23 septiembre 2020

En la inocente soledad

El
franciscano llamó a Berto y Fabián Navarro al confesionario para
recriminarles su comportamiento, Don Ramón, el fraile vallisoletano
había venido a Las Palmas a los pocos años del golpe de estado
fascista del 36, tenía muy mala fama entre los menores internos por
su extremada violencia, le gustaba agarrar por las orejas y
despegarlas parcialmente con sus tirones, mientras les soplaba su
aliento fétido en la cara de los chiquilllos.

Más
de una noche solía rondar por los dormitorios para hacer tocamientos
en los genitales de los niños, no dejaba de rezar entre abuso y
abuso, también en algunos casos se los llevaba a su celda para
consumar con más tranquilidad sus violentas prácticas sexuales.

Esa
era la tónica habitual en este centro dependiente de Acción Social
de Falange en el barrio colonial de Vegueta, la mayoría de los
monjes forzaban a los menores, sobre todo si eran rubios con los ojos
azules o verdes, antes de ser vendidos a cualquier familia pudiente
que pagara el alto precio de estos niños robados a familias de
republicanos asesinados.

Los
dos hermanos vieron al siniestro religioso con sus hábitos al fondo
de aquel oscuro cajón de confesión, les llegó el asqueroso olor de
su halitosis crónica, la pestilencia a sudor por no haberse bañado
en semanas, los obligó a arrodillarse de un grito, los chiquillos temblaban:

-Ave
María purísima hijitos míos habéis pecado de nuevo y ahora ya no
podré perdonaros, ya no bastara con la mamadita, esta vez tendréis
que asumir las consecuencias- dijo con una voz que sonaba infantil y
afeminada desabrochándose la sotana por la calentura.

De
fondo en la capilla se escuchaba un coro de voces varoniles, era la
hora del Ángelus, olía al sahumerio que daba ganas de vomitar al
pobre Berto, que lo asociaba a las noches interminables en la cama de
aquellos curas depravados.

No
entendía como podían rezar y bendecir antes de violarlos, aquella
soledad sin que nadie pudiera defenderlos, recordaba la seguridad de
su hogar, la ternura de la madre ahora encarcelada, los juegos y el
cariño de su padre asesinado, desaparecido en alguno de los puntos
de exterminio en la isla, los terroríficos recuerdos de aquella
noche, cuando lo sacaron a la fuerza de la humilde vivienda de Casa
Pastores para llevárselo para siempre:

-El
corazón es como una flor blanca inmaculada que mancháis con
vuestras acciones, se va poniendo muy negro como el carbón, hasta
que huele a azufre al estar tan impregnado de tanta malicia, entonces
viene el diablo, Satanás en persona, que es quien se encargará de
llevarlos al infierno, si antes no sois capaces de hacer un acto de
sagrada constricción para liberaros del fuego eterno- predicó puesto
en pie con los brazos alzados hacia el techo Don Ramón, los
chiquillos no se atrevían a levantar la cabeza por miedo a que los
golpeara con el bastón de madera.

Salieron
de la pequeña sala de oración de la mano del fraile y su agudizada
cojera por el ácido úrico en sus rodillas, “demasiada carne y
vino” pensaba siempre el franciscano, Berto miró hacia atrás, se
le había quedado junto al reclinatorio el pequeño cochecito de
madera, el regalo de reyes que le había hecho su padre las pasadas
navidades, ni siquiera hizo nada por volver a recuperarlo, al otro
lado de la calle se escuchaban gritos de hombres, alaridos, de
quienes estaban siendo torturados en ese preciso instante en el
Gabinete Literario.

La
puerta de la celda se cerró violentamente, sobre la cama había un
gato negro inmóvil que los miraba, en la ventana, junto a los
gruesos barrotes, una paloma blanca daba de comer a sus dos pichones,
parecía que que no iba a suceder nada, que la santa inocencia jamás
sería cercenada.

http://viajandoentrelatormenta.blogspot.com.es

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