26 septiembre 2020

Esclavos del odio

Los trabajadores esclavos realizaban su jornada de
sol a sol en la finca cercana a la Sima de Jinámar, los encargados les pegaban
con varas de acebuche si disminuían el ritmo de carga de piedras para hacer los
bancales de cultivo, rocas gigantescas, un peso demasiado alto para quienes
solo hacían una comida al día a base de pan y agua.

El patrono de los Ascanio, tenía carta blanca de
Falange y la Guardia Civil para explotar hasta la muerte a los obreros
desnutridos, hueso y piel, como fantasmas errantes andando entre el barro y las
tuneras, bajo el sol abrazador.

Los más débiles y enfermos, los que se rebelaban,
eran arrojados vivos sin piedad a los dos pozos de más de setenta metros,
profundos como el infierno. El abismo donde caían, despedazados contra las
afiladas paredes volcánicas, no se escuchaba nada en un rato, volaban hacia la
muerte, destrozados, famélicos, hasta el violento choque con el agua fría, una
especie de estrépito terrorífico.

El sargento primero, Octavio Penichet, asesino psicópata de
Tamaraceite, venía junto a Gustavo J. de Armas, el criminal falangista y
pederasta reconocido, amigo íntimo de Eufemiano, experto en arrojar gente a la
Mar Fea y a la conocida sima teldense, inspeccionaban los distintos puntos
donde trabajaban los esclavos, en las fincas sureñas del Conde de la Vega
Grande, las haciendas de la Marquesa de Arucas, los tomateros de “Los
Betancores” en Los Giles y Santa Lucía, más de mil ochocientos hombres que
laboraban a destajo cada día desde las cinco de la mañana a las diez de la
noche sin parar, apaleados, con la piel hecha trizas por los latigazos de la
pinga de buey. Su siniestra función era el recuento y seleccionar a los que ya
no les servían para asesinarlos, llevarlos a los pozos, a la finca de La Noria
junto a Bocabarranco, a cualquier agujero donde nadie pudiera rescatarlos de la
eterna crueldad, pegarles un tiro en la nuca, enterrarlos en cualquier pinar o
arrojarlos al vacío, al abismo brutal de las entrañas de la tierra.

Los esclavos del Maipez fueron todos asesinados en
pocos meses antes del 39, arrojados a los dos pozos de la finca, uno a uno,
vivos, atados con las manos a la espalda, desnutridos, con la piel destrozada,
en carne viva, semidesnudos cayeron como aves migratorias vencidas por el
viento de la angustia, allí siguen esperando ser visitados por el amor inmenso,
la caricia universal de quienes los siguen buscando en el fraterno camino de la
dignidad.

http://viajandoentrelatormenta.blogspot.com.es/

Esclavos forzados republicanos, durante una visita de autoridades a Cuelgamuros 
para supervisar la marcha de las obras del Valle. Fotogramas congelados
 proceden de «1939-1940 Vencedores y Vencidos. 
Los años del NODO»Fuente: Blog «Todos los nombres».
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