25 septiembre 2020

La madre de la inocencia

-Yo no puedo hacer nada
Dolores, su hijo es un rojo y si se lo llevaron bien está, encomiende su alma a
la infinita misericordia de nuestro señor Jesucristo- dijo don Pedro el cura de
Tamaraceite la mañana siguiente a la caza masiva de hombres, ejecutada por la
brigada del amanecer encabezada por el fascista Francisco Rubio Guerra.
El cura se acababa de
levantar, llevaba puesta una sotana arrugada y negra, parecía que había dormido
con ella, despeluzado y con un trozo de tocino en la mano, la carne de cerdo
que en el momento de la mujer llegar estaba cortando para comerse.
Lola se quedó en la puerta
tras el portazo en su cara, no sabía donde ir, se habían llevado a Domingo
junto a veinte hombres y dos mujeres a un destino desconocido, quizá al centro
de tortura y detención de Luis Antúnez, a la Sima de Jinámar, a la Marfea, a
cualquiera de los pozos de la isla, donde en aquellos momentos estaban
arrojando a miles de hombres de cada rincón del territorio insular,
anarquistas, comunistas, socialistas, cualquier persona que tuviera visos de
tener una ideología contraria a los criminales que estaban ejerciendo el brutal
genocidio.
La mujer siguió deambulando
por las calles del pueblo, un grupo de jóvenes falangistas marchaban marciales
por La Montañeta, cerca de La Cruz, cantaban sus himnos, la gente cerraba las
ventanas y las puertas por miedo a que también se los llevaran, ese día los
niños no fueron al colegio de don Manuel, el miedo paralizó cada esquina de
aquel pago de las medianías de Gran Canaria, se habían llevado a sus hijos, a
muchachos y muchachas que ejercían un papel relevante en la comunidad, que
hacían por los obreros, por sus derechos, por acabar con la pobreza y las
condiciones extremas de explotación y semi esclavitud generadas por
terratenientes sátrapas y sanguinarios.
El conocido falangista y
pederasta conocido por el “Cojo Acosta” salía del ayuntamiento y la mujer se le
arrodilló delante:
-Piedad para mi hijo Domingo
don Manuel, piedad por favor, no me lo maten que es lo único que tengo-
El cojo fascista la apartó
de un fuerte manotazo en la cabeza y siguió andando subiendo la carretera
general:
-Quitéseme delante jodía
puta, si se lo llevaron porque algo haría-
Dolores se quedó en el
suelo, la gente pasaba, vecinos de toda la vida, nadie se le acercaba y la
ayudaba a levantarse y limpiarse la sangre de su labio roto, se quedó llorando
apoyada contra la puerta del local de Falange, un requeté muy joven que pasaba
la escupió en medio de un ininteligible exabrupto.



Las campanas de la iglesia
de San Antonio Abad llamaban a misa de siete, las fieles salían de sus casas
con mantilla y Rosario, un aire helado subía del barranco, ese día no había pájaros.

http://viajandoentrelatormenta.blogspot.com.es

Guardias civiles y fascistas en Hermigua (La Gomera)
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