29 septiembre 2020

La libertad en el abismo

Desde la mágica altura del Risco Faneque, Roberto
Santana veía la isla como si habitara entre las nubes. Llevaba tres meses
evadido entre los pinares de Linagua y Tamadaba, andando y saliendo siempre de
noche para evitar los ojos delatores, la constante persecución de la guardia
civil y las partidas de falangistas.

Se echó al monte la madrugada del domingo 19 de
julio del 36, cuando las brigadas de fascistas comenzaron a llevarse a miles de
hombres de sus casas para asesinarlos, desaparecerlos en cada rincón remoto de
las Islas Canarias.

Amasaba el gofio (1) que le suministraba Adolfo
Coruña, el viejo pastor de cabras de Guayedra (2), que se jugaba la vida cada
dos semanas, dejando el saco con las sardinas saladas,
  un poco de leche y el cereal molido en
cualquier agujero.

El joven galdense (3) lo recogía, preparando su
comida con el agua del manantial junto al impresionante tagoror (4) del enigmático
paraje, donde el indígena pueblo bereber realizaba sus rituales a la madre
tierra.

Pasaban los días y decidió quedarse en el Roque, el
acceso era complicado si alguien quería pasar donde estaba, el precipicio de
más de mil metros echaba para atrás a cualquiera, el mínimo fallo si no ibas
atado suponía caer al vacío hacia una muerte segura. Roberto se pasaba las
horas oculto, solo salía después de las
 
hermosas puestas de sol con el Teide al fondo, una isla de Tenerife de
la que se veían las luces, algunas hogueras de gente que seguramente pasaba
frío, quizá otros combatientes de la libertad huyendo del genocidio franquista.

Llegó un momento en que Faneque era como su casa, no
se atrevía a la aventura de tratar de llegar a la costa, la remota posibilidad de
conseguir un barco que lo sacara del sanguinario laberinto isleño, prefirió que
pasaran los meses para ver si el golpe de estado fracasaba, si la guerra de la
que le habló el anciano Coruña la ganaba el legítimo gobierno de la República.

La barba y el pelo ya era muy largo cuando llegaba la Navidad, el 24 por la noche brindó con una botellita de ron de caña que le dejó
en una bolsita de papel el pastor, la soledad de una noche estrellada envuelto
en las pieles de cabra, acurrucado en una de las cuevas con el suelo repleto de
restos de fauna marina, todo tipo de caracoles, mejillones, lapas, espinas de
pescado, restos de lo que los antiguos canarios subían desde la costa para
alimentarse con vistas a la cercana y lejana isla hermana, con la que el joven
evadido inventaba todo tipo de historias en su soledad.

Se imaginaba viajando en un barco soviético,
protegido por los hermanos del ejército rojo, recogiendo republicanos en cada
playa de Gran Canaria, de Tenerife, de La Palma, de La Gomera, de El Hierro,
salvando de una muerte segura a tanta gente que él creía que andaban ocultas en
cada montaña, en cada barranco, en cada playa virgen.

No era consciente de que se equivocaba, de que en aquellas
fechas casi todos habían muerto o estaban presos en terribles campos de
concentración, que sus compañeros de lucha habían sido asesinados. Solo quedaba
él y en otra zona de la isla el fugitivo de leyenda, Juan García “El Corredera”
(5), además de algún “topo” escondido en cualquier agujero o azotea de algunas
ciudades y pueblos del archipiélago.

No sabía que el mismo día de Reyes la guardia
civil había detenido al pobre Coruña, que lo capturaron subiendo desde el Valle
de las Viudas (6) con el saco de comida, que se lo llevaron al Castillo de Mata
en Las Palmas para torturarlo, que lo azotaron con las varas de acebuche y las
pingas de buey hasta destrozarle todo el cuerpo, sacándole la información del
lugar exacto de su escondite.

