26 septiembre 2020

La Isleta de aquel inmenso dolor

El abismo recorría la vida cotidiana de aquellos
hombres, miles de prisioneros en el campo de concentración de La Isleta, una
zona volcánica que un día fue isla, el islote indígena con aquella playa, El
Confital solo traspasado en su frontera natural cuando había rituales mágicos asociados
a la muerte, a las ofrendas al dios Magec en épocas de sequía o temporales de
arena africana.

Juan del Pino, Orencio Suárez, “el gallego” Enrique
Calatrava, ocupaban las mismas literas de madera, dormían apretados unos contra
otros para evitar el frio del hambre, el viento helado de la montaña sagrada. Meses
antes sus vidas eran normales, Juan trabajaba colocando tuberías de agua por
media isla, Orencio era médico en Santa Brígida, Enrique, de La Gomera, estaba destinado en la
isla, era guardia civil y desde el primer momento se negó a obedecer las
órdenes de los criminales golpistas, por lo que fue expulsado del cuerpo,
encarcelado, condenado a muerte en un consejo de guerra sumarísimo junto a doce
soldados, dos capitanes y un teniente. Le esperaba el fusilamiento, el lo
sabía, siempre lo había traicionado la claridad, la coherencia, las ideas tan
claras desde que era niño, los bellos días cuando acudía a la escuelita de
Mondariz, cerca de Pontevedra.

La aglomeración de hombres presos sin casi agua para
beber, para asearse, letrinas que nunca se limpiaban, generaba todo tipo de
plagas y enfermedades mortales, las pulgas se metían en la ropa, no salían
hicieras lo que hicieras, los piojos habitaban en cada cabeza como quien toma posesión
solemnemente de un nuevo espacio de vida, la comida, por llamarle de alguna
forma, siempre llena de bichos, de chinches y gusanos de muerto, una especie de
caldo que olía muy mal, siempre lo mismo cada día, un alimento insuficiente para
tanta miseria.

En las mañanas sacaban los muertos de las naves
militares, un infierno de hombres desnutridos, con los huesos a flor de piel,
cabos de vara golpeando todo el rato, tortura, muertes a palos, gritos
constantes y unas noches heladas, donde el viento del norte penetraba en lo más
recóndito del alma, destruyendo la dignidad, las ideas, la fuerza para la
resistencia de aquellos comunistas, anarquistas, socialistas, republicanos, demócratas
defensores de la República española.

Aquel octubre del 36 fue distinto, el teniente Lázaro
regresó de Tenerife, llegando a Gran Canaria para quedarse, el general García
Escamez
  le encargó que se hiciera cargo
del campo de concentración, le insistió en que hacía falta “mano dura”, “menos
debilidad” con aquellos rojos prisioneros, que “era necesaria estructurar esa
cruzada” ese espacio de muerte y dolor en el viejo islote del Puerto de la Luz.

La misma mañana que entró el teniente los cabos de
vara formaron junto a la alambrada de la entrada, donde esperaban cada día cientos
de mujeres y niños, familiares de los presos, que se pasaban horas de espera,
para en muchos casos serles negada la posibilidad de ver a sus seres queridos,
mujeres humilladas por la soldadesca, por los falangistas, que aprovechaban
embriagados de ron de caña la llegada de las mujeres para humillarlas, una
especie de piropos sexuales, todo tipo de burlas relacionadas con sus pechos,
con sus culos, la impotencia de sus maridos, un escarnio que hacía llorar a los
chiquillos, que veían a sus madres en medio de aquella gentuza uniformada.

Lázaro pasó revista a su tropa, un ejército armado
con los máuseres, lanzó sus arengas, incitando a los soldados, requetés,
guardias civiles y falangistas, para que aumentaran la represión, el maltrato,
los golpes, las palizas diarias hasta la muerte detrás de las letrinas.

