29 septiembre 2020

La arrimada de aquel fuego

Después de la carga policial por llevarle maletas a
la criminal flota de la OTAN en el Puerto de la Luz, Teresa y Damián avanzaron hacia el laberinto de calles de La Isleta, se veía gente apaleada,
ensangrentada en las esquinas, puertas que se abrían para acoger a quien se
manifestaba contra los criminales de lesa humanidad.

La pareja corrió hasta Las Coloradas, allí ya no habían
polizontes, solo alguien que con mucho miedo se asomaba a la rendija de la
ventana ante el estruendo de sirenas y disparos de los gases lacrimógenos. Siguieron
andando de la mano, aferrados como un solo cuerpo y bajaron el sendero de la
playa del El Confital, el muchacho encendió el mechero de gasolina para no caer
por el precipicio de las Cuevas de los Canarios, cada instante sentían más el
olor del salitre, el ruido de las olas rompiendo en el paraíso natural, el
sonido de la gente en las chabolas, olor a hachís y ron barato, pero se
alejaron de cualquier resto de civilización, también de la miseria de los
desheredados que habitaban en la ciudad de la tristeza.

Se adentraron en la parte más oscura y salvaje donde
la arena acariciaba sus pies traspasando las sandalias de cuero artesano,
Teresa tarareaba un canción de Lennon, no sabían casi nada de inglés, pero les
inspiraba liberación, algo salvaje como el beso que se dieron en la boca al
llegar a la frontera de la zona militar, a pocos metros del campo de tiro donde
asesinaron a cientos de hombres desde el golpe de estado fascista del 36.

Ella le quitó la camiseta blanca Lee Jeans, hacía
calor, se abrazaron en un paramo desconocido muy cerca de la espuma que fluía
del inmenso Atlántico, el resto ya fue saliva, ropa que volaba entre la arena
todavía caliente, dos cuerpos desnudos entregados a la tarea revolucionaria del
amor ilimitado.

Después del mutuo estallido se quedaron quietos, en
una calma solo interrumpida por el canto relajante de las pardelas cenicientas,
pegaditos, casi un solo cuerpo, revueltos de arena, el pelo rubio de la
muchacha parecía ser parte de la melena del joven de Zarate, se conocieron
huyendo de la puta policía, en el momento en que a ella la apaleaba un gordo
agente del desorden del corrupto régimen, atrapada en un portal de la calle Juan
Rejón, ese momento de rabia en que golpeó la cabeza del esbirro con una dura
tabla de madera, logrando emprender la huída entre los botes de humo y los
disparos al aire de aquellos criminales.

El resto fue una especie de balada libertaria, donde
el sabor de los besos sustituyó las consignas por la paz, contra el asesinato
de niños africanos, miles de maletas quedaron tiradas en la calle Albareda
entre el humo infernal que aquella jauría criminal generó en menos de unos
minutos.

Pero en la playa no pasaba nada, dos seres que
habían olvidado hasta sus nombres aguardaban ese instante infecundo en que
parece que el tiempo no existe, allá lejos al otro lado del mar sabían que
también se luchaba, el olor más sexual y marino acompasó aquella sonata de amor
entre el sueño y la memoria.

http://viajandoentrelatormenta.blogspot.com.es

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