30 septiembre 2020

En la planicie del misterio

Cuando
le dijo que aquel final ya era para siempre, tomó el coche y se lanzó hacia la
carretera de Teror, subió hasta Valleseco, Lanzarote y en una hora bordeando
curvas acantiladas llegó hasta Artenara, siguió de largo no paró y se encaminó
hacia el frondoso pinar de Tamadaba, en algunos momentos parecía que en el
asiento de atrás iba alguien sentado, hasta que de repente se vio rodeado de
aquella naturaleza salvaje, en la radio CD sonaba a todo volumen Albert Pla,
cantaba en catalán.

“I
un servidor, a estat sempre pastor cent cabres tinc i un serro oi lai cai, oi
la rai cai, lai rai carai i un dia estan pasturant el ramat pels grans del
Pallars la tarda era grisa i el cel gris com humit anunciava tormenta,
anunciava mal temps oi lai, oi lai rai carai però de com un gran tro i un gran
llamp i les cabres muntanya avall espantades, cagades de por però pareu, no
correu que us perdreu esperu-me que vinc oi lai cai, oi lai rai cai, lai rai
carai”.

Siguió
adentrándose en lo profundo del bosque, anochecía, un sol rojo parecía ser
engullido por el Teide nevado en el horizonte, detuvo el vehículo sin dejar que
la música dejara de sonar, se bajó y se sentó sobre una piedra junto a un
gigante de madera que olía fuerte a savia y pinocha, el planeta Venus
comenzaba a verse en el espacio estelar, más allá de todo lo reconocible, donde “seguramente”,
pensaba, “no existiría la tristeza por no existir la vida conocida”.

Caminó
hacia el “Fin del mundo”, el inmenso acantilado desde donde se vislumbraba como
subía el mar de nubes, el rocío helado de aquel diciembre, que en un instante
llegaría a su cuerpo con poca ropa, un pantalón corto, una camiseta deportiva,
unas sandalias de montaña, la muñequera por la vieja lesión luchando en suelo,
la estrangulación de la alegría, la luxación de la esperanza, haber perdido
aquel trocito de vida, la insignificancia de un segundo de existencia, ese
territorio habitado por blasfemias y romances inacabados.

En
la oscuridad acurrucado en la vieja repisa veía las luces de Tenerife, de
Agaete, en el momento en que las nubes se abrían o cerraban dejando todo negro,
solo la presencia de seres extraños que atravesaban el bosque hacia un destino
desconocido, “hacia la muerte” quizá “hacia algo parecido a la vida”, decía en
baja voz, tratando de envolverse de recuerdos, abrazos, besos furtivos, sabanas
revueltas, ese olor a cuerpos sudorosos y sexo que siempre quedaba en el
imaginario paisaje después de la batalla.

Se
olvidó de olvidarse, fue como si se levantara después de haber dormido durante más
de cien años, caminó sin rumbo, hasta verse en medio de un paraje legendario
donde los pájaros no cantaban, solo miraban pasar la vida, pero envolvían de
colores la parte más luminosa de la noche.

http://viajandoentrelatormenta.blogspot.com.es/

Pinturas rupestres en la meseta de Tassili n Ajjer, desierto del Sahara, sudeste de Argelia
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