20 septiembre 2020

En lo más profundo del amor alzado

Regalado
Antúnez avanzaba lento por la gruta donde la oscuridad era total, sentía una
sensación de ingravidez, llegó un momento en que era incapaz de detectar donde
estaba el suelo y donde estaba el techo, parecía volar en lo más negro, no sabía
en que momento podía chocarse, rasgarse la piel, por lo que iba con los brazos
levantados como tocando la nada, esperando en cualquier momento toparse con las
cortantes paredes de la inmensa cueva marina.

Eran
meses de persecución desde que llegaron las Brigadas del amanecer a las afueras
de Santa Lucía, gente del Conde de la Vega, familiares de la Marquesa, los Del
Castillo, los Manrique de Lara, los hijos del capitán Soria, el industrial
tabaquero conocido como Eufemiano, junto a todo un grupo de niños ricos, que
desde la noche del sábado 18 de julio de 1936 comenzaron a detener de madrugada
en sus casas a hombres y mujeres, para en unas horas después de todo tipo de torturas
y abusos sexuales lanzarlos a la Marfea, en la chimenea volcánica de la Sima de
Jinámar, en cualquier pozo de las muchas propiedades de estos terratenientes,
la muerte agazapada en cualquier rincón de aquella isla inundada de soledad y
terror.

Siguió
andando sin ver nada más que lo oscuro y notó en sus pies el agua fría, se
agachó un momento, mojó sus manos en el liquido elemento y las llevó a sus
manos, era salada, percibió como se enterraba en una arena suave, cálida, húmeda
hasta los tobillos, sintió miedo cuando comprobó que algo le rozaba los pies,
imaginó que eran peces pequeños, caminó sin parar durante mucho tiempo, no sabían
cuanto, quizá minutos, tal vez días enteros, no existía forma de conocer o
descifrar lo que parecía la nada, esa especie de camino donde los sentidos se
agudizaban, el oído, el olor, la sensación de sentirse libre, protegido en la
profundidad de la tierra, alejado de las matanzas masivas, del exterminio
programado sobre lo mejor de un pueblo.

De
repente comenzó a ver al fondo una pequeña luz, parecía una lámpara de aceite,
se fue acercando con cautela y pudo ver a dos hombres sentados junto a un gran
charco de agua, estaban comiendo pescado crudo y llenaban una botella vacía de
ron del agua dulce que brotaba del techo.

Los
también evadidos escucharon las pisadas y se parapetaron asustados detrás de
una piedra gigantesca, esperaban lo peor, que los hubieran descubierto los
fascistas. Regalado los conoció al instante, eran Diosdado Reyes y Martín
Cabrera, compañeros de la Federación Obrera. Los tres se dieron un abrazo largo,
lloraron como niños refugiados en el pecho de sus madres, comieron pescado
untado con sal marina extraída de las grietas, hablaron durante horas de su
deambular durante años por los montes, de los compañeros asesinados, de la
traición de aquellos psicópatas que mancharon de sangre todo el territorio
insular.

Luego
se durmieron profundamente sobre la arena blanca y los callaos, nada interrumpía
aquel sueño profundo, a la derecha de la cueva había varios esqueletos
envueltos en varias capas vegetales, eran momias de los pueblos originarios,
todo parecía mezclarse, el sueño de los perseguidos, la memoria de otra gente
masacrada, exterminada por el mismo odio. Los tres se quedaron allí, jamás se supo
cuando salieron, ni siquiera si alguna vez vieron la luz del día.

En
los acantilados de la costa de Mogán el laberinto de cuevas hace imposible
conocer el lugar exacto, la memoria nos dice que allí siguen alzados, que su
legado de resistencia está presente, que de alguna forma mágica se enfrentan a las
construcciones de los mafiosos especuladores, hijos y nietos de los asesinos responsables
directos del genocidio isleño.

http://viajandoentrelatormenta.blogspot.com.es

Necrópolis guanche de Uchova en el municipio de San Miguel 
de Abona en el sur de la isla de Tenerife.
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