29 noviembre 2020

La miseria y la luz

Llegó
el momento de lamer el polvo, de captar la magnitud del odio del pueblo, de una
mayoría de personas destruidas por las políticas vergonzosas de estos
personajes. Como la borracha de Valencia o la vieja fascista de Madrid es el momento de
pasar a la oposición, de saber que no los quieren, que no los queremos, que solo de verlos nos dan arcadas, que solo empresarios, constructores, explotadores de
animales sin escrúpulos, el voto del miedo y la
ignorancia los sustenta en su patética mediocridad. Yo los he sufrido, los sigo
sufriendo en mi salud, en mi vida personal, en mi familia, en mi saqueada,
escasa y precaria economía, tras cuatro años de dolor y sufrimiento, de todo
tipo de salvajadas, de exabruptos y siniestras “advertencias”.

Las
cabezas gachas de unos tipos que han hecho tanto daño, el sonido vacío de sus lamentos por perder
el inmenso chollo del poder, esos gestos prepotentes ni siquiera me hacen sentir una pizca de odio, no puedo
odiar, he luchado demasiado, seguiré hasta el final, jamás podría ser como
ellos, no le podría hacer a nadie lo que me han hecho a mi, como tampoco podría actuar como los que en el año 1.937 destruyeron la
vida de mi familia aquel 29 de marzo en el campo de tiro de La Isleta.

Hoy
miro hacia atrás como quien mira la película de una vida, no veo nada bueno en
cuatro años de caciquismo extremo, el preciso instante en que una casposa concejala ultraderechista pulso el botón de mi fusilamiento social.

Ahora
reconstruyo nubes de colores, la felicidad de no haber transigido a pesar de las traiciones, hasta del que fue mi sindicato durante veinte años, de no haber caído en
el abismo de la desolación y el miedo, de haber seguido luchando sin parar cada
día con más ganas y fuerza.

La
revolución no la para nadie.

http://viajandoentrelatormenta.blogspot.com.es/


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