El
sargento Bombín le escuchaba atento, le profesaba verdadera devoción, habían
estado juntos en África con el general Franco, “matando moros” decían siempre
entre sonrisas cómplices, “follándonos a sus mujeres”, en el antiguo Sahara
español.

El brigada Samsó y el subteniente Bravo de Laguna,
miraban emocionados, escuchando los ardores guerreros más patrióticos de aquel
desquiciado personaje, los gritos histéricos del viejo militar de Burgos, los
insultos a los presos, los “vivas”
  a la
muerte, las bienaventuranzas a bayoneta calada contra las hordas marxistas, “por
la infinita misericordia de nuestro señor Jesucristo”, decía el capellán con
sotana y pistola al cinto mientras bendecía las palabras de Lázaro, el mismo
cura que daba los tiros de gracia en los fusilamientos del campo de tiro, desde
donde cada día se escuchaban los disparos, los gritos de terror de los paisanos
que traían de los pueblos, humildes hombres comprometidos que lloraban de miedo
antes de ser tiroteados por el pelotón de reemplazo.

Juan, Orencio y Enrique “el gallego”, se disponían a
descansar después de haber estado picando piedra durante toda la mañana cuando
se les acercó el teniente Lázaro, tocó la cabeza del antiguo guardia civil
republicano, mientras llamaba con la vista a los cabos de vara, en un instante
los tres hombres se vieron rodeados, quince traidores con palos en la mano
esperaban la orden del jefe del campo. Los tres se juntaron en una especie de abrazo, como buscando protección
con sus cuerpos ante lo que les esperaba, Orencio alcanzó a decir algo, una
especie de pregunta, saber al menos los motivos de aquella ejecución, pero no
tuvo tiempo de terminar la frase, los cabos se abalanzaron sobre ellos,
comenzaron a golpearlos salvajemente entre gotas de sangre, era como una
especie de jauría de lobos sobre sus presas, desvalidos venados entre las
dentelladas y los aullidos del odio.

El resto de presos veían todo en silencio, los
militantes comunistas caían al suelo, se protegían como podían de los golpes,
pero era inútil, se abandonaron enseguida, era demasiado el dolor, la fuerza de
las barras de madera sobre sus desvalidos cuerpos, heridos, destrozados en el
momento de la muerte.

Aún siguieron pegándoles después de fallecer, hasta
que Lázaro no ordenará parar, había que seguir aunque solo golpearan sobre
cuerpos destruidos, masacrados, arrasados por una ira jamás vista en la antigua
Tamarán, sin parangón desde los tiempos de conquista, cuando la iglesia y la
corona de Castilla asesinaron a miles de indígenas, violaron a sus mujeres,
asesinando a todos los bebés menores de dos años.

Los hombres pararon, dejaron de golpear cuando Lázaro
bajó el sable, allí quedaron los tres cuerpos, la sangre bajaba por el camino
de tierra hacia el comedor, un riachuelo rojo. Todos los presos estaban helados, como
una especie de estampa medieval, algo así como un coro de muertos vivientes.

El teniente bromeó con Bombín y Samsó, Bravo de
Laguna hablaba de las putas del barrio de Arenales, los cuatro militares
abrieron en el pabellón de oficiales una botella de vino manchego, brindaron
entre risas por la “santa cruzada”.

Abajo los cuerpos ardían bajo el sol con los ojos
abiertos, el día estaba despejado, no acababa de entrar el otoño, el camión de
la carne llegaba a la entrada del cuartel, el destino estaba claro, la fosa
común del cementerio de Las Palmas, el lugar donde seguían llevando los cuerpos
de la carnicería.

El campo de concentración recuperó por un instante
la “normalidad”, en esas horas no hubieron palizas, el grupo de casi tres mil
presos reposaba sobre el picón de lava, algunos dormían, el silencio
estremecía, en el horizonte se percibía como flotaba la arena del desierto
sobre el mar.

http://viajandoentrelatormenta.blogspot.com.es/



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