1 octubre 2020

Entre remolinos y fragancias

El pensaba que la niña ya no lo quería desde que
había comenzado la pre adolescencia, eso lo hizo todavía meterse más en sí
mismo. Se acurrucó en el agujero del suelo, dos por dos de reducido espacio,
trece años allí escondido en el barrio de La Isleta desde que la guerra acabó
allá en España, después de que los fascistas asesinaran a más de cinco mil
canarios, Daniel Corujo había decidido quitarse la vida. Colocó la gruesa soga
de amarre de barcos en la parte más alta de la escalera de madera que daba
acceso a la azotea, en su mente solo bullía el inmenso mar visto por un humilde
pescador canario, el glorioso canto de las ballenas, el recuerdo del inmenso
horizonte inundado de colores y atardeceres rojos.

Los últimos diez años los había pasado jugando con
Alicita, desde muy pequeña le preparaba y le daba el biberón, le cambiaba los
pañales de tela, el mismo se encargaba de lavarlos, pero no de tenderlos para
que nadie lo viera. Cuando la bebita fue creciendo pasaba horas interminables
jugando con ella, le contaba cuentos para dormirla, era el sentido de su vida,
pero de repente todo se acabó, apenas con once años se alejó de él, parecía
haberse hecho adulta de repente, en unos días, le gustaba un niño del cole,
Daniel no lo entendía, nunca llegó a saber porque parecía no quererlo con todo
el amor que le había dado.

Dentro de agujero no dejaba de pensar en su “prenda
amada”, pero el implacable tiempo todo lo cambia y aquella infancia que lo
ayudaba en su terrible drama había terminado para siempre, solo quedaba en la
casa su vieja madre, encamada hacía años con demencia, su hermana mayor que era
la que cuidaba de Alicia, el resto de hermanos habían sido asesinados a los
pocos días de aquel sábado 18 de julio del 36 por los fascistas, el pitido
inicial del genocidio más brutal de la historia de las islas después de la
sanguinaria conquista castellana.

Los aparejos para el suicidio ya estaban preparados,
no había nadie en casa, solo la viejita dormida, delirando como siempre,
viviendo en una realidad absurda, alejada ya del mundo cotidiano, “muerta en
vida”, decía su hermana, muy flaca corroída por el cáncer de de páncreas.

Sus mañas de pescador hicieron bien los nudos de la
cuerda, sabía que no se rompería con su peso, que en menos de un instante le
apretaría el cuello hasta fenecer, que la muerte podía ser lenta, si acompasados
podían ser unos minutos eternos, pero pensaba que no le quedaba alternativa, ya
no podía más, se cuidó que ese día la niña se quedara en casa de su prima
Dolores en la calle Faro, no quería que lo viera colgado sobre un charco de sus
propios orines, con la cara desfigurada y el color de la muerte.

En la carta que dejó escrita nombraba a sus
camaradas, a todos los asesinados, desaparecidos en el mar, en las simas y
pozos, recordaba los momentos de lucha, las huelgas, las manifestaciones en la
calle Albareda con las mujeres tabaqueras y los trabajadores del Puerto, dejaba
un espacio importante para su adorada hijita:

-Alicita sé que cuando leas esto ya serás toda una
mujer, quiero que sepas que eres lo que más he querido en el mundo, no te veré
crecer porque ya no aguanto más. Tú no tienes culpa de nada, te digan lo que te
digan. Tu infancia me unía a la vida, a este mundo donde tanto he sufrido,
ahora ya tomas tu camino, solo te pido que seas buena, que defiendas siempre la
justicia, que eduques a tus hijos en el respeto y en la conciencia de que más
allá de tanta oscuridad hay un mundo mejor, una sociedad donde todo sea para
todos, donde nadie pase hambre, donde repartamos la comida, las riquezas de
esta tierra que tanto quiero. Recuerda siempre nuestros juegos desde que eras
chiquitita, los miles de cuentos que te conté, las noches con la vela encendida
y las sombras que te hacía en la pared con mis manos encallecidas. Te quiero
mucho, te querrá siempre tu papaíto-

Daniel se subió a la escalera, se ató el cuello y se
lanzó al vacío, en un instante sintió como se le cortaba la respiración,
escuchó el sonido de las olas, el viento de alta mar, los chillidos musicales
de los delfines, las risas infantiles del amor de su vida, partiendo, navegando
hacia el silencio infinito.

http://viajandoentrelatormenta.blogspot.com.es/

Imagen del documental de animación «30 años de oscuridad» de Manuel H. Martín
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