1 octubre 2020

Resistencia sagrada

Los cuatro
jóvenes jornaleros de la CNT huyeron corriendo desde Aguimes al barranco de
Guayadeque, estaban seguros que en las escarpadas cuevas de las momias
encontrarían refugio por unos días. El Conde de la Vega había ordenado asesinar
a todos los sindicalistas y miembros del Frente Popular. Pedro, Narciso,
Lorenzo y Peraza, ya sabían que los falangistas y Guardias Civiles estaban
matando masivamente a cientos de compañeros desde la madrugada de julio del 36.
Escalaron en plena noche el escarpado risco volcánico, llegaron a una cueva indígena
intacta, oculta con una pared de piedra seca y una vieja puerta de madera de
drago.

Entraron
quitando las telas de araña y un olor ancestral invadió a los sudorosos
muchachos, encendieron varias velas y se vieron al fondo varias camas de piedra,
una especie de altar con los restos de varias personas muertas
momificadas,
  tumbadas boca arriba según
el ritual de los antiguos, las caras mirando al techo, al universo mágico del
antiguo pueblo bereber. El respeto fue la pauta de los cuatro, no alteraron
nada, solo volvieron a cerrar la caverna, se sentaron formando un circulo, se
miraron en silencio, no decían nada, los ojos profundos en el reflejo de las
luces intermitentes de la cera, afuera el canto de la lechuzas y los
alcaravanes que parecían gemidos fantasmagóricos, como de viejos espíritus
desalados (1) ante el furor de la terrorífica noche invadida de espectros del
pasado.

Durmieron
profundamente, apretados unos contra los otros, soñaron con los momentos de
felicidad, con la infancia, con los pechos de sus madres amamantándolos en las
cuarterías (2), con las primeras novias que conocieron en las alegres y
tradicionales taifas (3), las que duraban noches enteras al compás del
folklore, el sonido de los timples y tambores anunciando la llegada de la
primavera.

Lorenzo
tenía una pequeña bolsa de gofio y lo mezclaron con el agua de un pequeño
manantial que había al fondo de la cueva, lo amasaron y le pusieron varios plátanos
que tenía Peraza en su mochila, comieron callados, el silencio era
desconcertante, no sabían que hacer, si quedarse o tratar de llegar a algún
punto de la costa para tratar de tomar un barco y escapar de la isla. Sabían
que era casi imposible, estaba todo tomado por los militares sediciosos, sobre
todo en los posibles lugares de fuga, los querían matar a todos, la orden de
asesinato del General Dolla era acabar con la vida de cualquiera que hubiera
tenido alguna relación con las luchas obreras, con la República, con las
organizaciones políticas o sociales que respaldaron la democracia.

Al final
decidieron quedarse, no había otra salida, desde el acantilado divisaban los
vehículos militares o de Falange subiendo y bajando por la carretera de tierra
del barranco, como llevaban gente detenida desde el último rincón de aquel
paraje perdido, asomaban solo la cabeza, no fumaban fuera de noche para que no
vieran la lumbre de los Virginios (4), todo era sobrevivir con los tunos indios
(5), algún conejo o lagarto que cazaban con las rudimentarias trampas, un lazo
de hilo de pitera (6) con el que capturaban a los desgraciados animales,
confiados en la inexistencia de seres humanos en aquel recóndito lugar de Gran
Canaria.

Pasaron los
meses, quizá los años, perdieron la noción del tiempo, el pelo largo, las
barbas, las ropas rotas, abrigados en las noches del crudo invierno con el
calor corporal, hasta que llegaron las fiebres tifoideas, las muertes de
Narciso y Peraza ahogados por la tos y los escalofríos.

Los
enterraron al fondo de la cueva, junto a las momias de los antiguos, un ritual
parecido, excavando en el suelo un agujero de medio metro, luego colocando un túmulo
de piedras encima, no podían salir, sabían que cualquiera los vería, que mil
ojos confidentes miraban cada movimiento.

Luego murió
Pedro y Lorenzo se quedó solo, lo enterró junto a sus compañeros y decidió
partir como un alma en pena hacia Aguimes, la gente se asomaba por las ventanas
para verlo llegar, se tambaleaba, casi sin ropa, semidesnudo, con la barba, el
pelo muy largo, en la plaza junto a la iglesia lo detuvo la Guardia Civil, el
Sargento Peláez lo inmovilizó con la rodilla en su cuello, el joven no decía
nada, lo esposaron y lo metieron al golpes en el cuartelillo, se negaba a
hablar, le preguntaban por sus camaradas evadidos, el no hablaba, seguía
callado, lo golpearon tan fuerte que en menos de media hora dejó de respirar
con los ojos abiertos, parecía mirar el horizonte, un lugar indeterminado del
rojo atardecer.



(1) Expresión canaria que refleja miedo, terror.
(2) Barracones construidos por los terraternientes tomateros para las familias apareceras.
(3) Bailes con música tradicional canaria realizados en los pueblos de las islas.
(4) Se dice de un tipo de cigarrillo elaborado con tabaco fuerte y envuelto en papel rayado, que fumanban mucho los trabajadores.
(5) Higos chumbos en la península.
(6) Cuerdas realizadas con pitas.


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Momia guanche (Isla de Tenerife)
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