29 septiembre 2020

Flores de invierno

Sakura
y Mizuki veían los dibujos animados en la habitación de la abuela Sora, desde
la ventana majestuoso el Fujiyama nevado, las primeras estrellas se divisaban
en el firmamento de las misteriosas islas del sur. La emisión se interrumpió
con un informativo especial, el terrorismo había vuelto a atacar Europa, un
camión negro de una constructora polaca se había empotrado contra un mercado
navideño en Berlín, las cifras de personas muertas todavía se desconocían, se
vio una imagen de móvil algo distorsionada, en el suelo un carrito de bebé,
varios muñequitos, un osito de peluche, restos tristes de una fiesta destruida.

Al
otro lado del mundo en las afueras de Aleppo las niñas huérfanas Anisa y Amira
huían con la familia paterna de los yihadistas de ISIS, se dirigían al hospital
de campaña en elbarrio de Jdeydeh, montado por las fuerzas leales al presidente
al-Ásad, ambas miraban hacia atrás desde el vehículo militar y veían su calle,
la casa destrozada por los bombardeos, la sangre de las últimas ejecuciones de
aquellos demonios, los degolladores de cabezas financiados por occidente.

La
lluvia corría por las calles del pequeño barrio de Boca Ciega en La Habana y
Aisha jugaba con la pelota en el patio techado con planchas de zinc, la gata Chusi
saltaba con una agilidad inmensa, la niña se reía a carcajadas cuando veía a la
felino interactuar con cada movimiento, afuera se escuchaban consignas de
pioneros, hablaban de la perdida del Comandante, de cómo se hizo eterno en
aquel fulgor que olía a semillas guerrilleras.

En
la Unidad de Críticos del Hospital Doctor Negrín en Las Palmas de Gran Canaria
Loly sentía que se le iba la vida, que por unos minutos volvía a ser niña antes
de partir para siempre, percibió aquel aroma de fantasía y juguetes nuevos de un
lejano Día de Reyes, sintió el aire fresco del volcán nevado allá en Japón, el
sabor del vino dulce caliente en la Navidad de Berlín, el olor de la pólvora
enmohecida de Aleppo, la fragancia acuosa y dulce de las plantaciones de caña
de azúcar allá en Cuba.

Todas
sintieron en silencio la sensación de que algo nuevo paría la Tierra, que el
tiempo no existía, que bajo las profundidades del infinito despertaba un
temblor trémulo, frágil como las flores de invierno.

http://viajandoentrelatormenta.blogspot.com.es

La Habana día de un año en mañana de domingo
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