28 noviembre 2020

La dulce mirada de Luis en los ojos tristes de Matilde

El
niño Luis nació con las piernas paralizadas, su madre Matilde Ruano enseguida
percibió la discapacidad, el brazo derecho era más pequeño que el izquierdo,
sus ojos eran alegres, vivarachos, la lengua era demasiado grande, no le cabía
en la boca, como aferrado a la oportunidad de la vida, lo acunó enseguida en la
habitación de la vieja casita de tejado de los Llanos de María León, al fondo
del valle, donde trascurría el agua turbia del barranco de Mascuervo.

La
triste mujer, siempre vestida de negro, un luto eterno, sabía porque su niño
había nacido así, recordó cuando se la llevaron los criminales Del Castillo,
junto al cacique inglés de los tomateros del sur, integrantes de la Brigada del
Amanecer junto al tabaquero Eufemiano, el conocido criminal y violador de
mujeres. Su marido Augusto Bencomo había sido asesinado dos días antes, cuando
lo sacaron de su casa de madrugada y lo tiraron dentro de un saco, atado de
pies y manos en la Mar Fea, junto a la playa de La Laja, cerca del barrio
marinero de San Cristóbal.

Matilde
fue recluida embarazada de dos meses en el centro de detención y violación de
mujeres del Conde de la Vega, muy cerca de Castillo del Romeral, junto a los
tomateros que llegaban hasta el horizonte del territorio insular de la isla de
Gran Canaria. Allí fue atada con el tronco sobre una mesa, las dos piernas
abiertas, sujetas con cadenas a unos clavos en el suelo. Le metían ron aldeano a
la fuerza con un embudo en la boca y era sistemáticamente violada primero por
los señores terratenientes, sus hijos, sobrinos y capataces, para a los pocos días
entregarla la soldadesca de la Falange y Acción Ciudadana. Así estuvo casi
treinta ideas, encorvada, atada, haciéndose las necesidades encima, alimentada
de alcohol y trozos de pan y agua, bajó muchos kilos y sufría violaciones a
todas horas por parte de esta banda organizada de criminales psicópatas.

En
las mesas de tortura de al lado vio morir a varias mujeres, a la jovencita
muchacha rubia del municipio de Ingenio, Devora Estebaranz, la que no tenía más
de dieciséis años, hija del médico Don Juan Carlos, el asturiano amigo de los
pobres, miembro del Partido Comunista que no le cobraba la consulta a la gente
humilde. A la pobre chiquilla la desangraron por el ano a los pocos días. Hasta
varios curas del sur pasaron por allí, levantándose las sotanas para
penetrarlas salvajemente.

La
oscura habitación solo desprendía dolor, una energía negra como la noche se
percibía en cada rincón de la estancia, un fuete olor a zotal para limpiar los
orines y los residuos fecales de las muchachas, la sangre se mezclaba con los
desinfectantes, un fragancia mortal que se quedó para siempre en la nariz de
Matilde, incluso durante el brutal embarazo y nacimiento de pie del pobre chiquillo,
el bebé que había llorado dentro de su vientre durante varios días, cuando
comenzaron las brutales contracciones.

Cada
día llevaba siempre a Luisito abrazado, envuelto en la mantita de lana de
oveja, no se separaba nunca de su adorado hijo, lo llevaba a todos lados, no lo
dejaba solito, lo amaba como nunca había amado, un amor solo comparable a su
querido Augusto asesinado por aquellos perros fascistas, arrojado al mar por
los esbirros de la Marquesa de la ciudad de la piedra de cantería en el norte
de la isla.

Nada
era comparable a ese amor invencible, el niño siempre la seguía con la mirada,
en todo momento, cuando lo alimentaba con la cucharita de hierro, cuando lo
acariciaba en las noches sobre el camastro de paja hasta que se dormía
abrazado, pegado a sus pechos llenos de cicatrices, con un pezón cortado por
los torturadores, unos cantaros de amor por donde seguía manando la lechita
caliente, tras pasar cinco años de su brutal nacimiento.

Recordaba
Matilde como giraba la barriga cuando la golpeaba, tratando de evitar que le
dieran al bebé oculto como un tesoro en su vientre, pero era inútil, perdía el
conocimiento con frecuencia por las constantes palizas y abusos sexuales, al
niño lo destrozaron dentro del vientre y había sido casi imposible que
sobreviviera y pudiera nacer, pero allí estaba, mirándola con ese amor que solo
puede venir de un ser especial, jamás pudo hablar, sonreía a veces, no tenía
casi movilidad, solo encendía sus días con el brillo de sus ojos marrones,
enarbolando la luz invencible de la esperanza.

http://viajandoentrelatormenta.blogspot.com.es/

Fotograma de la película «La noche de los lapices» Héctor Olivera, Argentina)
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