1 diciembre 2020

La fosa del fin del mundo

El joven sindicalista de la Federación Obrera, Ismael Chirino, no sabía bien porque los llevaban destino a
Artenara por la carretera vieja de Juncalillo, el joven moganero atisbaba lo
que podía desde el camión junto a los demás presos, como se dirigían a esa zona
despoblada, alejada de toda civilización. Era insólito que el camino no fuera
hacia los pozos de Arucas y Tenoya, a la Mar fea o a la temible Sima de
Jinámar, los lugares habituales donde las “Brigadas del amanecer” llevaban a
los republicanos para asesinarlos y desaparecerlos para siempre.

El viejo cacharro con ruedas avanzaba subiendo y
echando humo, atravesando el pequeño pueblo de la cumbre, desviándose directamente
hacia el pinar de Tamadaba por una carretera de tierra con muchos baches “¿Dónde
nos llevarán?” dijo Elías Trejo en muy bajita voz, Ismael solo lo miró con los
ojos llenos de lagrimas, aquel destino era inexplicable, pero los doce hombres
sabían que se acercaba el momento de la muerte.

Un olor a pinocha inundaba el ambiente, el cielo
despejado, se veía aquella luna llena tardía aunque fuera de día, el calor de
aquel agosto del 37 agudizaba las heridas de la tortura en Los Giles, los
golpes del verdugo tenoyero con la pinga de buey, las patadas y puñetazos de
los falangistas en tres noches interminables, sin dormir, sin agua, sin comida,
solo tortura sin preguntas, el dañar por dañar, simplemente para hacer sufrir a
unos hombres por pensar diferente.

Las cadenas y las sogas de pitera apretaban mucho
las muñecas, casi no podían moverse, los tres hermanos de Piso Firme estaban
semiinconscientes, las heridas y la paulatina pérdida de sangre los conducía
hacia una oscuridad sin retorno. Fermín Cabrera, el carpintero de Galdar,
rezaba en baja voz, se escuchaban los padrenuestros, los Ave María, una especie
de rosario repetido, monótono, siniestro, cuando entre el pinar el frenazo los
golpeó unos contra otros, delante se escuchó el acento inglés de Leacock,
hablaba con Eufemiano sobre la necesidad de cavar la fosa cerca del Roque
Faneque.

Al momento se escucharon muchos gritos, voces despectivas,
insultos, haciéndolos bajar a golpes, se vieron como animales heridos en medio de
aquel bosque inundado de belleza, gamonas, jaras, jarones, el canto de los
pinzones y un aíre frío que venía de los acantilados del fin del mundo, desde
donde se veía la isla de Tenerife, el sagrado valle de Agaete. Los hicieron caminar
por aquel sendero, rodeados de requetés, guardias civiles y los niños de papá
de las brigadas eufóricos, conduciendo aquel rebaño de hombres destruidos.

Ismael conocía la zona, había estado muchas veces,
recordaba aquellos años cuando trabajaba en los hornos de brea, le era familiar
el entorno, la energía que brotaba de aquellos parajes vírgenes, solo habitados
por los antiguos canarios, aquel pueblo bereber que supo desnudar el latido de
la tierra.


Llegaron a un lugar indeterminado, entre los pinos
se veía el majestuoso roque sagrado de Faneque, el mar de nubes comenzaba a
subir desde el mar, los guirres volaban sobre los pinos como intuyendo que algo
terrible iba a suceder. Los requetés soltaron a los reos, cortaron las sogas,
aflojaron las cadenas, mientras los apuntaban con los máuser y las pistolas de
aquellos personajes con tricornio. Sacaron varios sachos y picos y los
obligaron a cavar. La tierra era dura por momentos, aunque no era difícil
violar aquella arcilla virgen que olía a tristeza, así estuvieron como tres
horas, sabiendo que lo que cavaban era su propia tumba.

Llenos de tierra, sudados, con la sangre mezclada
con el polvo de Tamadaba, las manos rotas, los hicieron arrodillarse a latigazos y patadas, los
niños ricos se encargaron del tiro en la nuca, uno a uno, como una especie de
ritual, entre burlas y bromas, como hacían en las prácticas de tiro del club
inglés de Bandama.

Los hombres cayeron como piedras de acero, una masa
amorfa, unos encima de otros, como abrazados. Ismael Chirino estaba todavía
vivo, herido de muerte, la bala solo le rozó la sien, la tierra le caía encima
mientas veía las caras de sus asesinos, aquel sabor de los días de trabajo en
Inagua, la tierra que tanto amaba, se tragó el barro mezclado con sangre, no
tardó en asfixiarse, fue rápido, los falangistas y guardias civiles se
apresuraron en tapar del todo la fosa, echaron pinocha por encima como tratando
de ocultar, de confundir a las primeras estrellas que asomaban en el infinito, ya
se hacía de noche y el silencio inundaba la magia del pinar, a lo lejos se
percibían la luces de la isla vecina, la niebla que mojaba las copas de
aquellos árboles centenarios.

Todos los uniformados y los ricos paisanos subieron
hasta la Cueva del Zapatero, hacía frio, allí pararon un rato para tomarse
cinco botellas de ron de caña, un poco de queso majorero, pan bizcochado, gofio
amasado con agua, antes de subirse a los coches, al desvencijado camión de los
tomateros del británico terrateniente del sur de la isla, el ruidoso guineo de
un motor desajustado, solo algún comentario de Eufemiano, el resto callaban, incluso
los guardias civiles, en un silencio que los llevó de vuelta a la capital, a la
capitanía de la calle Triana, con las manos manchadas de sangre.

http://viajandoentrelatormenta.blogspot.com.es/


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