de
fuego que cegaron la vida de Antonio, de Miguel Fajardo, de José Pablo Rosales,
del resto de sus cinco camaradas del sindicato.

Geno se quedó sentada en la Playa de Las Canteras,
desde donde se escucharon los disparos a las seis de la tarde, la gente que
pasaba la miraba desconcertada, lloraba en medio de la multitud, sola,
embarazada de sueños imposibles, una ola blanca mojó sus pies impregnados de
arena rubia, el horizonte parecía más cerca que nunca, en su mente una gaita
lejana, el frío invernal de su tierra, de la Galicia vencida por el terror, de
su Canarias del alma, convertida en territorio para el genocidio.

http://viajandoentrelatormenta.blogspot.com.es/

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