1 octubre 2020

La persecución de la alegría

Con su disfraz de payaso, nariz roja y gorro estrambótico
recorre los comedores sociales de la ciudad, duerme en la calle, en un antiguo
garaje, según me dijo con un amigo, donde las ratas recorren los restos de
basura que inundan el siniestro recinto.

La policía local lo expulsa con malos modos cuando
monta su espectáculo en la entrada de los grandes centros comerciales, en los
parques donde las familias llevan a sus niños/as, parece que la cultura y la
animación de calle molesta a la mafia política, que da instrucciones a sus
esbirros para acabar con cualquier vestigio de alegría, de color, de sonrisas
infantiles. Solo vale lo enladrillado, lo enlatado, esa cultura de fogón de
casa rica, la que llega a una escasa franja de población, la que tiene dinero
para pagar la entrada de cualquier lujoso templo de cultura para las elites.

“Ayer en plena Avenida de la Playa de Las Canteras,
la policía le incautó una guitarra a una chica que cantaba”, me dijo indignado,
“no molestaba a nadie, ella cantaba, yo hacía reír a los/as niños/as, cada uno
en su espacio, la gente se divertía con nosotros/as hasta que llegaron los
uniformados con caras de odio, gritos, empujones, como perfectos nazis”.

Me acompañó un rato, le di mi pequeña botella de
agua, no había tomado liquido desde la noche anterior, en el comedor social lo
esperaba el café caliente, un poco de pan con mermelada y mantequilla, me habló
de que recaudaba apenas cinco euros diarios, una cantidad irrisoria que le
servía para un bocadillo nocturno de pata de cerdo, antes de refugiarse en ese
lugar desolado, oscuro y triste entre jeringas y cucarachas.

Hablamos de sus trucos de magia, de que a veces los
realizaba para las entusiasmadas madres, para la tropa infantil que lo aclamaba
sin ver sus ojos tristes, alguna lágrima tras el maquillaje de pintura barata
de tienda china.

Lo vi marcharse, me saludaba desde lejos, no dejaba
de volver el rostro, de sonreír, cada día más flaco, deteriorado por la
callejuela que termina en el centro de personas sin hogar, su vieja mochila
repleta de todo tipo de trucos, caramelos, ropajes viejos de payaso popular.

http://viajandoentrelatormenta.blogspot.com.es/


Fotografía de Grouchoo, serie «Camino perdido por Madrid»
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