6 diciembre 2020

La lluvia no quiso besar la ciudad

Juan Vera y
Eugenio Rivas fueron detenidos nada más salir de la vieja casa con
alpendre que ocupaban en el barranco de Miraflor, hacía días que las fuerzas de
Falange y Acción Ciudadana los buscaban, eran los que quedaban de las personas
asesinadas en el norte de Gran Canaria, la criba de las listas negras
elaboradas meses antes del golpe de estado fascista, cuando se reunían los
curas con los camisas azules, los tricornios y militares sediciosos organizando
la matanza.

Los llevaron
en el coche negro, con las manos atadas fuertemente a la espalda camino del centro
de detención y tortura de la calle Luis Antunez en la capital, donde les
esperaba el infierno, Juan miraba de reojo a Eugenio, Eugenio solo miraba al
suelo, a la vieja alfombra llena de restos de tabaco y manchas del ron de caña,
el que se bebían los requetés y niños ricos de las “Brigadas del Amanecer”,
algo pegajoso bajo sus píes, trozos de pan y queso pisoteado, restos de sangre
de las detenciones, de los golpes brutales a los detenidos que eran llevados
para desaparecerlos en la Mar Fea, en la Sima de Jinámar, en los pozos de
Arucas y Tenoya, en la fusnia volcánica de Los Giles ubicada dentro de la finca
de “Las Maquinas” propiedad de los Betancores.

El auto
avanzaba lento, dos guardias civiles a cada lado de los muchachos que no se
atrevían a decir nada, sabían que los golpearían salvajemente al menor
comentario, al menor movimiento, bajaron por las cuevas de Mata, cerca de la
vieja muralla edificada hacía varios siglos para protegerse de los piratas, la
ciudad parecía impregnada de un olor a tristeza, el cielo gris, tirando a
negro, como a punto de llover en pleno mes de mayo.

De repente
pararon en medio de la calle, los sacaron a golpes, a Eugenio por los pelos,
arrancándole parte de cuero cabelludo, los vecinos no miraban, avanzaban rápido,
como si no pasara nada, la sangre manchaba las paredes, el suelo del viejo
empedrado, las ventanas de las casas terreras se cerraban, las pocas
prostitutas que había por la zona desaparecieron en menos de veinte segundos,
justo cuando pasó un camión cargado de racimos de plátanos en el momento que
los metían en el centro de detención, adentro olía a putrefacción, a restos de
carne humana, se escuchaban los gritos de los hombres, de varias mujeres que
tenían en un recinto aparte, reservado por el teniente Samsó para las
violaciones y abusos sexuales, siempre y cuando –estuvieran de buen ver o
tuvieran buenas tetas, -según decía Eufemiano entre carcajadas-.

Los
separaron en dos pequeños cuartos, en uno esperaba el conocido como “El verdugo
de Tenoya”, siempre armado con la pinga de buey para desgarrar los cuerpos de
los detenidos hasta la muerte, en el otro el viejo gallego, sargento Rey,
experto en astillar uñas y amputar dedos, al momento los colgaron por las
piernas, el tenoyero comenzó a desollarle la pie, no hacían preguntas,
maltrataban por maltratar, por sadismo, por el placer de hacer daño hasta la
muerte.

A Juan le
llevaron a su hermana también detenida y la violaron en su presencia tres
falangistas, entre ellos el cabo Alfaro, conocido por estar siempre borracho y
metido en las casas de putas de la zona, el chico gritaba, insultaba a los
fascistas, lo que generó que incrementaran los golpes, le metieron un hierro
candente por el ano en el momento en que su hermana ya estaba muerta, tirada en
el suelo asfixiada por el guardia civil que la violó.

En menos de
media hora se hizo el silencio en los dos recintos, ambos jóvenes habían muerto
entre sufrimientos indescifrables. El capitán Benítez de Lugo dio la orden de
que avisaran al cura de San Telmo, Don Teodoro, que siempre venía medio
borracho para que les diera la extremaunción aunque fueran cadáveres, una
especie de bendición en una diatriba ininteligible, que terminaba haciéndoles
la señal de la cruz en sus ensangrentadas frentes.

En la
puerta del centro de tortura de la calle Luis Antunez aparcó una camioneta
conducida por miembros de Falange, sacaron los cuerpos de Juan, de su hermana
Isabel, de Eugenio y de varios reos más, a los que también habían asesinado hacía
pocas horas.

El vehículo
enfiló hacia la salida sur de la ciudad con destino desconocido, detrás dejaba
un reguero de sangre, de olor a muerte, que la gente evitaba, casi nadie
miraba, pero todos sabían que llevaban cadáveres, que los iban a tirar en
cualquier agujero, en el mismo mar, en cualquier pozo, la ciudad siguió oscura,
como a punto de llover, pero la nubes no se atrevían a limpiar de rojo las
calles, la inundación de tristeza, el desamor de un pueblo destruido.



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