26 septiembre 2020

La bandera de la ternura

Carmen ya sabía que Matías iba a ser fusilado, llegó
a tiempo al campo de tiro de La Isleta para despedirlo, parecía sereno a pesar
del fatídico momento, no dejaba de escribir cartas de despedida. A pocos metros
se escuchaban los llantos de parte de sus compañeros encerrados en pequeñas
baterías, especie de cuevas, no entendía que les dieran ese gusto a los
verdugos, se mantenía con una tranquilidad inexplicable a pocos minutos del
fusilamiento.

Su amada madre no dejaba de pensar en todo lo que
había hecho para salvarlo, su mente hizo un viaje interminable que duró unos
pocos segundos, el pelotón comenzaba a formar mientras traían a los cuatro
paisanos, entre ellos el alcalde comunista de San Lorenzo, Juan Santana Vega,
el triste final ya se hacía inevitable entre el viento y el olor a salitre.

Doña Carmen Delgado Expósito, casada con Matías
López Rodríguez, cuando enviudó de la madre de Matías, Dolores Morales Suárez,
hizo todo lo inimaginable para evitar la muerte de su hijastro. En esos segundos
infinitos su mente viajó a los días 26 y 27 de enero de 1937, cuando se dirigió
al Cuartel de Ingenieros de La Isleta (Gran Canaria), para presenciar el
Consejo de Guerra que condenó a muerte los cinco de San Lorenzo, el instante en
que el muchacho de solo 25 años se despidió de ella, los seis capitanes que no
les tembló la mano para firmar la sentencia que condenaba a aquellos hombres a
morir, a ser fusilados, simplemente por pensar diferente, por defender la
legalidad constitucional.

Esa misma noche Carmen viajó a Tenerife para hablar al
día siguiente con el criminal de lesa humanidad responsable directo de los más
de 5.000 asesinatos franquistas en las islas, General Dolla, ante el que se
arrodilló para pedir clemencia por su hijo, a lo que el fascista le dijo que ya
todo estaba cerrado por el generalísimo desde Burgos, que era imposible evitar
que la sentencia se cumpliera, encargando a un Capitán Ayudante a que le redactara
una carta: “Madre afligida ruega indulto para su hijo condenado a muerte Matías
López Morales con motivo de la Semana Santa”. Acompañándola luego dicho oficial
a la salida invitándola a mantener relaciones sexuales esa misma noche a cambio
de la vida de su hijo, a lo que ella se negó y salió corriendo del recinto
militar.

Ese triste 28 de enero y mientras esperaba al
general unas monjas la preguntaron por el motivo de su visita, Doña Carmen les
contestó “Vengo a pedirle clemencia al general porque me condenaron a muerte a
un hijo ayer”. Las monjas contestaron “Pues si lo han condenado es porque es un
malhechor y tiene causa para eso…”

Todo pasaba tan rápido por su mente, tantas
peripecias y gestiones para ahora verse ante su hijo instantes antes de ser
asesinado, viendo cuando se aproximaba la hora del fusilamiento a las cuatro de
la tarde a un grupo numeroso de falangistas que iban a presenciar el asesinato
como los que iban a una celebración, a los que Carmen les dijo al pasar “Corran
que se les escapa la fiesta”.

Matías la miraba, levantaba la vista mientras
escribía apresurado, tranquilo, sereno, sin remordimiento alguno, consciente de
que moría para construir un mundo mejor, llegando en ese momento un teniente
con una botella de coñac y le dijo “Toma muchacho, tómate un buche para que te
serenes”. Matías le contestó: “¿Más sereno me quiere? Usted es el que no lo
está, yo no bebo nunca y hoy menos lo haré. Estoy escribiendo a mi padre varias
cosas, hablando con mi madre que es un ser extraordinario y ha venido a
acompañarme hasta el último momento en que me van a asesinar después de estar
indultado dos meses y mi padre voluntario sirviendo en Fernando Poo, que con
los accidentes que han pasado allí está vivo de milagro. Ya que usted me ha
traído el coñac selo agradezco, yo desearía solo una botella de agua para
refrescarme la boca”.

Carmen llevaba en su bolso un pañuelo rojo que
Matías le había encargado antes de salir para el campo de tiro, que le cubriera
la cara y ella así lo hizo, comprando un metro de seda roja y flores también,
cinco flores, una para cada fusilados. Afirmando Carmen en sus memorias una vez
fusilado su hijo que: “(…) Yo le limpié la cara y el lado derecho e izquierdo
que estaba embarrado de sangre y tierra, pues al darle el tiro de gracia, el
compañero de oficina estaba temblando y se lo dio en el ojo en lugar de dárselo
en la sien. Estaba aquella masa de sangre en la guerrera, lo tapé con varios
pañuelos y luego le cubrí el rostro con un paño rojo. Yo no lloraba pero si
decía ¡Ay mi hijo, como te acribillaron a balazos las balas asesinas! Y el
comandante me decía a mi lado ¡Calma señora, es usted admirable! Luego compartí
el ramo de rosas rojas entre todos, eran cinco con el mío. Más tarde llegó una
mujer dando gritos y con palabrotas insultando a Franco, la mandaban a callar,
pero no se callaba. Entonces no sé lo que hicieron con ella, yo no la vi más.”

El acto de inmensa dulzura de Carmen ha quedado para
siempre en los anales de nuestra humilde historia, la historia de un pueblo
destruido, masacrado, de las mujeres invencibles, dispuestas a todo por cuidar y proteger
hasta el final a sus seres más queridos, enarbolando la bandera de la ternura y el
amor infinito.

http://viajandoentrelatormenta.blogspot.com.es/

Matías López Morales con su tía Dominga López, Dolores Morales y Candelaria Rivero.
Cedida por José Daniel Santana Torres
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