29 septiembre 2020

La jauría de la luna llena

Los obligaron a caminar con las manos atadas a la
espalda por la explanada de Los Giles, antiguo municipio de San Lorenzo, una
oscuridad solo paliada por las luces tintineantes del viejo camión de los
tomateros. Eran cinco hombres jóvenes y más de quince falangistas, el camino no
era nada fácil por un terreno tan escarpado, cuando caían al suelo los
golpeaban con palos y una pinga de buey, la que manejaba hábilmente el conocido
como “verdugo de Tenoya”.

La idea era conducirlos al agujero volcánico
conocido como “la fusnia”, un tubo creado por las erupciones de los tiempos remotos
en los que la isla surgió del mar. Mientras avanzaban se hacía una especie de
silencio, solo interrumpido por los gritos y golpes de aquellos infames personajes
con correajes y pistolas al cinto.

Rubén Cabrera, militante comunista, Santiago
Alcantara, miembro de la CNT, el joven, casi un niño, de apenas quince años,
Dionisio Tejera y los viejos miembros de la Federación Obrera y el Frente Popular,
Pablo Santana y el panadero valenciano, Santiago Verdú.

Todos avanzaban
resignados, conscientes del cruel destino final, no había forma de soltarse de
aquellas incomodas ataduras, ya sabían lo que les esperaba el terrateniente y
empresario del tabaco, Fuentes, ya se los había adelantado mientras los
torturaban en la finca de “Las Maquinas”: “Van a morir como perros en la sima
rojos asquerosos”.

Detrás de la comitiva de la muerte venía un perro
pastor, los había seguido desde que sacaron de su casa a Rubén en Tamaraceite, el peludo y enorme
animal no entendía nada o quizá sí, solo se limitaba a perseguir lo que le habían
quitado, aullaba cuando observaba los golpes, los gritos y gemidos de los
hombres, el policía municipal Pernía lo había tratado de ahuyentar con varias
patadas, pero el can solo se alejaba por unos momentos, para volver a seguirlos a
cierta distancia, la que le daba la oportunidad de sentir el olor de su amo,
posiblemente su calvario camino del sacrificio.

Un vez llegaron al agujero, los obligaron a
arrodillarse, mientras el hijo del conde y el cacique Betancor ordenaba al «verdugo”
que los golpeara más fuerte, Dionisio se tiró al suelo boca abajo, el muchacho no
aguantaba ya el dolor, tenía el cuerpo lleno de sangre y un ojo casi arrancado
por aquella especie de látigo, el perro los miraba desde la parte alta, una pequeña
colina repleta de tuneras, el guardia Santos comenzó a darle patadas, el
chiquillo dejó de gemir, de respirar, ya estaba muerto.

“Te pasaste cabrón”, dijo entre risas el millonario empresario
inglés del sur de la isla, lo agarraron en volandas y lo tiraron a la sima, no
se escuchó nada por unos segundos, lo que daba una idea de la profundidad,
luego varios golpes secos y un silencio aterrador.

Los dos sindicalistas pedían por sus hijos, por sus
mujeres, que se apiadaran, pero todo era inútil, Betancor arrastró al
valenciano por las sogas de sus pies, el hombre se resistía, se revolcaba como
una serpiente, hasta que se vio al borde del precipicio, el requeté Del
Castillo agarró a Pablo Santana por las axilas, los colocaron juntos y a
Eufemiano solo le bastó con un pequeño empujón, los dos cayeron al fondo, los
golpes contra las paredes los destrozaron en pocos segundos.

Solo quedaban Santiago y Rubén que seguía de
rodillas gritando, insultando: “¡Asesinos de mierda! ¡Fascistas! ¡Hijos de
puta! Lo siguieron golpeando, entre los aullidos lastimosos de su perro, que no
dejaba de mirar con asombro lo que sucedía en el borde de aquel barranco. El
cabo Cisneros de la Guardia Civil los arrastró por los pelos, el joven seguía
lanzando insultos: “Vas a morir perro comunista”, dijo el falangista De Lugo,
en el momento que los empujaba para que cayeran violentamente al abismo de lava petrificada.

Luego se dedicaron a recoger los zapatos, limpiar
los restos de sangre tapándolos con tierra, para regresar entre bromas y chascarrillos al camión que estaba
junto al pequeño almacén de tomates.

El perro bajó lentamente la pequeña loma, se acercó oliendo
el suelo, lamió con cariño las gotas de sangre de su amo que estaban sobre una pequeña
piedra, se quedó sentado en el borde del agujero, allí pasó toda la noche,
hasta que la luna dejó de brillar en el infinito.

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