5 diciembre 2020

Fugitivos de leyenda

Se
acababa de despertar en la oscuridad de la cueva del barranco de Silva, todavía
se escuchaba en el exterior el canto del búho chico, el sonido extraño de las últimas
lechuzas que buscaban refugio ante la salida inminente del sol, se estiró y le
sonó cada hueso, sintió una sensación de placer a pesar la incomodidad sobre la
vieja cama de piedra de los aborígenes, de los seis meses evadido desde la
noche que lo detuvieron en el barrio de Lomo Magullo, logrando escapar en la
bajada hacia Telde con las manos atadas a la espalda, saltando del viejo camión
y perdiéndose entre los disparos de los falangistas hacia la frondosidad de Los
Cernícalos.

Carmelo
Martel era consciente de que tenía los días contados, que en cualquier momento,
cuando menos lo esperara sería capturado, que era imposible mantener la
invisibilidad en un territorio insular tan limitado, repleto de guardias
civiles, guardias de asalto, grupos de falangistas que recorrían como alimañas los
montes en busca de fugitivos que asesinar.

Se
quedó todo el día en la caverna camuflada por las tuneras, se movía por las
noches, ya se conocía todos los vericuetos y senderos de aquella zona de Gran
Canaria, llegó a acercarse varias veces a los caseríos de San Gregorio, incluso
hasta la zona del viejo San Juan, donde tenía amistades que le dejaban comida
oculta bajo las piedras, entre los cardones o tabaibas. Alguna botella de ron
de caña, tabaco Virginio, gofio, aceite, sardinas saladas y algunas vez algún
plátano.

Ese
era su sustento, menos cuando lograba atrapar algún conejo en las trampas que
colocaba al píe de la entrada de su refugio, solía asarlo dentro para evitar
que nadie viera las brasas del fuego, la estancia se llenaba de humo y del olor
a carne fresca, era una especie de jornada especial y si le quedaba ron pues
brindaba solo, recordaba a sus compañeras y compañeros del Frente Popular de los
encuentros de la gente joven en la Playa de Melenara, aquellos tiempos de la
esperanza republicana cuando luchaban juntos contra el caciquismo ancestral, la
semiesclavitud de la clase trabajadora isleña, por la mejora de los derechos y
las condiciones de vida de aquel pueblo masacrado por el colonialismo más
sanguinario.

Franco y Hitler durante su reunión en Hendaya, el 23 de octubre de 1940

Pasaron
los años y soñaba con encontrarse a Juan García “El Corredera”, más de una
noche intuyó sus pasos perdidos subiendo por las empinadas cuestas, recorriendo
el territorio de su infancia entre La Culata y Tenteniguada. Lo conoció en los
años 20 en las luchadas del Campo España, donde el conocido luchador, José Rodríguez
Franco, más conocido como “El Faro de Maspalomas”, era casi invencible,
tuvieron sus conversaciones y sus tragos después de cada evento deportivo en
las tiendas de aceite y vinagre de la zona hablando de política y de cada
luchada, de esa revolución inevitable, de los buenos tiempos que vendrían con
la Republica, de la emancipación de los sectores populares, de la cultura y la
educación como instrumentos contra la alienación, la ignorancia y el servilismo
de siglos.

La
noche del 31 de diciembre del 45 el antiguo jornalero y sindicalista, Carmelo
Martel, escuchaba los petardos y voladores desde la altura de Montaña de Las
Palmas, se veía Valsequillo, Tafira, Santa Brígida y por supuesto casi toda la
zona sureste, desde Telde hasta Aguimes, las luces de cada pueblo, incluso llegó
a imaginar el olor de las celebraciones, las comidas especiales a pesar del
hambre de la posguerra, la posguerra de una tierra donde no hubo guerra, pero
si un genocidio estructurado por las fuerzas fascistas: La oligarquía, la
Iglesia Católica, Falange, Acción Ciudadana y otras fuerzas de la sedición, las
que se llevaron por delante las vidas de más de cinco mil canarios, en su
inmensa mayoría desaparecidos en simas, chimeneas volcánicas, pozos y ese gran
cementerio azul que era el océano Atlántico.

Sentado
solo contemplaba el espectáculo como quien está en una nube de un cielo
imaginario después de haber muerto, como si existiera vida después de la muerte
y su alma navegaba por el infinito, visitando alguna vez las tierras de sus
ancestros, una sensación de paz lo invadía cuando escuchó unos pasos a su
espalda, no se giró por miedo y al momento notó una mano fuerte en su hombro.

-¿Cómo
estás hermano? Te vengo siguiendo desde Silva, soy Juan. –Le dijo sonriente “El
Corredera”-

Carmelo
se levantó y se dieron un abrazo fuerte en aquel fin de año de terror y
desaliento, un abrazo largo, Juan olía hierbas del bosque y tabaco, una
fragancia añeja que le recordó a la de su abuelo Damián Curbelo, el viejo
constructor de paredes, pedrero de profesión en el valle de Tecén.

El
otro fugitivo se sentó junto a el, tenían tantas cosas que contarse que un
silencio que hablaba inundó aquel paraje remoto, bajo un manto de estrellas que
desvelaba la fragilidad del planeta, de la especie humana, de los añorados
compañeros y camaradas asesinados por los fascistas.

Los
dos hablaron casi toda la noche a media voz, casi susurrando, ambos eran
perseguidos, acostumbrados a la negrura, a las sombras, a los escondites
húmedos y fríos, a saber escabullirse de los criminales entre la vegetación
ancestral de aquel trocito de la tierra.

Cuando
casi amanecía Juan le dijo que cerrara los ojos, que ya se marchaba, que no
mirara hacia donde iba por si lo capturaban y “cantaba” por las torturas.

Martel no los abrió durante casi veinte minutos, sintió mucha paz, aquel encuentro lo
tranquilizó, lo llenó de esperanza, un amanecer rojo se despertaba desde el
inmenso mar, sabía que jamás se verían, pero que la verdadera muerte sería el
olvido.

http://viajandoentrelatormenta.blogspot.com.es

Juan García «El Corredera» detenido por la Guardia Civil en 1958
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