28 septiembre 2020

La inmensidad del dolor eterno

Santiago
Rodríguez, decía en la oscuridad del alpendre que los mayores criminales habían
sido los hijos del Conde y de la Marquesa, el empresario tabaquero, los
terratenientes ingleses del sur y el norte de Gran Canaria con apellidos raros,
difíciles de pronunciar, ellos los llamaban “Chonis”. El viejo pastor lo
comentaba en voz muy bajita mientras ordeñaba las cabras de la viejita
Florencia, el diminuto espacio olía a estiércol y queso curado. La ausencia de
los miles de camaradas asesinados por los fascistas presidía cada mañana el
encuentro de los cuatro amigos.

Indalecio
Valerón, encendía la pipa con dificultad, el buen olor a tabaco negro
recolectado en la zona inundaba la estancia, un aroma agradable que parecía dar
el ambiente adecuado para la charla. Todo había sido terrible en los últimos
años, solo habían escapado ellos del asesinato en esa zona, todavía no sabían
bien porqué, quizá un golpe de suerte, el destino o las causalidades, el caso
es que todavía seguían vivos, recorriendo las calles de los Llanos de María
Rivera, observados por supuesto, veían a los falangistas recorrer en sus vehículos
las fincas de los terratenientes, pero en ningún momento les indagaron, solos
miraban con ojos rojos de odios y sangre, a veces los seguían y anotaban en las
casas que entraban, con quien hablaban, hasta con quien sonreían y bromeaban.

El
párroco, Don Pablo Ruano Sevilla, más conocido como “Sotana de sangre” por su
participación en los asesinatos de rojos, los obligó a ir a misa dominical, a
confesar, a tomar “la puta comunión como decía Periko “El Vasco”, pero nada más,
por lo que podían dentro de aquel inmenso terror hacer vida “normal”, trabajar
en lo que saliera, en las plataneras, en los tomateros, en la brutal zafra de
los derechos de pernada y la violaciones masivas de mujeres por los encargados
del Conde de la Vega y los Betancores, acompañados por el empresario del tabaco
el criminal de lesa humanidad y psicópata Eufemiano F.

El
alpendre era el lugar de encuentro, la excusa del aislamiento en medio del
barranco, la inmensa arboleda cubría aquel espacio de extraordinaria belleza,
el canto de los pájaros armonizaba el ambiente, los capirotes, los canarios del
monte, los pintos, los linaceros, el sonido gutural de los alcaudones
persiguiendo a sus presas, el lugar de la magia, único espacio de paz para
aquellas almas atormentadas, sufridas por haber sido testigos de la muerte de
su gente más querida, amigos, hermanos, compañeros de lucha.

Dionisio
Prieto cortaba cada día un poco de queso duro, picante, sacaban la vieja
botella de ron blanco artesano del charco, se echaban unos pizcos y troceaban
pan bizcochado, siempre poca cantidad, un trocito minúsculo para cada uno, separado
escrupulosamente por Diego el de Lolita Cabrera, la muerte rondaba, aquel olor
a sangre no se iba del ambiente, se palpaba el miedo, los ojos vigilantes de
los asesinos esperando volver a matar como lobos hambrientos.

La
tarde llegaba, inundaba de brisa y niebla el riachuelo de agua permanente, fría
como el hielo de las cumbres, los hombres regresaban callados, nunca hablaban,
las palabras parecían haber sido tragadas por la inmensidad del dolor eterno.

http://viajandoentrelatormenta.blogspot.com.es/

Alpendre a principios del siglo XX en Arucas.
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