30 septiembre 2020

En el retorno de la luna llena

Al día siguiente del fusilamiento de los cinco de
San Lorenzo llegó la noticia a Tamaraceite, el cojo Acosta lo comentó en la
barbería de la entrada del pueblo: “Por fin mataron a esos hijos de puta, rojos
de mierda a Pancho “La Mahoma” le entró por el ojo uno de los tiros”. Juan
Dionisio Santana, escuchó la conversación entre el falangista con fama de
pederasta y el cura que había participado en la revelación de secretos de confesión,
cuando hicieron las listas negras en aquel pueblo de las medianías de Gran
Canaria, las que sirvieron para asesinar impunemente a miles de canarios,
simplemente por pensar diferente.

El pobre Juan no sabía cómo decírselo a las
familias, que todavía después de seis meses de encarcelamiento en el campo de
concentración de Gando, esperaban que llegara el ansiado indulto, incluso se
pensaba que había llegado, pero que la patronal del municipio de San Lorenzo se
dirigió por escrito al Capitán General, García-Escámez, para que los fusilaran
cuanto antes. No les perdonaban sus acciones sindicales en la fincas de los terratenientes,
el trabajo silencioso en todos aquellos años de heroica lucha, que les llevó a
ganar por abrumadora mayoría las elecciones municipales del 23 de abril de
1.933.

El hombre, jornalero de profesión y buen amigo de
los fusilados, aunque nunca estuvo metido en política, le temblaban las piernas
cuando se acercó a la casa de Lola García, en la carretera general del norte, a
unos doscientos metros de una de las sedes del ayuntamiento comunista, donde
estaba la casa consistorial y el salón de plenos. Tocó en la puerta y desde
dentro se escuchó la voz de uno de los chiquillos, era Diego, el mayor, de
apenas once años, que salió a la puerta descalzo, con un pantalón corto raído y
una camisa blanca que le quedaba muy grande, abotonada hasta el cuello: “¿Está
tu madre chiquillo?”, le dijo, a lo que el niño contestó que estaba acostada,
que le dolía mucho la cabeza: “Dile que salga, que Juan el hijo de Pinito
Martel quiere decirle algo”.

Pasaron unos minutos y Lola apareció en la puerta,
su mirada la delataba, solo de ver al amigo de su marido sabía lo que había
pasado: “¿Los mataron verdad?”, Juan agachó la cabeza, la mujer se derrumbó en
sus brazos, una especie de desmayo entre llantos, desde dentro los niños
miraban asombrados: “¿Porqué, porque coño, porqué, si no hicieron nada, si no
hicieron daño a nadie?”, gritaba la viuda.

La escena era terrible, los vecinos miraban, no se
acercaban por miedo, ya sabían todo, el cojo Acosta lo había difundido por todo
el pueblo en un alarde de celebración, del fin de una etapa donde la izquierda
gobernaba para todos y todas, con unas inmensas esperanzas de futuro, de
emancipación de las mujeres, de consecuciones sociales históricas, de libertad
y verdadera democracia.

Lola se encerró en la casa con los desharrapados chiquillos,
sabía que jamás podría encontrar el cuerpo de su amado marido, que la fosa
común del cementerio de Las Palmas le esperaba, que era allí donde tiraban a
quienes no podían permitirse un entierro digno o no interesaba que se viera el cadáver
torturado y masacrado a golpes.

Al momento apareció Rosa corriendo, la hermana de Lola, los
niños se le abalanzaron encima, todo eran llantos en aquella humilde casita. “El
circo de Toti”, como le llamaban por ser solo una habitación con los techos muy
altos para los seis miembros de la familia, ahora cuatro, desde que un
falangista del pueblo asesinó en su cuna, en uno de los brutales registros, al
bebé Braulio de solo cuatro meses, ahora que habían fusilado a Pancho aquel 29
de marzo de 1.937 a las cuatro de la tarde.

Las dos mujeres acostaron a los niños aquella noche,
Diego no dejaba de llorar, Lorenzo, el más pequeñito, abrazado a un peluche,
Paco, el mediano, con los ojos abiertos mirando al techo, recordando los años
felices con su padre y su hermanito asesinados por “aquellos hombres malos”.

Rosa se sentó en la mesa que tenían afuera, en el
pequeño patio, donde estaba la pileta para lavar la ropa, Lola vestida de negro
ya no era ella, nunca recuperó la bella sonrisa que siempre iluminaba su rostro,
un silencio sepulcral inundaba cada espacio de aquel hogar empobrecido, solo
Lorenzo dormía, sus dos años de vida no le hacían consciente de lo que estaba
sucediendo, sus hermanos se abrazaron en la cama, lloraban en silencio, no
querían alarmar a su madre, un olor a estiércol y tierra mojada entraba por la
ventana que daba hacia la montaña de San Gregorio, marzo se tornaba en
primavera, la luz de una luna casi llena creaba sombras mágicas en movimiento
en el viejo techo de caña y barro.

http://viajandoentrelatormenta.blogspot.com.es/


Imagen del documental «La memoria interior, los fusilados de San Lorenzo»
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