1 diciembre 2020

La canción de Herminia

En el humilde pueblecito cerca de Tunte jamás
imaginaron lo que en pocos meses sucedería, Herminia Santiago era incapaz de
pensar que aquellos hombres pudieran hacer lo que hicieron.

Se sucedían las huelgas en los tomateros del Conde y
de los ingleses desde los años 20, pero lo que se pedía era justo, solo
respetar un salario digno, acorde con las necesidades de un proletariado que
pasaba hambre y miserias, hombres y mujeres que trabajaban de sol a sol para
ganar unas pocas pesetas, insuficientes para poder alimentar a los chiquillos
hambrientos, pedían también acabar con los abusos sexuales de los patronos y
mayordomos sobre las trabajadoras, acordar un horario en condiciones, algún día
de descanso semanal.

No se pedía tanto, solo regular una situación
ancestral, la que había convertido al pueblo canario en comunidades de esclavos
en cada isla, una vorágine de injusticia que venía desde los tiempos del
criminal genocidio indígena, donde mercenarios a sueldo de la corona de
Castilla masacraron a todo un pueblo, asesinando, violando a sus mujeres, vendiendo
como esclavos en los mercados de seres humanos de Sevilla o Valencia a los que
lograron sobrevivir.

Herminia, la joven y hermosa maestra de escuela de
los niños y niñas aparceros, Herminia siempre libre como el viento, ocupada en
leer libros de Tolstoy, de Bakunin, de Dickens, de Thoreau, sentada entre los
bancales en su tiempo libre, entre clase y clase, en los días festivos, sin
tiempo para el amor, para las taifas y bailes de pueblo.

Era demasiado inocente para imaginar que después de
aquel siniestro sábado 18 de julio de 1936 se repetiría la historia, el
genocidio, un nuevo holocausto, esta vez mejor planificado, con armas
sofisticadas, con camiones y coches para llenarlos de mujeres y hombres y
arrojarlos a las simas, a los acantilados marinos o a los pozos del olvido.

Apenas había cumplido los 22 años, todavía mantenía
en su cama aquellas muñequitas de trapo que le hacía su abuela Lola Bordón, sus
ojos marrones y brillantes eran incapaces de ver lo que venía oculto desde la
otra esquina del verano, el terror brutal, el crimen, la tortura, los abusos
sexuales, la muerte.

La detuvieron el mismo martes 21 de julio, la
sacaron a rastras de la escuelita de los Cercados de Araña, eran varios
falangistas, entre ellos Juan León González, Santiago Araña del Toro, varios de
los hijos de los caciques ingleses de apellidos impronunciables, unidos también
a la carnicería fascista, los chiquillos lloraban, se llevaban a Hermi, la
jovencita profesora, ellos sabían que no había hecho nada, que no era mala,
aunque Don Santiago Morales, el cura de la parroquia de San Bartolomé, con la
pistola al cinto, les lanzó aquella arenga sobre “el anarquismo y el comunismo
y su relación directa con él demonio”, “que su maestra era una puta que se iba
con hombres a la Playa de Maspalomas en las noches de verano a bañarse desnuda”,
“a realizar actos impuros inadecuados para una señorita, una docente, que
estaba obligada a trasmitir una educación basada en la infinita misericordia de
nuestro señor Jesucristo”.

La muchacha iba en el viejo auto del mayordomo del
Conde de la Vega franqueada por dos hombres vestidos de azul, uno con un enorme
mostacho negro, el otro con el pelo brillante y que comenzó a levantarle la
falda para tocarle los muslos.

-Te vamos a follar como a una perra descompuesta
maldita puta roja chupapollas–dijo con sorna el jefe falangista que iba
delante, conocido como “Irujo”- Cuyo verdadero nombre era Juan Sebastián Bravo
de Laguna y Martínez de Irujo.



Herminia trató de evitar que la tocaran, pero
recibió un fuerte golpe con una pistola en la nariz, partiéndole parcialmente
el tabique nasal, provocando que sangrara profusamente de forma inmediata y
quedara semiinconsciente.

El falangista del enorme bigote le rompió el vestido
y le sacó los pechos, mientras el otro le mordía y chupaba los pezones, justo
cuando detuvieron el vehículo en un paraje perdido, muy cerca de los pinares de
Pajonales y Linagua, hacía mucho calor aquella tarde, el sol parecía ser
cómplice de aquella vejación, hacía que los hombres tomaran más ron de caña, mientras
“Irujo” mascaba tabaco y escupía con frecuencia sobre el cuerpo de la chica
desnuda amarrada de pies y manos sobre la paja en el viejo alpendre abandonado.

Uno a uno la fueron violando, la golpearon salvajemente,
no se conformaban con satisfacer sus instintos sexuales, querían más,
necesitaban dominar, hacer daño, generar dolor, Herminia solo emitía grititos
hasta que se fue apagando con hemorragias internas en la vagina y el ano. Los
fascistas borrachos siguieron penetrándola y golpeándola durante varias horas
aunque la chiquilla ya había fallecido.

De madrugada, cuando se despertaron de la borrachera,
“Irujo” ordenó enterrarla junto al pino gigante, los facciosos abrieron una
pequeña fosa, ella no medía más de 1,60, era flaquita, pequeñita, casi parecía
una niña más cuando impartía sus clases.

La tiraron dentro desnuda y sobre su cuerpo
destrozado le tiraron el vestido manchado de sangre, la mochila desgarrada con
sus libros, la enterraron parsimoniosamente, todavía les duraba la borrachera,
hacían bromas sobre los instantes de la violación, sobre sus compañeros comunistas
y anarquistas, que esa misma noche ya estaban detenidos en el centro de detención de la
calle Luis Antúnez en Las Palmas, sometidos a brutales torturas antes de ser también desaparecidos.

Arrancaron el coche negro, allí quedó el cuerpecito
de Herminia, solito entre la magia insondable de la zona más salvaje de la isla
de los valientes, todavía se ven flores junto al gigante y la pinocha, el lugar
exacto de los intactos huesecitos, donde en las noches de verano los montañeros
dicen que se escucha junto al sonido del viento algo parecido a una canción de
cuna.

http://viajandoentrelatormenta.blogspot.com.es/

Pinar de Pilancones (Gran Canaria) Foto: senderismoyastroculturablogspot.com
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