23 septiembre 2020

La humedad, el amor, los besos en Matanuska

Rosario
Barrios encendió la barrita de incienso nepalí mientras Roberto la
rodeaba por detrás con sus brazos y la besaba el cuello, los dos se
fundieron mientras en el equipo de música sonaba Loreena MacKennitt,
su voz heredera ancestral, un olor a madre tierra salvaje se percibía
en la vieja cabaña de madera en el corazón del bosque del valle de
Matanuska, el remoto lugar al norte de Anchorage en el corazón de
Alaska.

Afuera
nevaba copiosamente y se escuchaban los rugidos leves del glacial
como cada otoño, en la ventana chocaba la nieve liquida, golpeaba el
granizo, un agua limpia que caía del cielo corría como un manantial
eterno por el techo de la madera sagrada, la que adoraban los indios
Tanaina habitantes originarios y extinguidos de los margenes del río
arenoso Susitna.

Se
amaron un día más, una noche más, cuasi eterna, hablaron entre
besos y caricias de las lejanas islas perdidas cercanas a la costa
africana, el archipiélago de los dragos y las puestas de sol, el
lugar lejano de donde vino Rosario con apenas seis meses de edad con
su abuelita Matilde Rojas, tratando de escapar de los últimos
coletazos de la dictadura franquista, de la infernal persecución por
ser madre de dos hermanos miembros del Frente Revolucionario
Antifascista y Patriota (F.R.A.P. ).

Roberto
Weinling viajó cuando todavía no llegaba a los cinco años, huyendo
con su madre de la criminal dictadura del general Augusto Pinochet,
después de que desaparecieran a su padre José Eduardo en el Estadio
Nacional de Chile, dirigente estudiantil de la Universidad Católica.

Estaban
solos en aquel rincón del planeta, no tenían familia ni contactos
con sus lugares de origen, ella solo guardaba las cartas de su padre
desde la cárcel del Puerto de Santa María, el libro de Manolo
Alemán “Psicología del hombre canario”, que se había leído
doce veces, una pintadera de barro heredada de su abuela que siempre
llevaba en el cuello. El muchacho cuatro discos de vinilo de Víctor
Jara, los “20 poemas de amor y una canción desesperada” de Pablo
Neruda, una cinta de casete con parte del último discurso de
Salvador Allende desde el Palacio de la Moneda antes de ser asesinado
por militares fascistas.

Se
miraron entre la mantas de lana y parecían verse reflejados en los
ojos, ella habló en castellano, todavía mantenía el acento canario
heredado de su abuela, él un español con acento francés.

Cuando
se amaban nunca hablaban en inglés, lo dejaban para sus trabajos
como veterinaria y médico rural, aquel momento mágico les hacía
brotar los tiempos breves de su infancia, instantes no recordados
pero sentidos en lo más profundo de sus corazones.

Cesó la lluvia y se escucharon las carreras de una manada de lobos,
algunos aullidos desde que el pequeño sol se perdió en las montañas
lejanas del horizonte, la ventana empañada por la pasión, un frío
que se incrustaba en el alma y que el fuego vital de la chimenea
aplacaba, una hoguera roja que cuando la miraban un buen rato eran
capaces de imaginar lugares comunes, rostros antiguos, familiares,
caras y voces que nunca conocieron, el aroma del recuerdo, la
tempestad insurgente de los sueños.

http://viajandoentrelatormenta.blogspot.com.es

Luna llena en la montañas de Matanuska (Alaska)
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