29 septiembre 2020

Era abril y la madrugada

Se
tomaron las copas en la casa del brigadista del amanecer Del Río
Ayala, conocido entre sus jóvenes amigos de la alta sociedad
grancanaria como “Carcoma”, antes de partir hacia el sureste de
la isla a buscar republicanos para asesinarlos.

El
joven fascista vestido de azul, eufórico ante una nueva noche de
crímenes, les sacó a la mesa de piedra del jardín de su mansión
queso duro, aceitunas con mojo, pescado salado y un pizco de carne
cochino recalentada del almuerzo con papas sancochadas.

Los
falangistas y guardias civiles devoraron la comida y se quedaron con
ganas de más, se bebieron entre siete hombres cuatro botellas de ron
aldeano, subiendo a los vehículos tambaleándose por la borrachera
camino de una nueva masacre.

Aquel
sábado de abril de 1937 era especial para ellos, los había llamado
un día antes el general Dolla para felicitarlos por “tan buen
trabajo”, era la “Brigada del amanecer” junto a la de Eufemiano
Fuentes que más hombres había asesinado y desaparecido en menos
tiempo, “todo un récord” pensaba el joven Ayala:

-¿Y
si somos los mejores?- cantaba con el mentón manchado de grasa,
entonando un riqui raca, como si estuviera en el Campo España
animando a su adorado Marino Fútbol Club.

Partieron
en el camión y en un coche negro conducido por el rico empresario
José Barber, adentrándose en la oscura carretera de La Laja hacia
Telde, Carrizal, Ingenio y Agüimes, donde había hombres y mujeres
señalados en las listas negras, las que habían recogido horas antes
en la sede de Falange en la calle Albareda de La Isleta.

Iban
cantando el «Cara al sol» en el lujoso auto haciendo eses y
hablando de lo que harían tras cometer los asesinatos:

-Después
de matar a estos hijos de puta vamos a follarnos a sus mujeres- dijo
Enrique Martin-Mönkemöller, jefecillo falangista de la zona
colonial, vecino del extremo norte del barrio de Vegueta.

Entraron
en Telde y fueron directos a una casa en las afueras del barrio de
San Juan, cerca de las cuevas de Tara, bajaron a toda velocidad de
los vehículos y rodearon la pequeña vivienda con los fusiles Máuser
y las pistolas Astra 400, golpearon con mucha fuerza y dentro se
escucharon llantos de varios niños pequeños:

-Sale
pa fuera hijo la gran puta venimos a buscarte Carlos Martel- gritaba
el sargento Rubiales, gallego y apodado “Pichón” por su afición
a la caza de palomas.

El
llanto de los niños no fue obstáculo para que derribaran la puerta
a patadas y entraran salvajemente dando culatazos a la esposa, a la abuela, a lo hijos del sindicalista de la Federación Obrera,
registrando hasta el último rincón de la humilde vivienda, hasta
descubrir que Carlos no estaba:

-Traigan
a esta puta que vamos a darle por culo hasta que diga donde está el
maricón de su marido- dijo Ayala desabrochándose los botones del
pantalón.

La
mujer, llamada Fefita Santana, costurera y muy joven, gritaba y
lloraba “que no sabía nada”, “que no sabía donde estaba su
esposo”, “que llevaba días fuera de casa”, pero los falanges y
guardias civiles la agarraron y delante de sus hijos fueron pasando
en fila de a uno para violarla.

Afuera
los vecinos asustados veían el camión tras las rejillas, con las puertas abiertas y el coche
negro con el motor al ralentí, un ruido que se hacía inaudible por
los gritos de la mujer, los llantos de los chiquillos, los alaridos,
casi aullidos, de la abuela Chanita, las carcajadas de los fascistas,
la repentina detonación de un disparo, el brutal silencio que detuvo
el viento entre los invernaderos, apenas el comienzo de la madrugada.

http://viajandoentrelatormenta.blogspot.com.es

Pintura de Carlos Alonso (Argentina)
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