5 diciembre 2020

La salada ausencia

En el viejo
correillo que había salido de Arrecife al atardecer viajaban veinte hombres
detenidos en varios municipios de la isla, la mayoría de Haría y Teguise y un graciosero
apellidado Pineda, en las bodegas el mal olor a pescado podrido y heces secas
inundaba un aire casi imposible de respirar, unido a la casi nula capacidad de
movimiento al llevar las manos atadas fuertemente a la espalda.

Arriba se
escuchaban los cantos de los falangistas y guardias civiles que habían
organizado un tenderete junto a parte de la tripulación del barco, sonaba un
timple y varias guitarras y Manuel Guadalupe miraba fijamente a sus compañeros,
ninguno hablaba, se conocían bien de las reuniones sindicales de los gremios,
de la Federación Obrera y de los encuentros con la CNT para coordinar huelgas
agrarias.

En la
fiesta fascista se empezaron a escuchar gritos de exaltación patria e insultos
a la legítima República, a la Reforma Agraria, al
  voto femenino, a que los hijos de los obreros
pudieran estudiar en las escuelas laicas alejadas de la influencia medieval de
la Iglesia Católica:

-Vendrán a
por nosotros, están muy borrachos- dijo Santiago Cazorla, empleado de Correos
en Tinajo, con una cara de preocupación que contagió al resto de compañeros.

En unas
horas se abrió la compuerta superior y comenzaron a bajar los falanges con las
pistolas al cinto, algunos con las pingas de buey en las manos:

-Vamos
parriba pa que cojan fresco hijos de puta- grito Sebastián Soria uno de los
jefes de centuria con una botella de ron de caña en la mano.

Los
fascistas se abalanzaron sobre los hombres indefensos y comenzaron a
golpearlos: culatazos, patadas, puñetazos y el efecto sangriento del látigo que
rasgaba las carnes y cortaba como un machete afilado.

Los gritos
eran terribles pero el potente viento, el mar de fondo, las olas gigantes que
movían la embarcación parecían aplacar el sonido de aquel infierno.

Al rato
tras la brutal paliza comenzaron a subir a los detenidos a cubierta, algunos
inconscientes por los golpes en la cabeza:

-¿No
tenemos que llevarlos al campo de concentración de Las Palmas?- dijo el
teniente Pallarés de la guardia civil, tirarlos por la borda nos puede dar
problemas.

A lo que
los demás fascistas contestaron con risas y carcajadas:

-Menos
trabajo tendremos y nos ahorraremos la comida y el agua- comentó Gregorio
Ferreira, sargento gallego de la policía municipal de San Bartolomé.

Agarraron
entre dos a un muchacho muy joven y flaco, de no más de veinte años, era Carlos
Ramírez, anarquista de la zona de Tías, el chico casi no se resistió no podía,
tenía el cuerpo magullado, repleto de heridas por los latigazos. Lo levantaron
en volandas y lo lanzaron al mar.

Luego el
grupo de asesinos se entretuvo unos segundos mirando como intentaba evitar
hundirse entre las olas gigantes, hasta que desapareció devorado por el bravo
Atlántico:

-Coño que
rápido se hundió este cabrón, esto así no tiene gracia, hay que soltarlos pa
que naden un rato y así divertirnos- dijo riendo Ernesto Chacón cacique del
vino del norte de la isla.

En un
instante fueron soltándonos uno a uno y lanzándolos por la proa, deteniéndose
para ver la escasa resistencia de los hombres a desaparecer en las
profundidades, así hasta que no quedó ni uno y los veinte fueron asesinados en un
punto inexacto entre Fuerteventura y Lanzarote.

http://viajandoentrelatormenta.blogspot.com.es

Imagen del documental «El botón de nacar» de Patricio Guzmán (Chile)
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