1 octubre 2020

Incierto presagio

En
la estancia de al lado estaban los cuerpos de los cinco hombres fusilados, olía
raro, como a una mezcla de pólvora y sudor frío. El tiro en la nuca se lo
dieron a Matías López en el ojo izquierdo, la bala le salió por la sien, todos
parecían bebés acurrucados en el suelo, como esperando el amparo maternal
imposible, desamparados por el brutal estruendo que les atravesó el pecho como
una bola de fuego. Los hijos de Pancho lloraban más allá de los arenales, el
camión partió hacia la fosa común y el reguero de sangre marcaba el camino, la
señal más terrible, desde La Isleta al cementerio de Las Palmas.

La
gente miraba sin pararse por miedo al paso del vehículo, su avance lento dejaba
entrever lo que había dentro, cuerpos amontonados unos sobre los otros, una
energía desconocida, la que se produce cuando se junta todo el dolor, el odio
más feroz que solo puede partir de mentes criminales, las que dejaron una
estela de muerte, más de cinco mil canarios asesinados tras el golpe de estado
del 36.

A
la altura de la calle Albareda un brazo quedó colgando con un reloj de pulsera
destrozado, gotas de sangre manando de los dedos morenos, ningún falangista
hizo nada, la mano parecía señalar a quienes miraban desde las ventanas y las
azoteas, se cerraban las puertas al paso de la caravana de la muerte, un
silencio sepulcral que atravesaba las Alcaravaneras, la soledad de las dunas,
la oscuridad de la calle Triana y el colonial barrio de Vegueta en aquel
lluvioso y triste día de marzo.

En
el exterior del cementerio varias mujeres vestidas de negro con pañuelos en la
cabeza, la guardia civil custodiando la entrada de los camiones, las fosas
abiertas manaban sangre, cientos de cuerpos eran arrojados de uno en uno, algún
tiro en la nuca si alguna de las víctimas se movía o parecía seguir respirando.

Aquel
sangriento rigor, una especie de ritual terrorífico que inundaba el corazón
muerto de la vieja ciudad, una urbe para el crimen, mientras en cada rincón de
las islas eran asesinadas miles de personas, no había escapatoria del
laberinto, solo presagios terribles, también campanas en la catedral que
tocaban a rebato el son de la muerte, sotanas manchadas de sangre daban la
comunión en cada parroquia, confesaban a quienes seguían creyendo que un
Dios superior estaba detrás del genocidio, la construcción de un mundo de razas
superiores, consignas y arengas, la patria más tenebrosa, siniestras flores
 negras, el incierto futuro.

http://viajandoentrelatormenta.blogspot.com.es/

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