28 septiembre 2020

La mirada y la tierra

El
cura conocido como don Ramón inició el sermón hablando de los
rojos que vivían en pecado y que iban a ser ejecutados después de
la misa por el grupo de falangistas que los había capturado, el
sacerdote sudaba mucho bajo el infernal agosto del 37 con más de 29
grados, en aquel estrado improvisado en la entrada de la iglesia,
hablaba de la necesidad de exterminar a quienes iban contra la “Santa
Cruzada Nacional”, la importancia de quitar la vida a todo aquel
que hubiera estado vinculado a la diabólica República que había
creado escuelas para los hijos de lo obreros, centros educativos sin
clases de religión con diabólicos maestros que hablaban de
libertades, democracia, naturaleza y evolución de las especies.

En
la cuesta del callejón que daba al camposanto norteño siete hombres
y dos mujeres llenos de sangre y los rostros hinchados por los golpes
y torturas de los falangistas, entre ellos el maestro Juan Martel y
la joven doctora catalana Montserrat, hija del juez desaparecido
varios días antes en la Sima de Jinámar don Manuel Alemany.

La
plaza repleta de feligreses en silencio ante las arengas del prelado
sudoroso con sotana negra y un gorro de tres picos, los monaguillos
parecían estatuas a su lado impregnando de sahumerio el aire
caliente que venía del Sahara.

Los
falanges comenzaron a golpear a las personas detenidas, varios
líderes sindicales de los tomateros del cacique inglés de las
haciendas ubicadas entre Galdar y Agaete, una mujer tabaquera de La
Isleta que tenía el tabique nasal roto de un cabezazo del falangista
de San José Carlos Romero.

Según
terminó la homilía salieron en el camión de la marquesa del pueblo
del ron con los reos rodeados de falangistas armados, que con rostro
serio y máuser en mano les apuntaban para evitar cualquier evasión.

Se
adentraron por un camino de tierra en la carretera de La Aldea de San
Nicolás, bajo la Punta de Faneque, colocando a las mujeres y los
hombres boca abajo en el suelo, algunos arrodillados, mientras el
teniente albaceteño de la guardia civil Manuel Lucena, conocido como
“Medio huevo” sacaba la pistola y tras quitarse el tricornio
comenzó a dispararle a todos en la nuca, deteniéndose ante la
doctora que lo miró con los ojos repletos de lágrimas.

-Puta
roja ahora vas a conocer el precio de no cobrarle a esta escoria de
jornaleros en tu consulta de Sardina- dijo mientra ella lo miraba
fijamente y le disparaba en un ojo.

En
un bancal de cultivo al lado sur del barranco de Faneroque tres
hombres con boina azul y cruces de falange en el pecho cavaban una
fosa donde depositar en posición vertical a cada asesinado, metieron
primero a las dos mujeres tras despojarle de sus ropas entre las
risas de los ebrios fascistas, luego al resto de asesinados que
lanzaban de cabeza mientras echaban sacos de cal viva sobre sus
cuerpos.

Como
siempre se hizo el silencio al marcharse los asesinos hacia el
tenderete en la casa del jefe falangista de Agaete, solo un águila
sobrevolaba inquieta aquel espacio de genocidio, parecía triste en
su vuelo, sus alas marcaban como tristes la nueva oleada del crimen.

http://viajandoentrelatormenta.blogspot.com.es

Restos de asesinados por el fascismo en una fosa común de Valladolid (REUTERS)
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