29 septiembre 2020

La rabia del viento

Los cuatro
hombres bajaban con las manos atadas a la espalda por el estrecho callejón del
barrio de San Roque, los falangistas no dejaban de golpearlos con las culatas
de los máuser, la pinga de buey del hijo del terrateniente Bonny rajaba la piel
con solo rozarla, el sobrino del Conde se quedó en la casa del viejo Anselmo
Fariñas para abusar de sus dos hijas de catorce y quince años. Lucía la más
pequeña no aguanto la violación múltiple y falleció desangrada.

El destino
de los cuatro sindicalistas de la Federación Obrera era el municipio de Telde,
donde iban a ser arrojados esa misma noche a la Sima de Jinámar, Fariñas se
enteró por los comentarios de los uniformados de la muerte de su hija, comenzó
a forcejear, a gritarles todo tipo de insultos a los esbirros, se volvió loco,
incluso se soltó el hilo de pitera de sus muñecas, hasta el momento en que lo
golpearon con una barra de hierro en la cabeza, quedando en el suelo en un
charco de sangre en la Plaza de Santa Ana, junto a la catedral en barrio
colonial de Vegueta.

Bonny dio
la orden inmediata de recoger el cuerpo, los vecinos comenzaban a
arremolinarse, asomarse a las ventanas y la consigna de los mandos militares
era que cada asesinato se hiciera con total discreción, que nadie se enterara directamente,
para que no se viera el momento preciso del crimen.

El viejo
Fariñas tenía convulsiones, echaba sangre y espuma por la boca, todavía estaba
vivo cuando lo metieron en el camión, emitía unos gemidos ininteligibles, seguía
insultando a los violadores y asesinos de la pequeña Marta. El sargento de la
policía municipal de San Lorenzo, Juan Pernía, lo remató con un culatazo en la
cabeza dentro del vehículo, el resto de los hombres detenidos, sentados en el
suelo, veían con horror como le quitaban la vida con una metodología que daba
miedo, una frialdad como la de un matarife en un matadero.

El sobrino
del Conde de la Vega sacó la botella de ron de caña y brindó con el hijo de Bonny,
comentando algo de la santísima y “Gran cruzada” que habían iniciado desde la
noche del 18 de julio de 1936, donde ya habían asesinado a más de 500 hombres
de la isla de Tamarán. –Esto solo está empezando Borja, en unos meses habremos
acabado con todos estos hijos de puta rojos de mierda, -dijo con la botella de
alcohol en la mano- Los hombres miraban aterrados, los tres de San Roque, dos
de Tamaraceite, cuatro de Arucas y uno de Agaete, todos dentro del camión que
ya subía la cuesta de la Sima de Jinámar entre el humo y el ruido ensordecedor
del destartalado vehículo que olía a racimos de plátanos.

Una vez
aparcaron los falangistas y guardias civiles los bajaron a golpes, Pedro el hijo
de Saro Alemán cayó de cabeza y quedó semiinconsciente, lo levantaron a
patadas, parecía una procesión siniestra, en fila de a uno, atados, andando
hacia el abismo de la muerte.

La noche
era silenciosa, calurosa como casi todas en el agosto de las Islas Canarias,
los hombres no hablaban, solo avanzaban lentos entre los golpes e insultos de
los fascistas. Bonny seguía bebiendo con el sobrino del Conde de la Vega, se
burlaban del olor de lo reos, de cómo dos se habían cagado encima. –Qué asquerosos
y cobardes son estos rojos de mierda, -dijo mientras encendía un Virginio-

Llegaron al
borde del agujero volcánico y Pernía se acercó al más joven de los detenidos,
Pedro Bencomo, jornalero en los tomateros de los Betancores. Lo tomó por el
brazo y el joven le dijo que no lo tocara, que el se tiraba solo. Avanzó unos
pasos y se arrojó al vacío, no se escuchó nada en unos segundos largos como una
galaxia, hasta el momento del estruendo, golpe tras golpe contra las paredes
del abismo. El resto de los hombres lloraban a gritos, suplicaban clemencia,
pedían por sus hijos y sus mujeres, pero los fascistas fueron implacables, los
arrojaron uno a uno, gastando bromas, burlándose de lo cobardes que eran, los
cuerpos caían como piedras, incluso alguno se quedó colgado en alguna repisa
del risco, se escuchaban sus quejidos, sus lamentos, sus alaridos de dolor. –Eso
está bueno así sufre más el hijo de puta, -dijo el hijo del terrateniente
tomatero-

Casi amanecía
cuando tiraron al último. –Vamos al bar del pueblo, yo invito, -dijo el sobrino
del Conde la Vega- Los uniformados lanzaron gritos de júbilo. -¡Arriba España!
¡Viva Franco! Y bajaron cantando el “Cara al Sol” hasta subirse a los camiones
y partir entre brumas hacia un nuevo genocidio.

http://viajandoentrelatormenta.blogspot.com.es/

Dibujo de Castelao – «Os mártires serán santos».
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