28 septiembre 2020

El viento, el olor a ensaimadas, la tristeza

La
rica fragancia de las ensaimadas recién salidas del horno en la
dulcería “La Madrileña” en Triana, se mezclaba con el olor del
carburante de los coches, un tráfico ensordecedor de ida y vuelta
por la vieja calle, se acercaban las navidades del 65 y el Palacio de
los Juguetes estaba abarrotado de madres que encargaban los Reyes a
sus hijos pagando en varios plazos de “fiado”, en la primera
planta del colegio Santa Rosa de Lima se escuchaban los acordes de la
escuela de timple de Totoyo Millares.

La
Policía Armada recorría las dos aceras con metralletas en las manos
entre la multitud, miraban a los miles de rostros como tratando de
encontrar alguna facción subversiva, un color de ojos sospechoso,
una boca roja, una nariz orientada a la izquierda, tipos grises no
solo de uniforme, tristes, haciendo cada día el mismo recorrido
desde la Plaza de la Feria al mercado de Vegueta, buscando los restos
de una resistencia casi inexistente, conscientes de que en su mayoría
llenaba los pozos y simas volcánicas de la nebulosa isla redonda.
Esa
tarde de diciembre se vieron Germán Pirez y Fernando Sosa, ambos
fijaron sus ojos en los del otro y siguieron andando sin saludarse,
el mínimo gesto podía ser sospechoso, siguieron avanzando hasta el
Puente Palo a unos metros de distancia. Sosa observaba curioso la
peculiar forma de caminar de Pirez, sus pasos lentos, la energía de
sus manos de ajedrecista, de heroico luchador antifascista, primero
en el Quinto Regimiento en Madrid, más tarde en el exilio como
partisano de la Francia ocupada pos los nazis.
Germán
miraba de reojo, parecía controlar todo lo que sucedía a su
alrededor, como si tuviera ojos en la nuca, una visión más allá de
su vista, un sexto sentido, tantos de años de clandestinidad desde
que decidió regresar a España en el año 1952.
Se
adentraron en las calles de Vegueta, Fernando entró en un bazar a
comprar El Alcázar, se lo puso bajo el
brazo sin ojearlo, caminó hacia la Plaza del Pilar Nuevo, Germán se
quedó en la esquina de Pedro de Vera hablando unos instantes con una
vendedora de flores, de pequeñas macetas con rosas multicolores, le
compró un clavel blanco y se lo puso en la solapa, siguió andando
elegante y entró a un bar en la trasera de la catedral.
En
una de las mesas dos hombres mayores jugaban al ajedrez, el
guerrillero se quedó mirando la partida, en menos de un minuto vio
toda la estrategia en el tablero, supo enseguida las cuatro opciones
posibles de jaque mate de los dos ejércitos de figuras, no dijo
nada, sonrió levemente imaginando lo que haría si estuviera jugando
en cualquiera de las dos sillas, pidió una cerveza y se sentó en la
mesa del fondo, la más oscura, todavía con restos de pan bizcochado
y queso duro.
Fernando
entró abrigando su cuello con la bufanda del fuerte viento helado
que inundaba las calles de Las Palmas, pidió un coñac, se frotó
las manos mirando hacia la calle, a las palomas que revoloteaban tras
una camioneta repleta de trigo.
Germán
le hizo un gesto con la ceja y se sentaron juntos, no se saludaron
aunque quisieran abrazarse tras doce años sin verse, hablaron en voz
alta de fútbol para que el tendero escuchara todo, de las paradas
épicas de Ricardo Zamora, del buen hacer de José Samitier, de la
técnica depurada de Jacinto Quincoces, de lo bien que le iba al
Barcelona con Ladislao Kubala.
En
un instante el tono de voz bajó, no se escuchaba nada, parecía que
en el bar no había nadie, solo los hombres en silencio jugando al
ajedrez y dos seres invisibles en la última mesa:
-Chacho
que ganas tenía de verte joder ¿Cómo estás camarada?- dijo
Fernando con su mirada fija en los ojos de Germán.
-Combatiendo,
organizado en la célula del Frontón, esto está muy mal, nos
mataron a todos los hermanos, solo quedamos unos pocos organizados y
en una fragilidad que se palpa- comentó Germán con las manos
apretadas una contra la otra sobre la mesa-
-¿Qué
puedo hacer por ustedes? Dime y estoy dispuesto a colaborar en lo que
estimes querido amigo aunque me juegue la vida- habló Fernando
con una voz que solo se podía escuchar a muy poca distancia, casi un
susurro, mientras el tendero atendía a dos muchachas con el uniforme
de la Sección Femenina que habían pedido un café en la barra.
Germán
no dijo nada, solo lo miró y le hizo una señal picando un ojo, en
la puerta había dos tipos altos con gabardina y sombrero, se levantó
y pidió la cuenta, pagó con varias pesetas y salió a la calle,
perdiéndose en el laberinto del barrio colonial.

Fernando
se quedó solo, no probó el coñac, lo vació sin que nadie lo viera
en el suelo, se encaminó hacia la puerta, los tipos altos se le
quedaron mirando unos instantes, estaba tranquilo, tenía la
documentación falsa desde que volvió de Venezuela, ya no se veía a
Germán, el viento parecía arrasar por aquella levedad, el estómago
revuelto, el miedo en la piel, ruido de pasos que solo podían ser de
policías, pero no lo eran, eran niños que corrían saliendo del
colegio de las monjas en la calle Reyes Católicos, una chiquilla
pelirroja se le quedó mirando, lo saludó con la manita, la cara
triste, él le contestó con una sonrisa, la tarde se avecinaba
oscura y tormentosa.

http://viajandoentrelatormenta.blogspot.com.es

Pintura de Luis Felipe Noé
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