29 septiembre 2020

Gabinete del espanto

Cuando
bajaron a los detenidos del camión que venía de Telde era
medianoche, el Gabinete Literario era un hervidero de falangistas y
guardias civiles entrando y saliendo, el movimiento de fascistas de
todas las edades parecía un hormiguero de seres azules, algunos
mandos que habían venido de otras islas o la península, estaban
alojados en el Hotel Madrid, el mismo hospedaje del general Franco
meses antes.

Remigio
Tejera y Manolo Hernández, encabezaban la fila de unos treinta
hombres que tenían preparados en la calle para que entraran en el
centro de detención y tortura, ambos vieron muchas caras conocidas
de miembros de la oligarquía y la antigua nobleza, los hijos de las
familias más ricas de la isla dirigían aquel escarnio contra lo
mejor del pueblo canario, se encargaban de clasificar a qué recinto
iría cada uno, lo que había que preguntarles mientras los torturaban, la información había que sacarles, los nombres, las direcciones, las afiliaciones a organizaciones de la izquierda o de los
sindicatos.

Por
la puerta trasera sacaban a quienes habían sufrido varias jornadas
interminables de maltrato y violencia, algunos ya muertos, eran
introducidos en los vehículos puestos a disposición por los
caciques y terratenientes, su destino era variado, desde la fosa
común del cementerio de Las Palmas, el mar, cualquier pozo o agujero
volcánico.

Antes
de entrar el teniente Giráldez de la Guardia Civil identificó a
Regimio, lo observaba en silencio desde lo
alto de la escalera del recinto señorial, dándole órdenes precisas
a los falangistas que custodiaban a los presos:

-A
ese me lo apartan que lo conozco muy bien de la huelga de enero en
las tierras del Conde en Lomo Magullo, llévenlo a la sala de la
cúpula-

El
joven sindicalista de la Federación Obrera fue custodiado entre
empujones y golpes al interior de aquel espacio para el terror, tenía
una brecha abierta en la cabeza por un culatazo al resistirse a la
detención en su casa de La Herradura, pero se mantenía en pie, no
le quitaba la vista al teniente sedicioso, lo miraba fijamente a los
ojos sin agachar la cabeza:

-Vas
a saber lo que es bueno “puño en alto” cabrón, te voy a quitar
toda la chulería, tu fama de defensor de las causas justas como en
aquella puta manifestación- dijo el oficial, colocándole la pistola
Astra cargada en la sien, simulando que iba a apretar el gatillo.

Remigio
se mantuvo erguido sin casi inmutarse ante la rabia del asesino con
tricornio:

-¿Por qué
no disparas ya sinvergüenza? ¿No tienes cojones de enfrentarte a mi
desatado, sin tu puta pistola cobarde?- exclamó sin agachar la cabeza el
sindicalista, su voz sonaba como un trueno en la sala de tortura, la
más grande, donde las voces retumbaban en una especie de eco.

El
policía montó en cólera y golpeó al muchacho con la pistola en la
frente, Remigio cayó al suelo, donde comenzó a recibir patadas de
los falanges que acompañaban al teniente, golpes en todo el cuerpo,
en la cara, en los genitales, en la espalda, en el estómago.

Casi
perdió el conocimiento cuando el guardia ordenó que lo levantaran
entre dos requetés y le dijo:

-Mira
hijo de puta aquí estoy rojo cabrón, masón de mierda- En ese
instante Remigio lo escupió en la cara, una baba de sangre corrió
por la cara de Giráldez, que intentaba desesperado limpiarse con un
pañuelo blanco.

Ladeando
la cabeza llamó a Demetrio Trujillo, apodado “La Burra”,
veterano luchador del deporte vernáculo de la isla, también
conocido como “El verdugo de San Cristóbal”, el sicario llevaba
un machete en la mano, lo afilaba con una piedra de playa, al momento
y siguiendo las órdenes del teniente le cortó de un tajo las dos
manos a Remigio.

-Ahora
levanta el puño hijo de puta, alzalo mamón como en el Lomo, chulo
de mierda, maricona barata, que ya me follé hasta a tu novia la otra
noche- gritaba el teniente en un ataque de ira, las comisuras de los
labios repletas de saliva blanca, como un perro infectado de rabia.

La
sangre brotaba copiosamente de los brazos cortados del joven
comunista, parecía un manantial, una fuente de luz, mientras los dos
falanges lo mantenían en pie, no le quitaba la vista a Giráldez,
una mirada sin miedo, unos ojos verdes brillantes, que se fueron
apagando por la hemorragia, tranquilos, con la paz de no haberse rendido.

http://viajandoentrelatormenta.blogspot.com.es

Dibujo de Castelao (-Pra que ergan o puño…)
Síguenos y comparte:
error11
Tweet 20
fb-share-icon20