30 septiembre 2020

La calle mojada

Eran
casi las nueve de la noche y la puerta de la casa del falangista
conocido como el “cojo Acosta” estaba semi abierta, justo en la
cuesta, en un lateral de la Carretera General de Tamaraceite,
aparcaron dos coches, uno negro y muy grande y otro gris oscuro más
pequeño con cinco hombres en su interior, se bajaron sigilosamente,
miraron alrededor, no había nadie, solo subía un señor mayor
encorvado, con un perro podenco joven, que venía de entrenarlo en
los estanques de San Lorenzo.

Entraron
muy rápido en la casa y la madre del cojo había preparado una mesa
con queso duro de flor de Guía, carne de cochino frita, tomates
aliñados con aceite y vinagre, dos conejos asados, varias botellas
de ron de El Charco, tres de vino de El Monte Lentiscal y una caja de
puros habanos.

Tomaron
asiento en los sillones y sillas dispuestas casi en circulo con una
pequeña mesa de madera noble en medio, hacía rato que había
llegado el fascista Bravo y los guardias Santos y Pernía, se
saludaron efusivamente y tras varios ¡Arriba España! ¡Viva Franco!
comenzaron la reunión:

-Traigo
una lista con más de cien nombres, la mayoría son del municipio de
San Lorenzo, aunque ayer en Arucas elaboramos otra de seiscientos
rojos y masones- dijo el joven terrateniente del municipio de Firgas
apellidado Rubio Guerra.

Los
hombres aplaudieron embriagados por el ron entre vitores, el vino, la carne y el
queso picante, los de Tamaraceite aportaron más nombres, entre ellos
el del alcalde comunista Juan Santana Vega, el secretario municipal
Antonio Ramírez Graña, el jefe de la policía Manuel Hernández
Toledo y los sindicalistas de la Federación Obrera y del Frente
Popular Matías López Morales y Francisco González Santana, junto a una lista inmensa donde
estaban entre otros muchos Juan Tejera Pérez, Alejandro Araúz Rada, Salvador Cedrés
Díaz, Rafael Díaz Matos, Juan Manuel Dieppa Delgado, Antonio
González Mendoza, Francisco Hernández Pulido, Francisco Martín
González, Carlos Mortes Rufino, Elías Ángel Pérez Baeza,
Saturnino Rivero Díaz, Agustín León Torres y otros más.

Junto
a cada nombre había breves referencias sobre su militancia,
profesión o si ocupaban algún cargo en sindicatos, gremios, logias,
partidos de izquierda o instituciones públicas, además de una
pequeña nota sobre si serían fusilados con consejo de guerra
sumarísimo o asesinados de forma clandestina y desaparecidos, casi
todos tenían una referencia con palabras en clave sobre el lugar de
la posible desaparición: Simas como la de Jinámar y otros agujeros
volcánicos en Bandama, Los Giles, Santa Brigida, La Atalaya, etc.,
pozos como los de Arucas, Tenoya, Tamaraceite, San Lorenzo, El Román,
Guayadeque, Guanarteme, Azuaje, Los Cernícalos, Barranco Hondo, Don
Zoilo, Guayedra, El Risco, Sardina del Norte, Las Huesas y otros
siniestros puntos de la premeditada organización del genocidio:

-Joder
nos vamos a hinchar a matar a estos hijos de puta desde el sábado 18
de julio- exclamó ya muy borracho el joven teniente de la Guardia
Civil y cacique agrícola Julián Barber.

El
resto del tiempo lo dedicaron a la aportación de más nombres, las
listas eran pasadas en una máquina de escribir por el funcionario de
correos, Borja Bravo de Laguna, vecino de Tafira en Las Palmas, cada
papel se lo repartían entre los miembros de la reunión hasta que
comenzaron los habanos y las risas por la borrachera, la madre del
“cojo Acosta” trajo más ron, ya no le quedaba vino y siguieron
dando nombres, incluso de las mujeres y novias que don Pedro Viana,
el cura del pueblo había desvelado de los secretos de confesión,
los que iba anotando hacía más de un año en una libreta negra:

-Esta
Santa Cruzada ya nadie podrá pararla, vamos a darles café a estos
perros separatistas y republicanos- dijo casi llorando de emoción y
tambaleándose Anastasio Del Río Ayala, antes de salir hacia los
coches junto con el resto de hombres.

Eran
casi las dos de la madrugada y en Tamaraceite la calle estaba mojada,
caía una fina lluvia de abril, se escuchaba el llanto débil de un
bebé en una casa subiendo hacia La Montañeta, su madre miraba en silencio con miedo y pena tras la vidriera arropada por la oscuridad.

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