30 septiembre 2020

En los rincones nebulosos de la noche

Los
alcaravanes estaban más inquietos que nunca esas noches de octubre,
demasiado trasiego en Los Giles, demasiados hombres en camiones para
ser torturados sin que nadie escuchara sus gritos y alaridos.

Domingo
Valencia no tenía más de quince años y era uno de los torturados,
estaban todos, más de treinta, todos de Tamaraceite, retenidos en el
cuartelillo del Ayuntamiento de San Lorenzo, en la Carretera General.
Desde allí los llevaban en la oscuridad a los descampados cerca de
Tenoya para golpearlos, para hacerles hablar, dar cualquier dato
sobre sus actividades políticas y sindicales.

A
Juan Santana Vega, el alcalde comunista, a Francisco González
Santana su camarada, casi su hermano, ya que se conocían desde
niños, se criaron en la misma calle, jugaban juntos, estuvieron en
la misma escuela, comenzaron juntos a trabajar con apenas once años,
conocieron a las mismas muchachas, a los dos los tenían aparte, les
pegaban más fuerte, los torturadores se esmeraban más en generar el
máximo dolor, en tratar de sacarles toda la información posible.

El
chiquillo Valencia muy asustado los miraba desde el grupo de los más
jóvenes a los que también golpeaban, observaba su entereza, como se
mantenían sin hablar a pesar de los latigazos con la pinga del buey
que les abrían heridas profundas en sus espaldas, pero ellos
resistían una noche más, Juan miraba a Pancho, ambos se miraban,
con los ojos se decían que ya estaban muertos, que era mejor seguir
con dignidad, con entereza, con valentía de clase, manteniendo hasta
el último instante el valor, la tenacidad que les hizo gobernar con
mayoría de izquierdas aquellos escasos meses antes del golpe
fascista.

Casi
amaneciendo las mujeres aparceras que iban camino de los tomateros de
los Betancores escuchaban los gritos, veían los movimientos de los
falangistas y guardias civiles, el brutal maltrato, como introducían
uno a uno a los hombres destrozados en los camiones, los transportes
cedidos por los terratenientes agrícolas para llevarlos de nuevo al
cuartelillo en el sótano de la Casa Consistorial de Tamaraceite.

Solo
fueron dos escasas semanas, pero parecieron años de todo tipo de
atrocidades, madrugadas interminables de sufrimiento que marcaron
para siempre a los que sobrevivieron, unos pocos como Domingo
Valencia siguieron toda su vida luchando sin miedo, otros en cambio
jamás quisieron hablar, contar lo que sucedió, el terror lo
llevaban incrustado en lo más hondo de sus conciencias, no eran
cobardes, eran hombres destrozados, marcados de por vida, inválidos
de amor y ternura.
Una
noche no los sacaron del calabozo, el pequeño recinto para no más
de diez hombres, donde llevaban hacinados una treintena varias
semanas sin apenas agua y comida, esa noche los metieron en el camión
y los condujeron a Capitanía General, al Gobierno Militar en la
calle Triana, allí siguieron pegándoles salvajemente, más allá
vino el Castillo de San Francisco, los campos de concentración de La
Isleta y Gando, el día del fusilamiento de los cinco en el campo de
tiro cerca de El Confital, aquel 29 de marzo del 37 cuando Juan y
Pancho fueron fusilados junto a Manuel Hernández Toledo, Antonio
Ramírez Graña, Matías López Morales, todos unidos como cuando
iban de parranda a los bailes de taifa, pero esa vez acongojados por
la muerte inminente, el pelotón, los cientos de falangistas con sus
familias y sus niños sentados en las laderas para ver entre vitories
el espectáculo de las ejecuciones.

Domingo
los despidió aquella madrugada que los sacaron del barracón de
Gando, el chiquillo supo que jamás los vería, todavía los sigue
esperando en los rincones nebulosos de la noche.

http://viajandoentrelatormenta.blogspot.com.es

Dibujo de Castelao (Arriba os probes do mundo…)
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