Roberto estaba extrañado, la noche anterior bajó
hasta la finca de Tirma (7) y no encontró el saco en el lugar acordado, subió
lentamente, pasó hasta Faneque, como siempre jugándose la vida, se sentó y se
comió el poco gofio que le quedaba y un par de sardinas llenas de hormigas.

Al rato cuando casi se dormía sentado en el Tagoror
escuchó los ruidos, allí se escuchaba todo, era tan inmenso el silencio. Se
oían pasos de botas, armas que se cargaban, el sonido de la muerte que tan bien
conocía cuando estuvieron a punto de detenerlo en Galdar. Se acercó al risco y
vio al grupo de falanges que junto a la guardia civil pasaban hacia el Roque.

Se quedó pensando que hacer, solo atinó a lanzarle
varias piedras grandes, una impacto en la cabeza el sargento Corrales de la
comandancia del norte de la isla, el policía cayó redondo al suelo entre las ráfagas
de ametralladora la parte superior del acantilado, una de las balas impactó en
su pierna, sintió como algo que le quemaba, que le atravesaba el fémur, un
ardor, un dolor no comparable con nada que hubiera sentido en sus 22 años de
vida.

Se arrastró como pudo huyendo de la partida de
fascistas que todavía no habían pasado del todo, tenían miedo, el abismo era
inmenso, el mínimo fallo los podría hacer volar cientos de metros, la noche, la
oscuridad, entorpecía la operación, solo dos falangistas cruzaron, Pedro Alcántara
y Gustavo Concepción, vecinos de Agaete y trabajadores del terrateniente inglés
dueño de los tomateros de media isla.

Subieron prestos para capturar a Roberto y no lo
vieron, allí estaba el tagoror,
  un
rastro de sangre, el lebrillo de gofio, los restos de las sardinas, un
ganigo (8) con un poco de leche en el fondo. Corrieron hacia las cuevas, buscaron
por todo Faneque, ya habían pasado el resto de falangistas y guardias civiles,
Roberto no aparecía, lo trataron de encontrar toda la noche hasta que amaneció
y vieron su cuerpo al fondo de acantilado que daba para la isla de Tenerife, el
muchacho se había lanzado al vacío de forma intencionada antes que entregarse. Era
consciente de lo que le esperaba, las brutales torturas, el asesinato inminente,
su desaparición en cualquier agujero volcánico, pozo o el fondo del mar.

Se había tirado desde la cuevas donde había pasado
todos esos meses, siguiendo el ejemplo de los antiguos canarios, los guerreros
heroicos que antes que perder la libertad, entregarse a las invasoras tropas
castellanas de la Corona de Castilla, prefirieron lanzarse al vacío al grito de
“Atis Tirma” (9), no morir nunca, liberándose de ser esclavos, “rompiendo para
ser libres con sus vidas las cadenas” (10).

(1) Harina gruesa de maíz, trigo o cebada tostados procedente de los pueblos prehispánicos de las Islas Canarias.
(2) Barranco y playa de la zona noroeste de Gran Canaria.
(3) Vecino del municipio de Galdar (Gran Canaria).
(4) En lengua bereber «recinto circular de piedras» o «lugar de reunión».
(5) Juan García Suárez «El Corredera», Telde, Gran Canaria, opositor al franquismo, simbolo de la lucha antifascista en Canarias, ejecutado a garrote vil el 19 de octubre de 1959.
(6) Valle de San Pedro en Agaete, Gran Canaria, donde fueron ejecutados la mayoría de los hombres por las fuerzas franquistas.
(7) Finca de la Marquesa o Casas de Tirma ubicada en el noroeste de Gran Canaria.
(8) Vasija de barro cosido de origen prehispánico.
(9) Invocación a la divinidad de los pueblos prehispánicos de las Islas Canarias.
(10) Extracto de la Cantata del Mencey Loco del grupo musical canario «Los Sabandeños», poema «La Raza y la tierra» de Ramón Gil-Roldán (1919).

http://viajandoentrelatormenta.blogspot.com.es/

Puesta de sol en el Roque de Faneque con el Teide al fondo (Foto de Davidrb89)
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