29 septiembre 2020
A mi inolvidable tío Javier Tejera, allá donde esté, sembrando luz, cantos y sonrisas… 

El falange Robaina tiraba tan fuerte de la cuerda al
cuello de Alberto Padrón que casi lo ahorcaba, el joven palmero se mantenía con
apenas los dedos de los pies, desesperado, pálido como la cal viva, ante las
risas de los fascistas que no paraban de beber ron aldeano, se divertían como
nunca en los rincones más lúgubres de la comisaría de la calle Luis Antúnez de
Las Palmas, donde solo se escuchaban gritos desgarradores aquella noche de
marzo de 1937, aullidos de dolor de mujeres y hombres sometidos a todo tipo de
vejaciones y torturas.

El hábil futbolista de Barlovento ya no podía más
después de casi tres horas colgado, estaba a punto de dejarse llevar por el
dulce encanto de la muerte, afuera la noche parecía aferrarse al leve olor del
salitre.

De reojo vio como sacaban a una mujer muerta después
de haberla violado la nutrida soldadesca vestida de azul, era María Candelaria Cabrera,
la maestra de Santa Brígida, la novia de su amigo y compañero Chano Hernández,
desaparecido desde los primero días del golpe de estado, posiblemente arrojado
a la Sima de Jinámar.

El muchacho aguantaba lo que podía, le ayudaba mucho
la buena preparación física, los meses que estuvo jugando en el Fútbol Club
Barcelona hasta semanas antes del alzamiento militar, recordaba sus primeras palabras
en catalán, la chica que conoció en las fiestas de Gràcia entre luces de
colores, besos, música, vino y sonrisas.

Robaina tensaba la soga al cuello, Berto resistía,
no se quejaba, lo que indignaba al esbirro de las Jons que lo dejaba en
volandas unos segundos, hasta que su cara se volvía azul por la falta de
oxigeno.

Lo conocía muy bien y sabía de su militancia en la
Federación Obrera, de su activismo en el Frente Popular, los años que jugó en
el Victoria corriendo la banda del campo de España como una flecha, leve como
una mariposa en sus pases medidos al centro del área, veloz en sus regates, que
dejaban sentado al contrario entre nubes de polvo.

Cientos de cuerpos destrozados salían en los
camiones del centro de detención con destino a los lugares de exterminio, el de
Berto no fue una excepción, parece que lo enterraron en la fosa de Las
Alcaravaneras junto a 54 compañeros más.

Su camiseta del Barça con el 7 a la espalda se la
quedó Julián Batista en el viejo bar de Arenales, nunca la expuso al público,
solo la mostraba a personas de mucha confianza, las que todavía recordaban al
estilete palmero, más conocido como la “Bala roja”.

http://viajandoentrelatormenta.blogspot.com.es

1937 Estadio de Chamartín, saludo de homenaje a la 21ª Brigada
Mixta por la Defensa de Madrid (Foto Juan Guzmán)
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