30 septiembre 2020

La playa del cielo que estalló en pedazos

El grupo de
hombres evadidos alcanzó los riscos del pinar de Linagua, la niebla inundaba
las montañas, un aire helado en pleno mes de julio que atravesaba  como un puñal de hielo sus escasos abrigos,
una sola manta para los tres, que aprovechaban para taparse en las noches
apretujados unos contra los otros buscando calor.

Esteban
Granado, Sergio Acosta y Roberto Chinea, eran vecinos de Las Palmas de Gran
Canaria, aunque Roberto había venido de muy niño a la isla con sus padres desde
La Gomera. Eran miembros del Frente Popular sin adscripción política a ninguno
de los partidos que formaban esa confluencia de la izquierda, pero se
comprometían al máximo con esa causa para terminar con el empobrecimiento
generalizado, los abusos de poder de los terratenientes, unas relaciones
laborales de carácter medieval, donde se trabajaba de sol a sol sin seguridad
social, sin contratos de trabajo, con todo tipo de abusos, que incluían en
algunos pagos, hasta el derecho de pernada de los caciques sobre las mujeres
más jóvenes.

Los tres
sabían que cerca de allí en el Barranco del Asno, habían capturado días
antes
  al diputado comunista Eduardo
Suárez, al socialista y delegado gubernativo Fernando Egea, junto a sus dos
mujeres, una de ellas embarazada de ocho meses, cuando fueron abandonados por
el patrón de un barco que partió del Puerto de las Nieves (Agaete), siendo
delatados por el marinero a las fuerzas fascistas, capturados y juzgados de
forma injusta en consejo de guerra, para ser fusilados en agosto de 1936.

El cerco se
estrechaba, ellos lo sabían, tenían que ser muy cautelosos en cada movimiento y
contaban con la suerte del conocimiento exhaustivo del terreno de Esteban
Granado, que había trabajado muchos años en los hornos de brea de la zona, lo
que le daba una gran seguridad al saber donde estaba cada cueva, cada agujero,
cada grieta de
  lava, los lugares menos
visibles de los prismáticos de la guardia civil, los falangistas o militares.

Aquella noche
de viento la pasaron en una cueva de los antiguos canarios, donde había
abundante material arqueológico en superficie, incluso recipientes de barro en
buen estado, varios símbolos familiares conocidos como “pintaderas”, que según
algunas teorías se usaban como sellos para la piel, un molino de piedra para
hacer gofio y al fondo una tumba, una mujer momificada con mechones de un pelo
rubio y brillante, que parecía descansar en la paz de aquel acantilado sin casi
acceso, donde seguramente nadie había llegado después de la masacre castellana
sobre aquel pueblo originario.

Muy de mañana
partieron sin tocar nada de la cueva, dejándola intacta,
  la mujer momificada parecía que los miraba,
sintieron que era casi un pecado alterar aquel templo del pasado, donde otros
seres, en otra época, también tuvieron que huir de los mismos asesinos, de la
misma iglesia católica, de los mismos poderosos en busca de nuevas tierras para
su enriquecimiento colonial, la misma explotación, el mismo genocidio sobre
todo un pueblo humilde y noble.

Se dirigieron
al barranco de Guguy desde el Roque de Bermejo, entre los brezos, la madrugada
era ventosa, se veía claramente el planeta Venus alumbrando el infinito. Los
tres bajaron en silencio, no se veía nadie, solo los balidos de las cabras
guanilas, que pastaban libres entre cardones y tabaibas gigantescas. Miraban
hacia atrás con frecuencia, no había señales de la brigada, no se escuchaba el
sonido de las botas militares, solo el viento atronador, una ligera lluvia y
una suave neblina que disminuía según bajaban hacia el mar, seguían sin ver a
ningún ser humano, una inmensa soledad que daba miedo, hasta llegar a la playa
virgen en total bajamar, con escasas olas, un agua limpia que olía
tremendamente a salitre.

Caminaron hacia Guguy Grande atravesando las rocas y en la orilla detectaron varios
cuerpos inertes, se acercaron y eran cuatro hombres atados de pies y manos
ahogados, con varios días de haber fallecido, todo parecía indicar que la
corriente los había traído de algún lugar remoto, donde los franquistas los
habían arrojado al mar, una más de las muchas represalias sobre miles de
canarios, unos cuerpos desamparados, amorfos, como muñecos de trapo, sin ropa,
solo las ataduras clavadas en la piel.

Los tres
hombres los taparon con arena en varios pequeños agujeros, en el horizonte se
veían pasar los barcos, algunos de guerra, por lo que tuvieron que esconderse
tras varios montículos de piedra para esperar que se despejara, que nadie los
pudiera identificar.

El objetivo
mantenerse todo el tiempo posible evadidos, ocultos, sin que nadie los viera,
una especie de ejercito derrotado en franca retirada, en una playa donde había
agua de manantial, abundante pesca, pero un lugar que seguía siendo peligroso.

Aguantaron lo
que pudieron, allí estuvieron casi seis meses, se adaptaron a un lugar mágico
donde se veían cientos de delfines al amanecer jugando casi en la orilla, las
reuniones nocturnas con un pequeño fuego tras los peñones, que no se viera
desde el mar ni desde las escarpadas montañas.

Un día
mientras dormían escucharon voces, gente comentando y comprobaron muy asustados
que eran pescadores de Mogán y de La Aldea, que venían persiguiendo los bancos
de sardinas.

Se acercaron
a la orilla, se dejaron ver y los hombres de la mar desembarcaron, Sergio
Acosta identificó a uno que conocía de las reuniones de la Federación Obrera,
era Sebastián Ojeda, un joven pescador, acompañado de cinco hombres más. Todos
se sentaron en la arena y los fugitivos les contaron su odisea, no tenían nada
que perder, uno de los pescadores, Eliseo Junco, les ofreció llevarlos en su
barco escondidos hasta el puerto de Las Palmas, consciente de que se jugaba la
vida, allí podían meterse de polizones en algún buque de carga que saliera
hacia África o Venezuela.

Tras
debatirlo un instante, recogieron sus cosas y se metieron en el barco de pesca
de dos proas, se taparon con redes y las viejas mantas entre el pescado
agonizante y varios pulpos y calamares gigantes. 

Llegaron de
noche al muelle de La Luz, en la orilla se veían grupos de falangistas y militares,
controlando el acceso a los barcos. Eliseo les propuso elegir uno y nadar
varios cientos de metros para escalarlo y esconderse en su interior.

Al rato
vieron un barco argentino, calentaba motores para salir esa misma noche, no
había otra salida, se lanzaron al mar tras abrazar al viejo pescador, le
dejaron su vieja manta, la poca comida que tenían, una boina y un cuchillo
canario por el gran favor.

El agua
estaba fría, la oscuridad era casi total, llegaron al barco y desde abajo se escuchaban
voces, un acento distinto, esperaron varias horas y cuando no escucharon a
nadie subieron por las cuerdas de amarre, para refugiarse bajo unas lonas junto
a un bote salvavidas. En poco tiempo el barco comenzó a alejarse de la costa,
Esteban llevaba una bolsa con jarea salada para los tres, un lebrillo de piel
de cabra con agua salobre, que podría durarle varios días.

Abrazados
sintieron como el mar se violentaba entre
 
las olas, se durmieron como niños
recién nacidos mientras se alejaban de su amada tierra a un destino incierto,
lejano, una especie de ruta iniciática por el tiempo hacia los años donde existió
la felicidad.

http://viajandoentrelatormenta.blogspot.com.es/


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