29 septiembre 2020

Hacia el infinito temblor del horizonte

El pequeño barquillo rondaba ya las aguas oscuras de Taganana, hacía
dos días que había partido del Puerto de Agaete, repleto de hombres y mujeres,
entre ellos, Alberto Góngora, el joven anarquista gallego en plena huída de la
brutal represión en la isla redonda, albañil de profesión, sindicalista, pintor
en sus horas libres de cuadros que nadie entendía, algo así como surrealismo,
trazos irreales, dibujos amorfos de árboles repletos de hojas irreconocibles,
alguna sombra entre la turba de nubes rojas, azules, verdes, como la hierba de
los sueños.

Por un instante en la negra noche se acercaron a la costa, allí subió
más gente, tristezas andantes, desconocidas, que venían de una barcaza de los
pescadores solidarios de San Andrés, dos mujeres, un niño pequeñito, tres
hombres, uno con boina y una raída chaqueta gris. Se acomodaron en el pequeño
espacio de cubierta, el viejo Matías Cúrbelo de La Isleta les alcanzó varias
mantas viejas, hacía frio, el mar del norte los dirigía hacia la América
lejana, Venezuela, Argentina, quizá Brasil, la búsqueda de aquel anhelo,
escapar del terror, del genocidio que había comenzado la noche del sábado 18 de
julio del 36.

El inmenso océano estaba revuelto, las olas azotaban la frágil madera
de la embarcación atunera, ahora convertida en el refugio de gente maldita,
perseguida, sin esperanza, tratando de sobrevivir el embate terrible de la
historia.

Cerca de Alberto se sentó Mónica Zaragoza, la joven maestra
republicana de La Matanza, se miraron un instante, la cara de niña, sus gafas
redondas, el pelo negro recogido, el abrigo marrón que olía a perfume del
salitre, iba sola también, no quedó nadie vivo de su familia, los mataron a
todos, a sus hermanos, a su padre, al abuelo dirigente obrero en el sur, cerca
de Arona. Ella tuvo la suerte de escapar, de recorrer media isla andando junto
a los compañeros, pasar varias noches entre la niebla y la lluvia del bosque de
Anaga.

Los dos allí solitos, casi no articularon palabras, se divisaban luces
en la orilla de la isla cada vez más lejana, hogueras en las playas repletas de
falangistas que seguían con las detenciones, agrupando hombres y mujeres para
arrojarlos al mar dentro de sacos, atados de pies y manos, repletos de piedras.

Al cabo de varias horas de viaje Alberto le contó cómo había escapado
de la persecución escondido varias semanas en Tamadaba, sobreviviendo con las
sardinas saladas y el agua que destilaban los pinos, historias tan comunes, unos
destinos unidos por la miseria del tiempo.

La voz de la muchacha le relajaba, era como un sedante en medio de la
destrucción y la sangre, se fueron acercando, primero sus manos que se rozaron
y decidieron agarrarse, acariciarse los dedos, Alberto usó la manta para refugiarse
del viento, unirse todavía más, acurrucarse uno contra el otro, como buscando
una protección maternal, infantil, ella olía a flores, a sudor, a un perfume
irreconocible, el aroma de la clandestinidad, de muchos días evadida entre la
hierba y la fragancia de la inmaculada laurisilva.

Sus labios se tocaron, un beso cálido, dos lenguas suaves buscando
viajar a ese lugar remoto donde reside la ternura, la piel erizada, no se
escuchaba nada, solo el mar, el canto de las pardelas que buscaban la seguridad
de la costa para llevar comida a sus crías. El hombre y la mujer se acoplaron,
no se conocían, pero se conocían desde siempre, solo sentían el temblor, el
sabor de unas bocas ansiosas de libertarias madrugadas.

Ella recorrió su cuerpo bajo la camisa blanca abotonada hasta el
cuello, el botón de luto por la vieja muerta hacía varios meses, el sintió unos
pechos suaves, pequeños, con pezones turgentes, como la frágil piel del
invierno en sus manos, un vientre vacío de comida, repleto de sueños, los ronquidos
de aquellos hombres rendidos, las pesadillas del chiquillo, un llanto
silencioso, inaudible, no interrumpieron aquel ritual mágico. Se amaron durante
horas, como quien busca refugio en otro cuerpo, penetrar en el mundo de la
fantasía, sintieron que se habían buscado desde que nacieron, el miedo se
convirtió en dulzura, la sensibilidad de dos cuerpos unidos que casi no hacían
ruido mientras viajaban por cada centímetro de sus desconocidas geografías,
acostumbrados a huir, a refugiarse en rincones inimaginables, no respirar,
gemir como cantan los pájaros silenciosos de la noche acabaron por dormirse,
abrazados, un estrujón de ropas y olores, una mezcla de tabaco Virginio, ron de
caña, colonia de lavanda y la sal, el salitre, en unos labios enrojecidos por
la travesía del placer infinito.

http://viajandoentrelatormenta.blogspot.com.es/

El buque Stanbrook con los republicanos en el puerto de Orán (Argelia) en 1937. 
Síguenos y comparte:
error11
Tweet 20
fb-share-icon20