5 diciembre 2020

La deriva y la masacre

La
barquilla de vela atravesó el límite de la costa de Bañaderos, los dos evadidos
escapaban de la muerte, del terror franquista en Gran Canaria, veían aquella
tierra amada de la infancia feliz alejarse irremisiblemente para siempre.
Amadeo Trejo y Paco Montesdeoca, orientaron la embarcación hacia Fuerteventura,
la esperanza de alcanzar el litoral africano, no sabían que se adentraban en el
misterio del inmenso Atlántico, la ruta de América, la fría corriente de la
nostalgia, el viaje hacia el infinito de la oscuridad, comenzaba la aventura.

Pasaron
varios días y no divisaban la costa, la comida se agotaba, el pescado salado,
el cherne de los sancochos de los buenos tiempos, algo de fruta, plátanos
verdes y el agua, la escasa agua que se agotaba, la racionaban y no llovía,
comenzaron a preocuparse, cayendo en la cuenta de que se habían equivocado de
ruta, ya no sabían donde estaban, no se veía tierra por ningún lado y un mar
embravecido y negro los acogía como una minúscula cáscara de nuez en aquella
inmensidad.

Hablaban
a ratos de los cientos de compañeros asesinados, de cómo se habían librado por
poco de la detención y la tortura, del momento en que la anciana, María
Trujillo, les avisó de que los falangistas ya estaban en el vecino pueblo de
Moya, llevándose a los hombres y mujeres del sindicato anarquista, a la gente
del Partido Comunista, a los maestros de cada municipio vecino, republicanos,
educadores de la esperanza, que eran arrojados a la Sima de Jinámar, a los
pozos de Arucas y Tenoya, a la Mar Fea, a ese océano que ahora atravesaban
hacia un destino desconocido, la huída hacia la libertad o la nada, hacia el
infinito del horizonte rojo como la sangre de un pueblo masacrado.

Lograron
capturar algunos peces, Amadeo gran nadador y pescador se lanzaba al mar atado
con una cuerda a la cintura, con un pincho de hierro ensartaba el pescado, todo
tipo de especies, que luego devoraban crudos, era su única esperanza, en los
anzuelos era muy difícil, había que lanzarse al mar y el joven aruquense era un
experto, siempre miraba por si se divisaban tiburones y aprovechaba para bucear
con los ojos abiertos, siempre buscando los bancos que venían de las
profundidades abisales, inconscientes de que un nuevo depredador habitaba en
aquel trocito de planeta.

Tras
varias semanas seguían con la vela erguida, arrastrados por el viento, hasta
que un temporal terrible les rompió el mástil, se llevó los remos, quedando en
la tormenta el pequeño navío boca abajo, los hombres agarrados como podían a
los trozos de la madera destrozada.

Cuando
llegó la calma casi de repente, como si el cielo se abriera tornándose azul
turquesa, lograron darle la vuelta al barco, seguir navegando a la deriva en un
mar en calma, sin saber donde iban, sin medios para enderezar el rumbo,
atrapados por el destino y el imprevisible azar.

Paco
no dejaba de temblar, una fiebre muy alta con intensos escalofríos, Amadeo le
ponía paños de agua salada en la frente tratando de paliar la temperatura,
comenzó a delirar, hablando en alto, rememorando las asambleas de trabajadores
en las fincas de los terratenientes, las huelgas, las luchas intensas de los últimos
diez años. En la noche comenzaron las convulsiones, echaba espuma por la boca,
su cuerpo ardía hasta que agonizando le pidió al compañero por sus dos niñas
robadas y vendidas por la Iglesia Católica, por su mujer encarcelada en el prostíbulo
del Conde de la Vega y el cacique inglés dueño de los tomateros del sur.

Al
rato ya estaba muerto, Amadeo lo abrazó, pasó así varias horas, hasta que el
cuerpo comenzó a enfriarse como aliviado de tanto sufrimiento, lo dejó un buen
rato tumbado en el rincón del pescado, sus ojos parecían mirar las estrellas,
un cielo inundado de constelaciones y colores verdes y rojos, hasta que se
decidió a arrojarlo al mar, lo cargó por el brazo, lo empujó hacia la oscuridad
marina y en unos segundos se hundió, desapareciendo para siempre.

A
la salida del sol la barquilla amaneció rodeada de tiburones, grandes aletas
oscuras que daban vueltas alrededor como esperando el momento de la muerte,
desquiciados seres en busca de comida, de aquel humano de dos patas que
acurrucado y muerto de frío tiritaba bajo una manta rota. Amadeo veía venir el
final, ese inevitable momento donde todo se acaba, recordaba a “la chiquilla”,
como llamaba a su novia Esther Romero, la joven costurera de Cardones, con la
que recorría las playas del norte en busca de conchas para la colección de la
muchacha, los bellos instantes de amor en los solitarios recovecos de los
acantilados de Agaete.

Había
pasado tan rápida la vida, sus veinticinco años no eran suficientes, casi ya se
entregaba resignado a la muerte, sentía un extraño placer, una paz inusitada,
cuando escuchó unas voces, un acento distinto, hombres negros, rojos, azules
que le sacaban de la semihundida embarcación, acostándolo en la cubierta de un
buque inmenso que olía a madera y a selva, le dieron agua, un líquido fresco,
de un sabor que solo recordaba de los manantiales del barranco de Azuaje, no
hablaban español, su idioma era extraño, solo entendía algunas palabras, logró
incorporarse y una costa repleta de vegetación le esperaba, surcaban la costa
brasileña, había llegado al otro extremo del mundo, el no lo sabía, seguía
pensando que estaba en África, lo envolvieron en una manta muy gruesa
perfumada, como si varias mujeres hubieran dormido envueltas en ella durante
meses en aquel paraíso de calor y placer. Seguía sin entender nada, sonrisas y
rostros nobles lo acompañaron hasta el sendero de los sueños mágicos.

http://viajandoentrelatormenta.blogspot.com.es/

Pintura de Martin Kippenberger (1953-1997)
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