27 septiembre 2020

La fragancia del amor antiguo

Frasquita nunca supo leer ni escribir, firmaba con
la huella dactilar del dedo gordo de la mano izquierda, siempre fue zurda, a
veces una equis en los documentos que olían a tinta, a fascismo, a leyes
injustas que condenaban a muerte a quienes no albergaran las ideas criminales
en lo más profundo de su mente.

Encarcelaron a su amado Juan Tejera aquella noche
que lo fueron a buscar a la humilde casita de Tamaraceite, los hijos, la hija
Lola miraban como se lo llevaban engrilletado con las manos a la espalda,
cabizbajo, mientras el cojo Acosta, abusador sexual de niños, lo azotaba con la
vara de acebuche.

-Yo no he hecho nada cabrones, malditos fascistas,
soy un hombre honrado. –Les dijo mientras bajaba el callejón de San Lucas hacia
el campo de concentración de La Isleta-

La desolación inundó la casa cuando Juan ya no
estaba, los chiquillos lloraban, Lola con solo nueve años acogía a sus
hermanitos pequeñitos refugiados en las cajitas de tomates, hacía de madre en
su infancia madura por la violencia y el crimen de estado.

Medio pueblo de
Tamaraceite estaba siendo torturado, las mujeres y la niñas violadas por las
hordas falangistas.

Manolo y Juan se acurrucaron junto a la cabra “Matilda”
con el ubre repleto de leche, el animal los acogía como si supiera lo que
estaba pasando, Lola no paraba de llorar, quería demasiado a su padre, José se
quedó abrazado a su madre, mamaba de sus pechos grandes y dulces, era como un
refugio entre la maldad que inundaba cada rincón del pueblito canario, el
antiguo paraíso de ternura republicana, de esperanza y luz, ahora cegada por lo
más brutal y cruel de la especie humana.


Lola sigue luchando por encontrar esa fragancia de amor eterno
La casa con la cueva de los antiguos canarios
parecía más grande que nunca, las gallinas dejaron de cacarear, no ponían
huevos, el perrillo ratonero negro y blanco ya no movía el rabo, la tristeza. La
madre preparaba la cena, un caldo de papas con cilantro, un olor que inundaba
aquel espacio de tristeza, mientras Juan era torturado en el calabozo del
antiguo Ayuntamiento, Pernía lo azotaba con la pinga de buey, Manolo Acosta
disfrutaba viendo su cuerpo desnudo, Penichet le tiraba de los testículos con
los alicates, Gustavo de Armas disfrutaba junto a Ezequiel Betancor del espectáculo
dantesco mientras tomaban ron del charco, borrachos pedían más, más brutalidad,
sobre el cuerpo destrozado del pobre jornalero picador de piedras.

Francisca González los acogió a todos, a Lola, a
Juan, a Manolo, a José, Javier todavía no había nacido, estaba nadando en su
vientre como una semilla perdida en un océano infinito. Se durmieron abrazados
en el camastro de paja, los gritos y lamentos se mezclaron con el canto
desesperado de los alcaravanes. La luna llena brotó sobre la montaña de San
Gregorio, Tamaraceite olía a sangre y plataneras masacradas, algo así como la
fragancia de la eternidad.

http://viajandoentrelatormenta.blogspot.com.es/

Juan Tejera Pérez
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