30 septiembre 2020

Erosión de las piedras

La chiquilla andaba descalza por las frías calles de
tierra mojada de Tamaraceite, no habían pasado dos semanas desde la detención
de su padre, Carlos García. Los falangistas se lo habían llevado para siempre
aquella noche de septiembre, cuando golpearon violentamente la puerta,
sacándolo a rastras entre patadas y puñetazos delante de su madre, su abuela y
sus siete hermanos. Adita sabía que como al resto de sus camaradas también lo
iban a desaparecer en el mar, en algún agujero volcánico o en los pozos de la
muerte.

Fue bajando desde La Montañeta hasta la conocida
como Carretera General, cuando vio como sacaban a varios hombres atados de la
casa consistorial, unos meses antes gobernada por un alcalde comunista, el
miembro del Frente Popular, Juan Santana Vega, los siete varones y una mujer
con la cabeza rapada, la ropa destrozada, el pecho al aire. Observó desalada
como eran golpeados salvajemente calle abajo por el cabo Pernía, el cojo
Acosta, el jefe comarcal de Acción Ciudadana, Penichet, el guardia Santos junto
al requeté Bravo. El verdugo de Tenoya con su pinga de buey encabezaba la
comitiva del terror, les pegaban a la vista de los vecinos y vecinas camino de
la iglesia, donde esperaba aparcado el “Camión de la carne.

La pobre niña veía a su padre sangrando con los ojos
casi fuera de sus orbitas, la cabeza abierta con una enorme cicatriz, un hueso
del brazo atado a la espalda que se le salía del codo como una especie de puñal,
una imagen brutal que hacía que la gente corriera a sus casas, nadie se quedaba
en la carretera, solo los partidarios del golpe fascista que vitoreaban a los
uniformados, a unos tipos sanguinarios, los criminales que después de varias
semanas torturándolos cada noche en el silencio de Los Giles, ahora los sacaban
para llevarlos a un destino desconocido en el viejo vehículo propiedad don Jacinto
Henríquez, uno de los terratenientes del antiguo municipio de San Lorenzo, un
personaje siniestro que por fin podría disfrutar del sufrimiento de uno de sus
empleados más rebeldes, el sindicalista de la Federación Obrera, Jacinto
Tejera, el hijo de Mariquita “La zapatera”.

Adita intentó acercarse a su padre entre la multitud,
corrió a abrazarle burlando el cordón de seguridad de los falangistas, lo
apretó contra su cara, la sangre le manaba, notó su olor a sudor y tabaco, el
olor agradable que le recordaba las noches que venía a acunarla al viejo camastro,
en el que dormía junto a dos de sus hermanas Alicia y Matilde, solo fueron unos
segundos, el hombre trato de besarla justo en el momento en que la culata del
fusil de Pernía le golpeó en la nuca, la niña se tiró al suelo abrazada a su
padre, no lo soltaba lanzando alaridos entre los golpes y patadas de aquellos
rostros de toda su vida. Hombres a los que llevaba viendo desde que nació por
las calles de su pueblo, los que hasta hacía pocos meses se paraban a saludar
cuando venía con su madre de la escuelita. Gente normal ahora transformados en
monstruos que la golpeaban, que tiraban de su pelo, de sus brazos, de sus
piernas, separándola del cuerpo inerte de su padre sin sentido en medio de un
charco de sangre.

La niña se quedó acurrucada en una esquina con el
cuerpo magullado, mucha sangre en sus rodillas, raspones de cuando la
arrastraron para separarla de lo que más quería en el mundo. Desde allí vio
como se lo llevaban, como el resto de los detenidos lo metían en el camión, el
cura ayudaba a los fascistas entre burlas, los siete paisanos y la mujer quedaron sentados
en el suelo, la sangre dejaba un reguero cuando el transporte usado para los
racimos de plátanos avanzaba hacia Las Palmas.

El anciano sacerdote se acercó a la chiquilla para
bendecirla, le puso la mano para que se la besara, Adita se la escupió y salió
corriendo ante la mirada asombrada del conocido párroco, buen amigo de los
caciques de la zona, del que se sospechaba que había revelado secretos de
confesión de hombres y mujeres del pueblo, decenas de republicanos y
anarquistas, gente humilde, a los que incluyeron en las conocidas como “listas
negras” para asesinarlos a partir del golpe de estado de 1936.

La pobre Adita llegó casi hasta La Cruz, la zona más alta de
Tamaraceite, y desde allí se divisaban los camiones cargados de presos, los que
venían de Arucas, de Teror, de Tenoya, del norte, de Galdar, de Guía, cientos
de hombres cuyo destino eran los campos de concentración, el fusilamiento, el
asesinato en cualquier lugar remoto de la isla.

Se quedó sentada un buen rato, veía el símbolo católico
como una especie de augurio terrible, el viento se enredaba en su pelo negro
como la noche, sus heridas le escaldaban, no se inmutaba, solo pensaba en su
padre, en su última mirada, en el intento de darle ese cariño con las manos
atadas, ese amor que para siempre quedó en cada poro de su piel, incrustado
como la erosión en las piedras ancestrales, la que produce el agua de lluvia, quizá las lagrimas, de una personita triste, sola, en el manantial de sus ojos. 

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1936 Euskadi, prisioneros nacionalistas
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