29 septiembre 2020

Inocencia trémula

Entre la
cabras y ovejas Gustavo Luján se encontraba a gusto, recorría las montañas de
La Aldea de San Nicolás y Artenara en verano y bajaba a las medianías de la
isla en invierto, se adentraba en los barrancos verdes por la abundante lluvia
de Teror, Arucas, Firgas, Moya, Tamaraceite, San Lorenzo y pasaba la noche en
cualquier cueva, bebía el agua de los manantiales y para alimentarse le bastaba
con el gofio y la leche escaldada o el queso, que el mismo preparaba cuando
encontraba el lugar adecuado.

Su vida era
contemplativa y no sabía nada de lo que estaba sucediendo en aquellos años tras
el golpe de estado del 36, se encontraba hombres demacrados por aquellos
remotos parajes, hombres que huían desesperados, otros que los perseguían
uniformados con tricornios o ropas azules armados hasta los dientes.

Le
preguntaban por donde habían ido los perseguidos y el trataba de no dar
información o les mentía y les daba pistas falsas, le molestaba que
maltrataran, que asesinaran, se encontraba cuerpos colgados en los riscos que
recorría con su garrote de salto, cuerpos hecho trizas que eran arrojados por
aquellos seres del mal al vacío de los acantilados, a la profundidad de cualquier
agujero volcánico.

Una tarde
un grupo de falanges encabezado por el teldense Esteban Santana lo retuvieron,
lo interrogaron, lo golpearon sin venir a cuento, el les decía que no sabía
nada, que no estaba metido en nada, que su vida era el ganado, que hacía años
que no se acercaba a ningún pueblo, pero lo zarandearon, le preguntaban por los
grupos de evadidos que surcaban las montañas escapando de la muerte, el no sabía,
no podía informarles, se los cruzaba en los caminos perdidos de la isla de Gran
Canaria, algunos lo saludaban y le pedían agua o comida, el nunca se negaba ¿Cómo
se le puede negar el agua o algo de comer a cualquier cristiano? pensaba, pero
eso le costó aquel momento terrible, cuando el jefe falangista ordenó que
mataran las cabras y ovejas, que las acribillaran a balazos, el corría tratando
de evitar la masacre ante las risas de los fascistas, pero no quedó sino una pequeña baifa (1) vivo que balaba llamando a su madre.

El pastor
lo acurrucó en sus brazos entre llantos desesperados y trato de correr hacia el
profundo barranco, pero el falangista Santiago Peláez le disparó en una pierna
con el máuser, Esteban cayó rodando por una ladera repleta de cardones en el
barranco de Chanica, cerca de La Milagrosa en el municipio de San Lorenzo:

-Yo no he
hecho nada, yo no he hecho nada- gritaba mientras los falanges lo rodeaban y el
policía Juan Santo le pisaba la cabeza contra el suelo y no podía respirar.

La sangre
brotaba a borbotones de su muslo derecho, la hemorragia no se cortaba:

-Yo solo
quiero a mis cabras, a mis ovejas que me las mataron hijos de puta, me han
arruinado mi vida-

El teniente
de la guardia civil zaragozano Antonio Ferreiro le puso una pistola en la sien,
el pastor no le quitó la vista, hasta que el miembro de la benemérita apretó el
gatillo y le destrozó la cabeza.

La baifita corrió desesperado hacia su madre muerta, se aferró a su teta ya seca, comenzó
un intento desesperado por extraer la leche calentita que lo mantenía en la
vida.

(1) Baifa; cría de la cabra en lengua aborígen canaria.

http://viajandoentrelatormenta.blogspot.com.es

Cabrero con lanza (Foto de Talio Noda)
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