27 septiembre 2020

En la caverna irredimible

El
viejo barbudo conocido como Cachón cortó el queso duro con la
navaja afilada, ya había amasado el gofio en el lebrillo y se
dispusieron a cenar en la cueva de La Justa, allá en la zona más
perdida de las montañas de Tenteniguada, el lugar recóndito
escogido para refugiarse los cuatro hombres, Cosme, Narciso, Amaranto
y el pastor de cabras que sabía hablar con el silbido, saltar con
garrote por los riscos más escarpados de las montañas de la isla de
Tamarán.

Cenaban
en silencio en la cueva con planta cruciforme, desgastadas y
rudimentarias estanterías excavadas en la roca, donde todavía
quedaban cerámicas pequeñitas en forma de figuras humanas, quizá
para que los niños indígenas jugaran en los tiempos del paraíso,
cuando las mujeres gobernaban el corazón de la tinieblas.

Narciso
miraba a los ojos del resto de camaradas, era estudiante de derecho
en La Laguna, lo cogió el golpe de estado del 36 de vacaciones en
casa de su madre en Caserones, tuvo que salir huyendo cuando los
camiones de los asesinos falangistas comenzaron el exterminio de
miles de hombres y mujeres, supo enseguida que era uno de los
elegidos, que estaba en las listas negras elaboradas en las
parroquias, en oficinas del obispado en Vegueta, en los locales de
Falange Española en la calle Albareda de Las Palmas.

Comían
en silencio, la pequeña hoguerita les iluminaba los ojos, las barbas
largas de los meses refugiados entre el calor de las piedras
ancestrales, un libro de Miguel Hernández, Vientos del Pueblo,
amarillento, destrozado, formaba parte del nuevo hogar del exilio
interior escapando de la tortura y la muerte, allí los cuatro
dormían abrazados combatiendo el penetrante frío de aquel enero del
37, cuando ya la tierra de las palmeras, de los dragos y cardones,
estaba manchada de sangre obrera, inundada de cadáveres en cada
pozo, en cada sima, en cada fosa, en cada cuneta del territorio
insular más desgraciado de su historia.

Siempre
antes de dormir a Cosme le daba por contar historias de sus viejos,
hablaba muy bajito de cultivos, de la riqueza de una tierra noble,
amante de la fertilidad y la concordia, los años cuando todavía
quedaba esperanza y las mujeres comenzaron a votar y los tambores
lanzaban al viento fragores universales, como si el mundo hubiera
comenzado a cambiar y pareciera que la desembocadura volcánica de
los barrancos se volviera de colores armónicos y fraternos, donde
todos cabían en la romería rebelde de la historia.

El
olor al queso duro picante y el gofio inundaba la gruta colgada en
los más alto del risco, la única forma de llegar era escalando,
tenían preparado un montículo de piedras medianas para arrojarlas
sobre los fascistas si venían a detenerlos y la pistola de Amaranto
con cuatro balas para el inmediato suicidio, “mejor morir luchando
antes que entregarse a los maltratos infames de esta escoria vestida
de azul”, repetía cada noche Cachón, mientras limpiaba el
obsoleto revolver de los años del salvaje principio del nuevo siglo
bañado de añoranza libertaria.

http://viajandoentrelatormenta.blogspot.com.es

Pintura de Xaime Quessada (Ourense 1937-2007)
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