30 septiembre 2020

En el circo del paredón

Era la hora de los
fusilamientos en el campo de tiro de La Isleta en Las Palmas, cientos de
falanges, curas, damas de la oligarquía, militares chusqueros semianalfabetos,
requetés de apellidos nobles, no podían perderse el espectáculo. Conocían los
horarios, sabían en qué momento asesinarían a los paisanos, a los defensores de
la democracia, los que detenidos esperaban el dictamen del Consejo de Guerra,
el día y la hora de la masacre, del momento en que iban a ser atravesados por
las hirvientes balas del pelotón.

Varias mujeres bien
vestidas llegaron en coches negros lujosos subiendo e camino polvoriento desde
el bario de La Isleta, los falanges les lanzaban piropos a las hembras bien
vestidas, la soldadesca disfrutaba con la inminente muerte, con la sangre y las
pantorrillas limpias y blancas de las damas de la alta sociedad.

Los paisanos eran sacados
atados de los barracones, la multitud aplaudía el inminente fusilamiento, parecía
un partido de fútbol del Victoria contra el Marino en el Campo de España, insultaban
a los reos: “Hijos de puta”, “rojos de mierda, maricones”, era el grito, mientras
los curas con toda su parafernalia de cruces, monaguillos, crucifijos,
rosarios, sahumerios y bendiciones inundaban el recinto del campo de tiro,
algunos ensotanados pistola al cinto para dar el tiro de gracia en la nuca después
de la extremaunción.

Luego solo la sangre, los
tiros de gracia, vivos o muertos, algunos cuerpos con horribles contracciones
acribillados por los esbirros del pelotón, los estruendos emocionaban a la
multitud, las familias de la nobleza que traían hasta niños para ver el “acontecimiento”,
como quien acudía a una selecta fiesta de la muerte, para ver las vísceras y
masas encefálicas inundando el suelo volcánico.

A la recogida de los
muertos llenos de agujeros de bala, introducidos en el “camión de la carne” que
recorría la calle La Naval, Albareda, Faro, el Parque de Santa Catalina, para
seguir dejando un reguero de sangre hasta el cementerio de Las Palmas, donde
las fosas esperaban abiertas, saladas por la proximidad del mar, los cuerpos
ensangrentados de sus hijos.

El selecto público partía
cada día al final de los asesinatos a tomarse algo a los bares de La Isleta, a
veces algo de pescado asado con mojo verde y papas arrugadas a El Confital en
la Playa de Las Canteras. Comentaban como había estallado la cabeza de algunos,
la sangre a chorros desde el pecho, los que quedaban vivos pidiendo por sus
hijos y esposas agonizando, todo un show para mentes criminales, que luego se
iban a sus casas a dormir a sus hijos como si vinieran del circo o la verbena.

http://viajandoentrelatormenta.blogspot.com.es

Criminal fascista de lesa humanidad y compinche  heredero
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