28 septiembre 2020

En aquel viaje infinito

En
la oscuridad de Montaña Arena se escuchó un chapoteo y una figura gigante que
se arrastraba saliendo del mar, habían pasado sesenta años desde que aquella
tortuga Caretta Caretta había salido de los caparazón que había depositado su
madre en la isla remota, recorrió medio mundo desde que empezó a correr hacia
el mar huyendo de las gaviotas, muy pocas de sus hermanas llegaron a las frías
aguas del sur de Gran Canaria, el resto fueron devoradas por las aves marinas
que acechaban el momento de que salieran del huevo y excavaran en la arena
buscando la orientación de las estrellas.

Había
recorrido medio mundo internándose hacia las profundidades del sur de África,
en parajes remotos en medio del Atlántico y el Pacífico, sobreviviendo a los
ataques de inmensos depredadores como los tiburones tigres, el gran blanco y
hasta de los cocodrilos de mar en los estuarios de Australia.

Los
cuatro hombres evadidos del campo de concentración de Gando salieron de la
pequeña choza de caña y palma para protegerse del frío de diciembre del 36:

-Es
una tortuga boba- dijo Miguel Robaina maestro anarquista de Agüimes –Hace muchos
años ponían huevos en esta playa hasta que empezamos a robarle los huevos, en
Cofete nacen por millones-

Atanasio
Cabrera, Juan Antonio Pérez y Santiago Ramírez se quedaron paralizados viendo
las evoluciones de aquel ser gigantesco que lenta seguía avanzando ignorando su
presencia, se acercaron y vieron las algas pegadas a su inmenso caparazón,
cicatrices de ataques en lugares perdidos, hasta un pedazo de red de pesca en
una de sus patas que Miguel le quitó con extremado cuidado y delicadeza.

La
tortuga hizo un agujero con sus aletas, la arena volaba varios metros por la
potencia, se quedó mirando fijamente a los hombres, parecía que le salían
lágrimas de sus ojos ancestrales, una mirada mágica que parecía venir de una
diosa de las profundices abisales.

Comenzaron
a salir los huevos, cientos de huevos que la quelonio iba enterrando con una
infinita suavidad, mientras los hombres se sentaron a su alrededor mirándola
intrigados, Santiago amasaba un poco de gofio con agua salada, todavía no había
amanecido y aquel espectáculo sería irrepetible, no entendían porque había
vuelto cuando ya en las playas de la isla no se veían tortugas de ninguna
especie, solo lejos de la costa cuando se divisaban desde algún barco de pesca
que surcaba el eterno azul.

Atanasio
interrumpió el éxtasis para avisar de que se veían luces de embarcaciones que
venían de Pasito Blanco, no tenían hoguera encendida pero casi estaba a punto
de salir el sol, por lo que corrieron a enterrarse en la arena, dejando solo un
hueco para la caña agujereada por la que respirar.

La
tortuga los miró, sintió que como sus futuros hijos aquellos seres de dos patas
querían volver a la tierra, no enfrentarse con el peligroso océano, entendió sus
miedos, vio desembarcar a hombres de azul armados hasta los dientes.

Varios
falanges la agarraron por las patas de atrás cuando trataba de llegar al mar,
su inmensa fuerza evitó que la retuvieran:

-Hay
que darle la vuelta, pónganla boca arriba, traigan los machetes pa
descuartizarla a esta hija de puta- dijo el jefe falangista José Tomás del Castillo,
mientras trataba de desviar la trayectoria de aquel ser mágico.

Diez
falanges y cuatro guardias civiles trataban de volcarla a la derecha para apuñalarla, pero el quelonio
avanzaba arrastrando a los fascistas hasta llegar al mar y perderse en las
profundidades a toda velocidad.

Los
fascistas se quedaron en la costa, Antonio Quintero, el requeté de Carrizal,
con un brazo roto, a lo lejos la vieron salir a la superficie y mirarlos
curiosa y aliviada, ya sabía que jamás volvería a esa costa inundada de terror
y muerte.

http://viajandoentrelatormenta.blogspot.com.es

Tortuga boba en aguas de Florida EE.UU
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