27 noviembre 2020

Éxodo de flores y corazones (*)

El viejo barquito atunero surcó los mares de Mogán
hacia el horizonte, no fue fácil despistar a la Guardia Civil y a los
falangistas que acordonaban la costa desde San Bartolomé de Tirajana hasta la
Playa de Veneguera. Tuvieron que pasar varios días escondidos en las cuevas
prehispánicas del Barranco de Tiritaña, alimentándose de sardinas saladas, de
plátanos con gofio, bajo un calor agobiante en pleno mes de agosto de 1936.

Todo fue tan rápido desde la noche del golpe de
estado, cuando en la reunión de la Federación Obrera de Arguineguín llegaron
noticias de que los fascistas estaban asesinando a gente de la izquierda, que
los niños ricos como el industrial tabaquero Fuentes, Bonny, el Conde, los
hijos de la Marquesa, Leacock y otros reaccionarios miembros de la criminal oligarquía
isleña estaban sacando a los hombres de sus casas para desaparecerlos. Los
barcos salían del Puerto de la Luz cargados de republicanos maniatados, metidos
en sacos atados de pies y manos para ser arrojados en alta mar, cientos, miles
de almas generosas, cuyo único delito era pensar diferente a los brutales
genocidas.

Desde la costa de Las Palmas de Gran Canaria se veía
mucha actividad a pocos kilómetros del litoral, luces que no eran de humildes
pescadores bajo las estrellas, sino embarcaciones de los asesinos, madrugadas
de muerte, fascistas tirando al mar a quienes defendían las democracia y la
libertad.

Atrás quedaba la islita, Manuel González, Ataulfo
Mayor, Esteban Sosa, Carmela Menéndez, la joven Ramona enferma de tuberculosis,
víctima de una violación múltiple del grupo de requetés, militares y miembros
de Falange que tomaron la Casa del Pueblo de La Isleta, llevándose a la joven
maestra a la Playa de El Confital para violarla, para abusar de aquel hermoso
cuerpo, mientras tiraban a su marido horas antes a la Sima de Jinámar.

Los hombres y mujeres veían como quedaba atrás su amada
tierra rumbo al continente africano, escapando del holocausto orquestado por la
Iglesia Católica, la corrupta burguesía, militares y todo tipo de psicópatas
criminales, que estaban en esos momentos asesinando de forma selectiva y
programada a miles de canarios en cada una de las desafortunadas islas.

El barquito de dos proas avanzaba lento, presuroso,
dejando atrás tantos seres queridos, hijos, hijas, madres y padres, para evitar
que también los mataran, la pobre Ramona Corujo nacida en Fuerteventura no se
levantaba del rincón, abrazaba a su bebé Martín Monasterio, el niño de apenas
medio año que se acurrucaba en su pecho, abrazado, como presintiendo algo terrible,
parecía intuir en su santa inocencia que su madre era la vida, que los días
pasados eran la muerte, la masacre, el dolor, la tortura, los abusos, la
destrucción de un hermoso espacio para la esperanza.

El silencio presidía el viaje entre la tormenta, los
rayos y truenos se veían al otro lado del mar, el desierto de El Sahara se avecinaba
tenebroso, con un olor ancestral, mágico, en el periplo hacia el misterio y el
forzoso exilio.

Carmela se sentó junto a Ramona, también era
maestra, daba clases en un colegio del barrio marinero de San Cristóbal, una
escuelita humilde junto al mar, formadora de aquellos niños desarrapados que
olían a pescado y brisa marina. Las dos mujeres se fundieron en un abrazo
silencioso, nadie hablaba, solo alguna queja, un lamento confundido con el
viento del verano y el inmenso salitre que rodeaba aquella escena hacia un
éxodo desconocido, parecían pensar en cómo 2000 o 3000 años antes otro pueblo vino
huyendo de África, quizá escapando de otro genocidio, buscando nuevos
horizontes de paz y esperanza, que construyeron su particular universo de
pintaderas, cuevas y casas de piedra seca, diseñadas en la inmensidad de
aquellas islas perdidas en el infinito Atlántico.

Cuando amanecía se adivinó la costa, una playa de
arena rubia, mientras un grupo de personas les esperaban con las manos
abiertas, vecinos del desierto que ya sabían lo que pasaba en el hermano
pueblo, que había que acoger a tanta gente buena, la que sembraba futuro y
flores nuevas.

(*) Artículo escrito por el autor para el Blog «Buscame en el ciclo de la vida».

http://viajandoentrelatormenta.blogspot.com.es/

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