25 octubre 2020

En lo más remoto habita la semilla

Una
lágrima de Flora García se derramó lenta hasta el suelo en la
calle más estrecha de La Montañeta, el agua de sus ojos corrió por
el callejón de lava volcánica, la chiquilla vio lo que había
sucedido en la lonja de carne, los golpes de los falangistas a los
escasos hombres que custodiaban el recinto para que se despachara a
los obreros.
Observó
la cabeza abierta de Juan Tejera tras el violento culatazo de Antonio
Rivero, como le ataban las manos a la espalda junto al resto de
camaradas, también estaban don Miguel Cuesta el maestro de Málaga,
Manuel Dieppa, el apreciado funcionario del ayuntamiento Mortes
Rufino, todos atados, introducidos en un camión hacia un destino
desconocido entre golpes de aquellos hombres vestidos de azul.
Florita
como la llamaba su abuela Rosa Trujillo nunca había visto algo
parecido, jamás imaginó que hombres que hasta hacía apenas unos
meses convivían en el pueblo en armonía pudieran hacer algo tan
terrible, hasta los hijos de los asesinos miraban asombrados, sus
amiguitos de clase, de juegos y aventuras, que tampoco entendían que
golpearan a los padres de sus compañeros.
La
chiquilla se acercó hasta la plaza de la iglesia y desde un
montículo observó como formaban militarmente a las personas
detenidas, mujeres y hombres de todas las edades, toda gente
conocida, las que hasta hace poco habían estado celebrando la fiesta
de los trabajadores el uno de mayo, aquella taifa con grupos de
música, timples, guitarras, tambores, gofio amasado, papas
sancochadas, pescado salado y mojo rojo muy picón.
Las
iban metiendo en los camiones de los Betancores y del Conde que iban
llegando repletos de falangistas, a las mujeres las ponían aparte,
algunas con la cabeza rapada para burla de la soldadesca que las
manoseaban, les tocaban el culo o las tetas. Los hombres todos
amarrados con las manos delante o detrás tenían que sentarse en el
suelo para ocupar menos espacio en cada vehículo.
El
cura del pueblo conocido por don Pedro ayudaba en las tareas de
organización junto a los fascistas, llevaba una cartuchera con una
pistola Astra al cinto, lo que le hacía la sotana todavía más
ancha por su exagerada obesidad.
Entre
bendiciones del sacerdote y golpes de los sicarios de la oligarquía
isleña llenaban los camiones que partían hacia Las Palmas, pero
otros misteriosamente hacia Tenoya y Arucas, algunos tomaba la
carretera de tierra hacia Los Giles, nadie era capaz de adivinar el
destino de los presos, las niñas y niños lloraban al ver a sus
madres y padres atados, golpeados, con sangre en sus caras, sus ropas
rotas por la violencia extrema de los sediciosos contra la legítima
República.
Una
mano fría tocó de repente la cabecita de Flora, miró hacia atrás
y era su bisabuelo Germán que llegó con el bastón, caminaba tan
lento que la niña no pudo entender como había llegado desde la
empinada zona conocida como La Cruz hasta la plaza, el viejo se quedó
mirando en silencio toda aquella movilización:
-Vamos
mi niña, vamos, que estos criminales van a matarnos a todos- dijo
llorando el anciano, que jamás había visto algo parecido en aquel
lugar donde había nacido.
Los
dos se fueron de la mano, Ángel acurrucó a la niña contra su
cintura dañada por el reuma y la artrosis, se alejaron de aquel
recinto del horror, pero no podían dejar de escuchar los gritos, los
golpes, los insultos, los ¡Arriba España!, las arengas militares,
los rezos del cura entregado a la exaltación de la raza y su “Santa Cruzada”:

-Ahora
en casita te caliento lechita y cierras los ojos en tu camita, todo
ha sido un mal sueño mi amor, quiero que sepas que jamás podrán
acabar con lo que habita en nuestros corazones- le habló el abuelo
con una voz tan dulce que a la niña se le erizó hasta lo más
remoto del alma.

http://viajandoentrelatormenta.blogspot.com.es

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