29 septiembre 2020

La cama vacía de la Casa del Niño

Desde que llegó a la Casa del Niño en el Paseo de
San José el pequeño Manolo no hablaba, se orinaba en la cama cada noche con
nueve años, enseguida Sol Amparo se dio cuenta del inmenso trauma, lo protegió
del maltrato como solo ella sabía, habló una mañana en el Mercado de Vegueta
con una vecina del chiquillo en el barrio de La Isleta, le dijo con miedo que “Manuel
lo vio todo, que presenció la violación múltiple por los falangistas de su
madre y hermanas, el ahorcamiento de su padre en la rama más alta de la vieja
higuera del patio”.

Los días en la residencia de Falange regida por las
monjas eran siempre lo mismo, madrugar, desayunar, cantar el “cara al sol” en
la subida de bandera, el maltrato de las beatas y curas, las clases con altos
contenidos en formación del espíritu nacional, el resto asignaturas comunes, lo
de siempre, la historia de las cruzadas, de un tal Don Pelayo, los reyes godos,
la exaltación de la figura de Franco como un dios, un santo, un elegido “por la
inmensa misericordia de nuestro señor Jesucristo”.

Manolito no salía de su ostracismo, se pasaba el día
solo en el patio, en las clases no interactuaba, miraba al vacío, el gordo
profesor Castro le gritaba cuando Amparo no lo tenía cerca, lo humillaba,
incapaz de captar su tristeza le ponía orejas de burro, obligándolo a
arrodillarse en el rincón de los castigos con libros en las manos abiertas: “¡Burro!”
le gritaba, mientras sus compañeros miraban asombrados, todos hijos de
represaliados del franquismo, de padres asesinados, fusilados o desaparecidos
por las “Brigadas del amanecer”. Chiquillos tristes, condenados a sufrir el
encierro hasta los 18 años, a vestir los ropajes de Falange, asistir a sus
ceremonias patrióticas, a un lavado de cerebro orquestado por la Iglesia
Católica en el criminal régimen franquista.

Amparo Rodríguez García, la monja de Juncalillo, “el
pueblo de los curas”, cerquita de Artenara, la cumbre de Gran Canaria, la
sufrida isla donde los fascistas se ensañaron cometiendo miles de asesinatos,
en un humilde lugar donde casi no hubo resistencia al golpe de estado del 36,
la bella ínsula donde la sangré corrió por cada rincón de su geografía.

La religiosa de extracción humilde, hija de
jornaleros, de campesinos que sufrían el caciquismo de una oligarquía criminal,
que ejercía el derecho de pernada, que abusaba y trataba como esclavos a sus
padres, no tuvo otra salida que seguir la recomendación de Don Luís el obeso
cura de Galdar, que un día fue a buscarla a su casa, habló con su padres y les
recomendó la conveniencia de que su niña se fuera al convento de clausura de
Teror, que sería una salida a su terrible situación económica, que allí al
menos comería, que podría ser una santa como Santa Teresa, una santa canaria,
una hija del pueblo, de los explotados de la tierra.

Sol Amparo nunca encajó en la dinámica de la Casa
del Niño, nunca compartió el maltrato físico y psicológico que allí se ejercía
día tras día, ella se encargaba de la cocina, de que el rancho se sirviera a
tiempo, de “los suspiros”, el dulce que le enseñaron en “El Cister”, cuando
pasó aquellos años de oscuridad encerrada en la sucia celda con el camastro sin
colchón, los madrugones, la flagelación obligada, los baños con agua fría a las
cuatro de la mañana, los abusos sexuales de la madre superiora, aquella toledana
que se metía en su cama, que la obligaba a hacer cosas que ella desconocía, que
le hacían sentir un asco indescriptible.


Manolito cuando la veía se acercaba a ella, le
gustaba que le acariciará la barbilla, que lo tratara como lo trataba su pobre
madre asesinada aquella noche de agosto en la calle Faro, las terribles escenas
de los abusos de los hombres de azul con sus hermanas Julia de 12 años y
Enriqueta de 15, el momento en que colgaron al hombre que más quería, la noche
del terror desde la que deseaba morirse, la que le cerraba las cuerdas vocales
cuando quería articular palabra, el derrumbe de su adorado universo, el olor a
pescado salado de su padre cuando llegaba de la factoría de la Cicer, el bello ambiente
familiar que vivió desde que nació aquella noche de septiembre.

Todo había desaparecido de repente como si alguien
siniestro con una varita mágica hubiera destruido la esperanza, el chiquillo
jamás podría asimilar lo que vio, el olor a ron de caña de los falangistas, las
burlas, los golpes, la amenazas, ese momento brutal cuando sacaron a sus
hermanas de las camas, cuando les rompieron los camisones, cuando pusieron a su
madre atada en la cama y fueron pasando uno a uno, los gritos de terror, los
gemidos, las risas de aquellos demonios sin escrúpulos para destruir lo que había
sido una familia humilde y feliz.

Una tarde de diciembre se lo llevaron, Sol Amparo se
opuso, pero no pudo hacer nada: “El niño es subnormal está claro”, dijo Don
Domingo, el anciano cura de San Telmo, “Hay que llevarlo a Tenerife al centro
de los idiotas”. La monja trató de pararlos, dijo que ella se encargaría de
cuidarlo, de educarlo, pero fue imposible, lo sacaron en el viejo coche de los “Betancores”
hacia el correíllo en el Puerto de la Luz, nunca más se supo de Manuel, la
humilde monja rezó cada noche por el varios “Ave Marías”, la rutina impregno
cada jornada del centro de menores, su cama quedó vacía, al poco fue ocupada
por otro niño de padre anarquista, uno de los asesinados del incipiente “maquis”
de La Palma.


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